Así te avisa tu cuerpo de que lo tuyo no es solo un porro de vez en cuando

“Anda, exagerado. Si lo mío son solo unos porritos el fin de semana”. Es la respuesta más típica. La que quita hierro al asunto, la que no le da mayor importancia. Pero, la pregunta a la que pretende responder resulta mucho más alarmante: “Oye, tío, ¿no crees que tienes un problema con la marihuana?”. Porque esta, aunque pueda sonar a broma entre amigos, solo se formula cuando de verdad existe una auténtica inquietud.

Cuando ves, alarmado, que tu amigo está empezando a pasarse. Cuando ya van tres fines de semana seguidos en los que ha preferido quedarse en casa en lugar de salir a tomar algo con el grupo. Cuando lo has visto fumando más de un día antes de entrar a clase. Cuando compruebas que lo hace hasta en ayunas. Cuando estás de verdad preocupado y sospechas que es un completo adicto al cannabis.

Porque el consumo de porros es relativamente habitual. Todo el mundo conoce a alguien que pasa. O tiene un amigo con dealer. Conseguirlos es sencillo y más o menos barato, y todos conocemos sus efectos: risas, desconexión y un rato divertido, olvidando los problemas. Abstraído. Y, en cierto sentido, anulado. Por eso hemos consultado a dos expertos en adicciones, a los que preguntamos cuáles son las señales que deben hacer saltar todas las alarmas.

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“El concepto de adicción ha cambiado mucho a lo largo del tiempo y tiene mucho que ver con la relación que se establece con la sustancia”, explica Rafael Gautier, coordinador técnico del centro de desintoxicación INTAD. El experto afirma que “el problema no reside tanto en el hecho de estar o no enganchado, sino en el papel que le aportamos en nuestra vida, que puede llegar a alterar nuestro desarrollo”.

Por tanto, ya no se trata solo de una adicción física, sino de una dependencia a mayor escala. “Si un joven consume cannabis el fin de semana, terminará sustituyendo una parte de sí mismo que tiene que ver con su capacidad de afrontar los problemas, impidiéndole forjar su personalidad. Con los porros, conseguimos olvidarnos de todo, pero no permitimos que nuestras habilidades sociales se forjen adecuadamente”, comenta Gautier.

Pero, más allá de las implicaciones psicológicas, sí existen multitud de factores que pueden actuar como una sirena. Fernando Botana es director y psicoterapeuta del centro SINADIC, y establece tres grupos de señales: “A corto plazo, el consumo de cannabis genera cierta dificultad para fabricar recuerdos nuevos, entorpece el equilibrio y merma la capacidad de realizar determinadas actividades sencillas”. Más allá, en el medio plazo, conduce a la apatía y la desmotivación, a la falta de concentración, la ansiedad y la tendencia al aislamiento. Algo que no deja de ser sorprendente puesto que, en primera instancia, se consume para socializar más fácilmente.

Botana explica, no obstante, que “cada consumidor busca en la droga algo diferente, como la ayuda para establecer afectos o amistades, pero no a todos les afecta siempre por igual”, por lo que cada caso debe estudiarse de forma independiente. Aunque, eso sí, siguen presentándose consecuencias comunes. “En el largo plazo, su consumo puede precipitar las psicosis y enfermedades mentales en personas que tienen vulnerabilidad frente a esas dolencias”, constata Botana.

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Rafael Gautier ha tratado a cientos de pacientes que acuden a su clínica cuando el consumo se les ha ido de las manos. “A todos les pregunto, antes de querer conocer la cantidad, si son capaces de recordar momentos en los que sean plenamente felices sin haber fumado”, comenta. Con ello se consigue hacer un examen de conciencia; se logra caer en la cuenta de hasta qué punto uno es dependiente de la sustancia, ya no solo físicamente.

Ambos expertos alertan de los mensajes que, cada vez más habitualmente, recibimos sobre el cannabis. “Estamos asistiendo a un cambio social, a una tendencia contracultural que apuesta por volver a lo orgánico, y muchos utilizan esto como excusa para justificar su consumo”, reflexiona Gautier. Para Botana es también una cuestión de educación: “Muchos padres o adultos cercanos a los jóvenes fuman porros, y eso contribuye a normalizar la situación. Pero este es un debate que hay que afrontar con mucha prudencia, sin lanzar mensajes a la ligera”.

Porque la vuelta atrás es complicada. Ya sea una dependencia emocional o psicológica o se haya llegado al límite de la adicción física, el tratamiento es costoso y amargo. “Los chicos que acuden a nosotros han perdido su capacidad de relacionarse y ahora tienden a la depresión. Nosotros tratamos de retomar el punto donde se interrumpió la evolución natural y reeducarle para que aprenda a implementar las habilidades sociales básicas para saber convivir con los demás”, detalla Botana.

Rafael Gautier explica que, en estos los procesos, intervienen un psiquiatra y dos psicólogos. “Entre todos evalúan la autoestima del joven, descartan enfermedades mentales y estudian su relación con la droga. Después, implementamos un modelo de psicoeducación, trasladando al paciente toda la información, y trabajamos sobre esa parte de la personalidad que debe ser reforzada”, relata.

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Como todas las adicciones, esta también comienza sin darse uno cuenta. Primero un poco, luego un poco más, un poco más, así hasta engancharse. Porque, sí, el cuerpo necesita dosis más altas para sentir los efectos y el consumo aumenta. Uno deja, primero, de saber relacionarse sin ellos y, segundo, de saber relacionarse en general. Y se encierra. Y se aísla. Deja de fumar “solo unos porros el fin de semana”. Y termina dando la razón a su amigo. Aquel que le preguntaba, asustado, si no estaba fumando demasiado. Por entonces, ya no es posible romper la cadena sin ayuda.