Seguratas del metro te cuentan las barbaridades que nos han visto hacer los pasajeros

Mientras la ciudad duerme, los mileniales vomitan en las escaleras del metro. Es un soleado domingo de principios de otoño, las 6 de la mañana, 'la hora de la bestia'. Aunque ya tienes los 30, cada fin de semana es un back to the future a tus 18, 17, 16… Y sigue la cuenta. Algún día amanecerás en pañales. Y ahora que lo piensas, te vendrían muy bien unos dodotis porque te estás meando vivo y orinar en la vía es de animales. ¡Qué cojones! Si el hombre viene del mono… Pues lo haces. Y cuando te están subiendo la cremallera, en el andén del frente hay un agente de seguridad cantándote la cartilla. ¿De dónde sacan a esa gente, de Guantanamo?

Pues va a ser que no. Porque, tristemente, ellos, los seguratas de toda la vida, los corta-rollos que te ven babeando y dando cabezadas en el metro como si fueras un perrito en el salpicadero de un coche, son los únicos que saben el ‘asco’ que das realmente cuando vuelves de fiesta. Bienvenido a Zombieland, hermano. Bienvenido a la vida intravenosa de Barcelona.  Y ahora, los chicos de naranja van a contarte las bizarradas que ocurren en el metro las madrugadas en las que te pones ciego y despiertas preguntándote cómo llegaste a casa:

Si te descuidas, te quedas sin dientes

Si hubiera estadísticas, dirían que uno de cada dos que van pedo olvidan su cartera en el andén o en los asientos del metro. Y si hay suerte la recuperan, vacía. Pero hay olvidos más extraños que te impiden literalmente salir de la estación. “Vimos a dos tíos que ayudaban a subir a un tercero que iba en silla de ruedas, y los tres parecían bastante perjudicados. El metro arrancó y mi compañero dijo: ‘¡Tío, se han dejado la silla de ruedas en el andén! Oímos al sujeto reclamar su silla, lo dejamos sentado en la siguiente estación y fuimos a buscarla. Si la llega a pillar un ‘mangui’ se queda sin silla de ruedas como yo sin abuela”, nos cuenta M., guardia de seguridad de la línea cinco de Barcelona.

Dice también que en una ocasión unos turistas se dejaron a una niña dentro del vagón, pero la recuperaron en la estación siguiente. Si es que un día perderán la cabeza..., o incluso los dientes. Como lo que ocurrió a otro viajero: “Hay gente que se queda dormida en el metro y suele llegar al final de la línea y volver, y muchas veces tenemos que despertarlos. Una vez había un tío muy afectado durmiendo en la línea 1, lo movimos y cuando abrió los ojos empezó a vomitar y a mearse encima. Entonces, al salir del metro se le cayó la dentadura postiza al suelo y le dije: ‘Oye, tus dientes…’, y el tío contesta que gracias, pilla la dentadura y se la vuelve a meter en la boca. Nos dio un ataque de risa…”.

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Hostias como panes en la vía

El metro es como un mercadillo, por la mañana se venden mecheros y paquetes de clínex y por la noche se rifan ‘zascas’. Hay líneas más chungas que otras: en la Línea 1 (la roja) y la Línea 4 (amarilla), a su paso por Barceloneta, siempre hay problemas; mientras que en la L5, en dirección Cornellà, no hay demasiado jaleo pero, cuando sucede algo, es a lo grande.

L, una joven 'segurata' con ovarios muy bien puestos, nos explica cómo consiguieron reducir a un ‘ultra’ de 120 kilos que empezó a repartir hostias: “Una de las más gordas la tuvimos con un ‘casual’ que le pegó cuatro tortas a un árabe en el vagón y saltó al foso de la vía. Tuvimos que parar la circulación y nos bajamos unos cuantos compañeros para intentar sacarlo. El tío gritaba: '¡Pégame! ¡Pégame!', y no había forma de convencerlo para que subiera. Al final llegaron cuatro patrullas de Mossos y se lo llevaron al psiquiátrico. Aquello era digno del Equipo A”, asegura.

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Otras veces la guerra histórica entre grafiteros y seguratas se parece a un remake de West Side Story dirigido por Tarantino: “Estábamos en Can Boixeras, donde hay un túnel por el que se meten dos trenes, cuando vimos siete grafiteros que gritaron: ‘¡A por ellos!’. Empezaron a tirarnos piedras e incluso reventaron una bengala, pero no hubo heridos. Unas semanas más tarde se volvió a liar con otro grupo que estaba en Zona Universitaria pintando la vía; dos compañeros bajaron y se cruzaron con unos ocho grafiteros con palos y mazos de hierro. Ahí sí se lió parda”, resume la agente de seguridad.

