Por qué tu cerebro te empuja a comer compulsivamente cuando estás a dieta

Prohibir algo es la mejor forma hacerlo atractivo. Un botón rojo pasará desapercibido hasta el momento en el que alguien coloque sobre él un cartel en el que se indique "No pulsar". Y bastará con ponerte a dieta para que las galletas se vuelvan el mayor manjar de dioses a tus ojos aunque ni siquiera te gusten porque eres más de salado. Porque no eres tú el que quiere comerselas, sino tu cerebro, tu subconsciente. Según la ciencia, se trata de una cuestión de hormonas y conexiones neuronales. Y este es el motivo por el que resulta tan complicado sobrellevar con rigor y dignidad una dieta basada en la privación y por la que los expertos afirman que lo que debería ser prohibido son, precisamente, las dietas prohibitivas. 

El proceso es simple: ante la falta de recursos en el organismo, la hormona ghrelina despierta la sensación de hambre en nuestro cerebro. Numerosos estudios han demostrado que esta es más sensible a alimentos no saludables, los ricos en azúcares y grasas, que a los más equilibrados, motivo por el que la producción de saliva y las ansias de comer se tornan más poderosas ante una hamburguesa o un pastel que frente a una lechuga iceberg. 

Pero todo se puede revertir. Con entrenamiento, el cerebro puede ser reprogramado para ignorar las señales de estos alimentos y ser más resistentes a su poder de atracción, aunque a este se le facilitará la tarea de forma significativa siempre que se elimine la categoría de "prohibido". Porque es todo una cuestión de actitud: un estudio constató que asumiendo como voluntarias determinadas restricciones el cerebro es capaz de evitar la tentación. Basta con reformular el lenguaje y eliminar frases como "tengo prohibido comer esto" por, simplemente, "yo no como esto". De esta forma, el compromiso es adquirido por convencimiento, y no como el fruto de una restricción impuesta.

Pero la conclusión general es otra: dietas restrictivas, jamás. No tienen escapatoria, generan estrés y terminan por frustrar a quien las practica, dos poderosos motores de la ansiedad. Y, ¿hacia dónde lleva la ansiedad? Sencillo y descorazonador: a una cruel cadena de autocompasión y pasteles de chocolate.