Sirios en España nos cuentan lo que han vivido en los siete años de conflicto

Este mes se cumplen siete años desde que empezó la guerra en Siria. El gobierno de al-Assad sigue masacrando civiles en su intento de recuperar los territorios ocupados por grupos disidentes y terroristas que también imponen su terror a quienes no pueden huir. En este conflicto que ya está durando más que la 2a Guerra Mundial se han involucrado EEUU, Rusia, Turquía, Israel y otros actores interesados, cada uno apoyando al bando que le conviene.

Y mientras la geopolítica y la industria de la guerra hacen la suya, casi medio millón de personas han muerto desde 2011, y más de 12 millones (la mitad del país) han tenido que dejar sus casas. Por desgracia, de los 17.337 solicitantes de protección internacional que España prometió acoger, solo ha aceptado a 2.782. Hemos hablado con cinco jóvenes sirios que viven aquí para que nos cuenten cómo ha sido perder el lugar que les ha visto crecer.

Rama (30 años), vive en Barcelona

Llegó hace un año y medio con su marido y sus dos hijos, uno de los cuales llora cerca de ella mientras nos atiende por teléfono. Mezclando lo que sabe de inglés y algo de español, Rama nos cuenta que cuando empezaron los bombardeos en su pueblo, Zamalka, salir fue muy complicado. "Perdí a dos de mis hijos en explosiones, uno de ellos en la puerta de mi casa", dice con un hilo de voz. El más pequeño tenía un mes y medio.

Se fueron al Líbano en autobús, y desde allí volaron a Turquía. “Nunca nos habíamos imaginado que habría guerra. Claro que no. Nosotros estábamos bien, había paz”, cuenta. Estuvieron meses esperando en la frontera griega hasta que el programa de reubicación les asignó Barcelona como destino. Tras unos meses con la ‘tarjeta roja’, que indica que una solicitud de asilo está en trámite, ahora por fin puede trabajar.

En Siria estudió ingeniería y contabilidad, y trabajaba con su marido en un despacho de arquitectura, pero ahora él es camarero, y ella todavía busca empleo. "Si conoces a alguien, me dices", dice, vergonzosa, refiriéndose a alguien que ofrezca trabajo. Rama cree que la gente aquí es muy simpática, pero claro, no se siente como en casa: "Estamos un poco solos, y si tengo una entrevista, ¿con quién dejo a mis niños?".

En Siria la gente llamaba a su puerta a cualquier hora, y los viernes son un día para celebrar en familia. Aquí sus viernes pasan sin pena ni gloria. Le pregunto si le gustaría poder volver. “¡Ahora no!” contesta en seguida. Quiere aprender a hablar bien español, trabajar o hacer un master aquí. "¿A quién no le gustaría volver a ver su ciudad algún día? Echo de menos a mi familia y mi país", añade.

Mohammad (26 años), vive en Girona

Estaba en tercero de ingeniería mecánica cuando estallaron las manifestaciones de 2011 contra el gobierno de al-Assad. La represión no se hizo esperar, y a Mohammad lo metieron en la cárcel tres semanas por protestar contra el presidente. Las consecuencias no acabaron allí: también lo echaron de la universidad. "Días más tarde llegué a mi casa y me encontré a un policía hablando con mi padre, diciéndole que como ya no estaba estudiando, tenía que alistarme al ejército cuanto antes", cuenta.

Pero él no quería "ponerse a pegar tiros", dice, así que tuvo que elegir entre ir a la cárcel o salir del país. Llegó a Egipto como pudo, y allí le hicieron una oferta de trabajo fraudulenta para, supuestamente, trabajar en un barco transportando mercancías. Pero, cuando atracó en España, las autoridades descubrieron que era un transporte ilegal, así que lo primero que pisó Mohammad en Europa fue la cárcel durante cuatro meses. 

Al salir no encontró trabajo, así que se fue a Noruega a probar suerte, pero según dice, "fue un error terrible". Pasó seis meses en un campo de refugiados en el bosque, a una hora de la población más cercana, y cuenta que la gente ni siquiera les hablaba. Pronto le dijeron que tenía que volver a España. “El sistema de refugiados aquí tiene cosas buenas y cosas malas", dice. Le ofrecieron pagarle una parte de su alquiler, pero mucha gente no acepta alquilar pisos a refugiados, porque muchos no tienen contrato de trabajo, así que ha pasado meses muy duros.

Pese a todo, Mohammad está agradecido con la gente de aquí que le ha ayudado a encontrar trabajo en un restaurante y, además de estar mejorando su español, nos cuenta que también está aprendiendo “una mica de catalá”. Le preguntamos qué es lo que echa más de menos de Siria, y contesta resignado: "no me quedan amigos allí, y no podría echar de menos la plaza de mi pueblo, porque está destruida. Lo único que quiero es volver a ver a mi madre”.

Lila (31 años), vive en Tarragona

Para esta periodista y fotógrafa, las cosas ya eran complicadas antes de la guerra. Lila siempre había publicado con pseudónimo por seguridad (y por eso no damos su nombre real), pero su profesión se volvió cada vez más peligrosa y limitada desde 2011. Empezaron a detener gente hasta por grabar en la calle, y los bombardeos destrozaban Damasco sin previo aviso. "Es Oriente Medio, así que nunca descartábamos la posibilidad de un conflicto, pero ¿una guerra civil? Eso no lo vimos venir", cuenta.