Porque los grafiteros tiene una habilidad increíble para meterse por cualquier agujero y convertir los túneles y aparcaderos en sus lienzos. Han llegado incluso a colarse por las turbinas de ventilación y a trepar paredes con arneses, explica L: “El año pasado, en una cochera de autobuses había unos grafiteros que echaron una red como la que ponen en los andamios y a uno de ellos se le quedó el pie enganchado y se cayó de cabeza al suelo. Todos los colegas se piraron antes de que apareciese la ambulancia”.

Tú corre que no llegarás nunca

De todos los deportes estúpidos que se practican en lugares inapropiados, uno de los más peligrosos es el ‘metring’. J., segurata de la Línea 2, dice que ha visto a chavales muy pedo subirse ya no a los techos, sino a los estribos del metro, y alguna que otra vez la historia no ha acabado en risas: "Se colocan al final del último vagón o en la placa de aluminio para entrar en el andén y se montan como si fuera una tabla de surf. El juego consiste en dar un salto hacia atrás antes de que se meta en túnel, pero no siempre les sale bien y… No es agradable”.

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Además de tontos a las tres que confunden los trenes con el scalextric, los hay que piensan que el tiempo y el espacio son más relativos de lo que decía Einstein. Y el personal de seguridad puede dar fe de ello: “Había una pareja que iba muy puesta y se equivocó de andén, así que pensaron que podían cruzar por la vía. Él lo consiguió; ella… desafortunadamente, no”, señala J., quien añade que aunque casos así no son muy frecuentes, un colega suyo que trabaja monitorizando las estaciones ha aprendido a ser tan frío como el hielo para no llevarse la mierda y el horror a casa.

Los suicidas también tienen sus estaciones favoritas y actúan de forma tristemente curiosa, según M.: “En las líneas 1 y 3 hay muchos suicidios porque los trenes son más bajos y pueden ‘triturar’ un cuerpo. Así que si trabajas en paradas de esas líneas sabes lo que te puedes encontrar. ¿Y lo más alucinante de todo? Quien va a matarse al metro siempre paga el billete, no se cuela. Digo yo que será para que no los echemos atrás y les quitemos la idea de la cabeza”.

Entre los ‘carteras’ y los ‘colgados’

Quien más y quien menos conoce a alguien que se quedó dormido en el metro y le rajaron los pantalones con una gillette para robarle el móvil y la cartera. Los carteristas se las saben todas, eso lo aseguran policías y seguratas. Y muchos de ellos "fichan" en los vagones como quien va a la oficina, hasta el punto de saludar a los guardias e incluso hacerles ‘peinetas’, como observan los chicos del chaleco naranja: “Hay dos tipos de maguis: los mañaneros, que son más dados a cortar las tiras del bolso y meter mano a las carteras, y los de noche. Estos últimos son los famosos ladrones de la gillette que te hacen un tajo en los pantalones y por lo que tenemos comprobado es mejor que no te despiertes mientras te están robando porque no sales muy bien parado. Es una mafia y siempre se les puede ver contando su botín en los bancos de la estación de Collblanc. Si te roban el móvil, dalo por perdido porque seguramente acabará en Senegal o en otro país semejante”, comenta M.

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Hay quien toma medidas de caja fuerte y oculta sus pertenencias tan bien que luego no se acuerda de dónde las ha guardado, como explica otra agente: “Un chaval reclamaba que se había quedado dormido y le habían robado en el metro y quería ver las cámaras de seguridad. De repente, empieza a vibrarle el paquete; el colega se había guardado el móvil en los calzoncillos y le estaban llamando por teléfono”.

Lo más sucio no es el suelo

¿Recuerdas el vídeo que se hizo tan viral de una pareja practicando sexo en el metro de Barcelona? Pues lo que estos seguratas han visto tiene bastantes más 'X' que aquello: “Durante las Fiestas de la Mercè una mujer y un hombre subieron a un vagón lleno de gente y empezaron a follar allí mismo. Eso me lo contó un compañero y me dijo que le estaba dando durísimo, que tenían los dos la ropa en los tobillos y se agarraban a los barrotes. Los pasajeros no les decían nada, pero se iban a otro vagón y no había forma de que parasen”, nos dice L.

Por no hablar de los antiguos tipos de la gabardina, los que se alivian delante del personal con el único propósito de que los mires y aplaudas. Sin embargo, son una pequeñez en comparación de los conocidos 'cagones' del metro.

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“Una de las cosas más cerdas que me han contado trabajando en el metro es una madrugada en la que un tío que estaba bastante morado se bajó los pantalones y cagó en el asiento. Como la gente va como va, el tío se apeó en una estación y subió una parejita. Ella iba muy mona, con un vestido blanco, y ni siquiera olieron la peste. Y, ¡plaf!, la chica se sentó encima de la cagada. Se levantaron de un salto y el novio intentó limpiarla, pero acabaron llenos de mierda los dos…”, dice la segurata.