Probé el crossdressing para demostrarte que hasta un machirulo puede sentirse mujer

Hola soy Edu, pero al final de este artículo seré Gisela. He dejado atrás todos mis prejuicios, mi aureola de machirulo ibérico y la barba que no me afeitaba desde hacía siete años para sentirme y ‘ser’ mujer por primera vez en mi vida. Voy a probar el crossdressing, una expresión anglosajona que define a los hombres (aunque también pueden ser mujeres) que se colocan tacones, falda, peluca y toneladas de maquillaje para expresarse en el género contrario al que nacieron sin tener por ello que renunciar a su heterosexualidad ni a su vida social como tales. De hecho, la mayoría de hombres crossdresser son maduritos felizmente casados y con hijos. Dicho de otra manera, al quitarse el traje o el mono de la obra de su día a día, son muchos los que, en la intimidad, optan por unas bragas de encaje. Más de los que pensamos.

Antes de convertirme en Gisela mi aspecto es el típico de un treintañero calvo y con barba.

La artífice de mi transformación será Laura, una maquilladora majísima que ha cambiado las muñecas a las que pintaba y vestía de pequeña por tíos de 1,90 que quieren ser Beyoncé. “Mis clientes llegan aquí con un sueño. Ellos no quieren ser cualquier mujer, ellos quieren ser la diva máxima, una super mujer: una Katy Perry, una Pilar Rubio o, el súmmum de la belleza para algunos: la Veneno”, explica. A su lado y observando la desaparición de mi hombría (y de mis prejuicios) está Miriam ‘Capricho’, su musa por excelencia. “Toca, toca ya verás como no notas nada”, me dice esta morena de 90 kilos y albañil en un pueblo cercano a Barcelona mientras presume de que su ‘paquete’ resulta completamente indetectable al ojo humano después de colocarse una prótesis.

De hecho, su historia ilustra perfectamente la esencia del crossdressing. “Empecé en la adolescencia visitando a las prostitutas travestis del Camp Nou con mis amigos. Luego comencé a ir como cliente y un día decidí emularlas y transformarme yo misma. Ahora siempre voy vestida de mujer y somos super amigas”, me cuenta con una dulzura y naturalidad que me sorprenden. Para su propósito, Capricho comenzó a asistir a las clases de automaquillaje para hombres de Laura y fue así como ambas, musa y maquilladora, se metieron de pleno en el mundo del crossdressing con el coqueto estudio Draf en el barrio del Clot, en Barcelona.

Capricho es la musa de Laura y visitante asidua de su estudio.

En este lugar Capricho se siente una verdadera mujer cada semana mientras Laura convierte en realidad el sueño de muchos hombres (ella calcula que habrá maquillado a más de mil en los últimos cinco años). “Una vez me vino un señor de 88 años para que lo maquillase y lo vistiese. Al acabar me dijo ‘ahora ya puedo morirme en paz’ y me explicó que esa sería la ropa con la que le gustaría ser enterrado”, confiesa la maquilladora mientras se prepara para hacer lo mismo conmigo. La cosa comienza con shock, después de quitarme mi querida barba (snif, snif), Laura coloca una caja delante del espejo y me dice: “La próxima vez que te veas no verás un hombre”. Acojonante.

Empiezo a maquillarme

El proceso de maquillaje es más o menos de unos 40 minutos y, para ser sincero, es bastante una agonía. Con la esponjita de la base para tapar las imperfecciones y el eyeliner todavía voy medio bien, pero las pestañas postizas son un drama. Es realmente incómodo y soy incapaz de abrir los ojos. Pero como todo en esta vida hay truco, Laura reacciona colocándome unas tiras adhesivas transparentes que, además de levantarme la mirada, servirán para fijar la peluca espectacular de pibón que me tiene reservada. Según me explica, los ojos son la clave en toda esta transformación y es lo que más tiempo le resta. “Tú con esos ojazos no tendrás problemas, además tienes una belleza muy andrógina”, me espetó. A estas alturas estoy flipando.

Tras afeitarme la barba (después de siete años) empieza la sesión de maquillaje.

Mientras me pide que cierre los ojos para hacerme la raya y escucho a Capricho descojonarse hablando del modelito y los taconazos que me pondrán, me pongo a reflexionar cómo podría influenciar esta sensación a mi concepto de mí mismo. “Es muy importante diferenciar entre los hombres que hacen crossdressing porque sencillamente les gusta vestirse de mujeres y los que realmente se sienten mujer”, me decía la sexóloga, Elena Crespi, a la que contacté días antes de pasar yo mismo por esta experiencia. Lo importante, para no enrollarme demasiado, es que las personas crossdresser no tienen por qué experimentar disforia de género (que significa que no se identifican ni sienten como propios el género o sexo que se les asignó al nacer) ni ser el paso previo a la transexualidad.