Desde entonces, Lila ha pasado dos años viajando y trabajando a distancia, y acaba de llegar a España para hacer un master. Poder elegir dónde estudiar la convierte en una privilegiada respecto a otros paisanos, pero también ha vivido de cerca los estragos de la guerra: un proyectil le costó la vida a un compañero de trabajo, y muchos otros conocidos suyos han desaparecido o han sido detenidos. Lo que más echa de menos de Siria es "saber qué es lo que estoy haciendo, porque cada vez que te mudas tienes que reaprenderlo todo".

Lila dice que muchos medios occidentales ya saben lo que van a buscar cuando van a cubrir la guerra en Siria, "si es que se molestan en venir", y a veces la información es repetida o simplista. Aprovechamos para preguntarle si en su círculo al-Assad se considera un problema, ya que en España hay varios grupos de sirios en Facebook que dan soporte al presidente. La fotógrafa tiene una respuesta directa para esto: probablemente sea gente vinculada directa o indirectamente a las relaciones diplomáticas entre los gobiernos de España y Siria. Sus conocidos sí están en contra del gobierno, aunque "este conflicto no es más que una muestra de cómo funciona la industria de la guerra."

Lila dice que se siente afortunada de no tener hijos a los que explicarles lo que está pasando en su país, a diferencia de su hermana, que era abogada en Siria y ha tenido que empezar de cero con tres hijos. Su mensaje para los europeos es que a veces hay que ser más pacientes con la gente mayor que con los jóvenes, porque para ellos es todavía más difícil tener que abandonar su país con la vida hecha.

Khaled (28 años), vive en Granada

Khaled es de Afrín, un cantón kurdo cerca de Aleppo que está siendo bombardeado desde enero por Turquía, el Ejército Libre Sirio (ELS) y facciones islamistas. Lo poco en lo que están de acuerdo estos grupos con el gobierno Sirio es que el Kurdistán, como Estado independiente cuya formación reivindican los kurdos de varios países, no debe existir. Aunque Khaled llegó a España poco antes de que empezase la guerra, su familia sigue allí. "No paro de escuchar que gente que conozco ha muerto, y no puedo hacer nada. Mi primo de 20 años murió hace seis meses, y hace dos semanas, se fueron tres amigos míos", cuenta.

Khaled entró a España por Melilla, tras pasar por Argelia y Marruecos, y ahora vive en Granada trabajando en una tienda de artesanía y cachimbas. Aunque a veces acecha la nostalgia, y en España no hay muchos kurdos con quienes compartirla, dice que no volvería a Siria. Ya antes de la guerra no se sentía a gusto hablando su idioma (el kurdo), no se ganaba bien la vida y no podía decir lo que pensaba. "Hay 18 millones de personas en Siria, pero parece que la única importante es el presidente. Si él está bien, la gente también, pero si no... Tengo amigos periodistas con miedo a hablar porque si lo hacen, su familia en Siria está muerta”, nos cuenta.

Niño corriendo entre ruinas en Afrín. Foto: AFP

Anas (34 años), vive en Madrid

Fue uno de los primeros en pedir el estatus de refugiado en 2011. "Por suerte no tuve problemas para viajar, porque mi hermana se fue más tarde en un barco pequeño con sus dos niños hasta Grecia, y su viaje sí fue muy duro", cuenta. Su sueño siempre había sido venir a España, aunque era consciente de que encontrar trabajo aquí es muy difícil. En Siria era guía turístico, y ahora en verano organiza visitas guiadas a turistas de Dubai o Qatar que quieren conocer España. Pero es un trabajo muy puntual, y aunque le gustaría sacarse el título de guía profesional, dice que para ello necesita tener una carrera.

Como muchos, Anas recuerda con amargura la represión del régimen. Un día estaba andando por el centro, y dos policías le cogieron el móvil. “Estás grabando vídeos y fotos para mandar a al-Jazeera o la BBC”, le dijeron. Estuvo tres días en la cárcel, y desconfiaban de él por tener contactos extranjeros. Pese a todo, dice que Siria siempre será el mejor lugar del mundo para él, y se emociona cuando recuerda todo lo que la guerra ha destruido, incluyendo su casa. “Madre mía, es que si yo vuelvo a Siria no la reconozco. Es como si ves a tu amigo después de 20 años, tendrá otra cara", se lamenta.

Su madre y sus hermanos están en Tartús, una ciudad siria bajo control ruso. Como dice Anas, "nadie está bien en la guerra, puede que no les haya caído una bomba encima, pero tampoco tienen dinero para comprar libros ni comida". Pese a ello, cree que tenemos que dar las gracias a Alá hasta que él nos perdone. "La guerra es culpa de cada uno de nosotros, empezando por mí. Todos somos del mundo, en España estuvo Franco, en Alemania Hitler, y hay otros conflictos en marcha: Siria, Palestina, Iraq, Yemen,... si todos fuésemos buena gente, esto no estaría pasando", concluye.