Dos Expertos Discuten Los Serios Interrogantes Que Plantea La Experimentación Animal

Genera controversia, suscita debate y contrapone distintos puntos de vista: la experimentación con animales es un tema que jamás quedará exento de polémica. Más allá de las críticas o de las defensas, con mayor o menor grado de argumentación, algunas cuestiones quedan al margen de la mera opinión, por lo que hay que acudir a expertos en busca de respuestas: ¿Las pruebas con animales son tal y como las presentan en las películas?, ¿existen métodos alternativos?, ¿hasta qué punto están legisladas?, ¿hay intereses económicos detrás?, ¿son realmente necesarias?

Para conocer más acerca de estas prácticas, acudimos a dos voces autorizadas: Alberto Díaz, portavoz de la Asociación Nacional para la Defensa de los Animales y a Pablo Barrecheguren, divulgador científico y doctor en Biomedicina.

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Barrecheguren es quien firma el artículo Hay que experimentar con animales, dejando clara su postura desde el inicio: “Estas prácticas son la única vía realista para encontrar cura a enfermedades tan crueles como el alzhéimer o el cáncer”. El científico explica que las pruebas sobre animales vertebrados no son, ni por asomo, como se muestran en las películas: “hay que desterrar la imagen de un científico autónomo trabajando, por su cuenta, en un laboratorio más o menos equipado; la experimentación está regulada y legislada, y siempre se rige por la regla de las Tres R: reducción, refinamiento y reemplazo”.

Es el nombre de una metodología de trabajo que pretendería optimizar el protocolo de experimentación con animales, como ratones, ranas o cerdos: 'Reducción' implica que siempre se debe utilizar el menor número posible de animales para el experimento; ‘refinamiento’ supone la obligación de obtener toda la información posible en un único proceso, a fin de no tener que partir de cero en otra ocasión; por último, con ‘reemplazo’ se alude a la imposición de optar por otros modelos de investigación (cultivos celulares, in-vitro) siempre que existan y sean efectivos, buscando evitar así el sufrimiento de los animales.

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El problema está en el desarrollo de esos procesos alternativos. Más bien, en la escasez de los mismos. Alberto Díez, de la Asociación Nacional para la Defensa de los Animales, se lamenta de ello: “normalmente, no hay demasiada insistencia en el avance de estos procesos que no requieren el uso de animales. Nosotros estaríamos mucho más satisfechos si los gobiernos aportasen subvenciones de forma especial a proyectos que supongan un avance en este sentido. No se puede aceptar la máxima de ‘voy a seguir usando animales porque no puedo hacer otra cosa’. No, hay que aplicarse para desarrollar e implementar experimentos alternativos en todos los campos”.

Aunque sí valora positivamente la legislación aplicada en estos procesos, Díez es también un tanto crítico con su concepción y etapas: “para solicitar el uso de animales en cualquier experimento, quien lo propone debe elaborar un informe que será valorado en tres fases: primero, por un comité ético de su propia organización; luego, por un 'órgano competente' ajeno a ella -aunque privado- y, por último, deberá recibir la aprobación de la Administración Pública. En definitiva: el proceso está en manos privadas hasta el final. Una mayor implicación de la sociedad civil y las ONG tal vez garantizase más altas cotas de objetividad”, reflexiona.

Sin embargo, matiza que, hoy por hoy y tal y como se presentan los métodos alternativos, la experimentación con animales seguiría siendo, en ocasiones, necesaria. El Doctor Barrecheguren defiende que son los mismos científicos quienes respetan al extremo la regla de las Tres R, porque “somos los primeros interesados en que la comunidad científica nos respete y valore, y sabemos que, de no mantener una buena praxis, sería esa misma comunidad la que nos marginaría, tachándonos de profesionales poco éticos”.

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Pero, ¿cuáles son, entonces, las alternativas que se presentan? Pruebas in-vitro, con cultivos celulares o con animales invertebrados (como moscas o gusanos, entendiendo que son organismos más simples y que no son conscientes de estar sintiendo dolor). “Lo que ocurre es que esas pruebas no pueden sustituir a las que se realizan sobre los animales vertebrados. El organismo de un ser humano no puede ser comparado con el de un gusano, aunque sí con el de una rata, por ejemplo. Por ello, la experimentación con animales sigue siendo básica para el estudio y control de determinadas enfermedades”, asegura Barrecheguren.

Utilización de animales: ¿sí o no? ¿Es un mal necesario? Tal vez. ¿Un campo abierto alejado de la ética? Alberto Díez y Pablo Barrecheguren opinan que no. ¿Llegará el momento en que deje de ser, en muchas ocasiones, la única alternativa? Quizás. Pero, según estos dos expertos, ese día está aún por llegar.