“Evidentemente, entre todos mis clientes también habrá personas que sí puedan ser trans y que se encuentren todavía en un proceso de aceptarlo. Pero eso es cosa de cada uno, mi misión es hacerles felices y sentirse realizados con la transformación que les proporciono”, me cuenta Laura. Más heavy es la visión personal de sus clientes o clientas. Ellas (durante todo el tiempo que están maquilladas la mayoría se refieren a ellas mismas en femenino) son hombres y heterosexuales que pueden llegar a excitarse con su propia imagen de mujer. No es extraño, por tanto, entender que uno de los momentos más mágicos de su transformación viene cuando revisan la sesión de fotos y el vídeo que Draf les ofrece junto al maquillaje y vestuario.

Las transformaciones que ofrece Laura son sencillamente increíbles. Foto: Draf Studio.

Corsé y tacones

Realmente he alucinado con el vídeo de un señor, que podría llamarse Paco y estar tomándose un carajillo en el bar, cuando Laura le descubre su ‘mujer interior’ por primera vez ante el espejo. Casi se le saltaban las lágrimas aunque no sé yo si eso me pasará a mí. En fin, que, continuando con mi proceso, he superado con éxito la fase del maquillaje y ahora toca vestirse. Con los ojos cerrados, Laura me lleva a una dressing room amplísima donde me saca unas medias oscuritas (evidentemente no me he depilado para la ocasión) y un vestidito ceñidito para marcar curvas. Pero también me tenía reservado un pequeño martirio en forma de corsé y, mientras ella estira de las cuerdas voy notando como la vida se me escapa poco a poco.

Con el poco aire que me queda (y con la braguita-faja que me comprime el paquete) llega la prueba final: tacones de 12 centímetros. La catástrofe se respira en el ambiente y a los cinco segundos queda claro que soy completamente inútil para desplazarme a esas alturas. Pese a mi lamentable deambular de regreso a la silla de maquillaje, Capricho me reconoce una innegable verdad: “¡Qué piernas tienes jodía! Más de uno se iba a volver loco si te sacamos de fiesta así”. Gracias a su apoyo incondicional me siento preparado/a para afrontar la etapa final. Mientras comienza a colocar la peluca sobre mi cabeza, mis manos empiezan a sudar. Es algo que no me esperaba: pero realmente estoy ‘ansiosa’ por ver el resultado.

El descubrimiento

Por fin ha llegado el momento. Emulando al mítico programa de ‘Lluvia de Estrellas’ presentado por Bertin Osborne, Laura comienza a girar lentamente la silla hacia el espejo. Mi respiración se acelera cuando, de repente, me dice: "abre los ojos, Gisela", el primer nombre que se me había ocurrido cuando me pidieron que les dijera uno de mujer, "así rápido, así sin pensar". Abro los ojos y la impresión me deja sin palabras. Los primeros dos segundos sufro una especie de prosopagnosia (enfermedad que te impide reconocerte en tu reflejo) y estoy descolocado. Me parece estar viendo a una mezcla entre mi madre, una presentadora de LaSexta y la cantante de ABBA.

La transformación es integral e incluye ropa, zapatos, corsé y hasta bragas que disimulan el paquete.

La transformación es integral e incluye ropa, zapatos, corsé y hasta bragas que disimulan el paquete.

Pero, pasados unos segundos, empiezo a ver una mujer. Una mujer que me mira y que se gusta, que me invita a sonreírme y a poner morritos. Sí, joder, Laura lo ha conseguido: me siento mujer y, mejor aún, soy un pibón. Automáticamente cojo el móvil y comienzo con el festival de selfies, gifs y vídeos con los que pienso reventar mi Instagram y, de paso, detonar las mentes de quienes siempre me han considerado la versión desinflada de Rafa Mora (solo porque soy de Valencia y voy al gimnasio). ¿Acaso no se lo pasan pipa los tíos que se visten de mujer en el Carnaval? Pues eso, yo ahora mismo también lo hago.

Mi lado femenino

El caso es que, aunque no puedo aspirar a entender al 100% lo que es el crossdressing en una sesión (porque en realidad es un estilo de vida) ni experimentar lo que ellos sienten (porque cada cross es un mundo), sí que puedo decir que ahora mismo no albergo ninguna duda de que todos tenemos un lado femenino y uno másculino, y que solamente tú puedes juzgar en qué medida uno u otro te representan. Puede que los crossdresser, en su mayoría, prefieran experimentar su lado femenino en la intimidad y necesiten recurrir la máscara social en su rutina diaria para poder ‘funcionar’ en nuestra sociedad.

Os presento a Gisela poniendo morros para sus seguidores de Instagram.

Aquí el resultado final: Gisela poniendo morritos para ‘su cuenta’ de Instagram.

Pero yo, con los tacones puestos y el pene replegado a modo de vulva, me pregunto ante las miradas complacidas de Laura y Capricho: “¿No sería todo más fácil si todos pudiéramos ir por la vida sintiéndonos y vistiéndonos como nos salga del Mango?”. En fin, ojalá algún día lo hagamos.  Tod@s.