Nos vamos de fiesta (ilegal) en plena pandemia de covid

El ocio nocturno es una vía de escape cuando sientes que deberías ser una persona adulta funcional pero tu situación socio-económica te recuerda que no puedes avanzar

Que este 2020 va regular lo sabe hasta la prensa. Lo ponen bien grande en sus titulares. Primero se quejaban de los MENAS, que para nada son tratados como niños sin padres, sino como tutelados por el Estado que crean problemas. Luego, obviamente, la Covid. Y al desconfinarnos, los okupas iban a entrar en la segunda residencia que no tienes. Pero ahora, que por fin vamos a la cabeza de algo en Europa, NADA. ¡Queremos portada, hombre! No todos los días se llega a tener la tasa de paro juvenil más alta de todo un continente, aunque aquí ya nos estamos acostumbrando. Lograr dejar al 43,9% de los jóvenes de entre 18 y 25 años sin un puesto de trabajo no se consigue de la noche a la mañana. Son muchas decisiones cuestionables, y una tremenda mala gestión del Estado, que merece reconocimiento.

Así que, si esta semana tú también te has inscrito en unas 27 ofertas de trabajo, has redactado 12 cartas de motivación para las (no)empresas-de-tus-sueños, y le has tirado a un par de multinacionales moralmente cuestionables, tranquilo. Lo sabemos. Pero este es un contratiempo que quieren que vivamos de puertas para dentro.

Tampoco es que no se hable de los jóvenesTM. Hablar, se habla. Pero nuestros titulares no van de la dificultad nivel dios de encontrar trabajo. Más bien, son algo así como ¡SALEN, SALEN MUCHO! Y tú me dirás, ¿salir a dónde, si las discotecas llevan meses cerradas y los bares te largan a la una y media? Pero hecha la ley, hecha la trampa. Si cierras el ocio nocturno regulado, el que permitiría una buena gestión de los espacios y asistentes, evitando así ser focos de contagio, siempre aparecerán alternativas al margen de la ley para satisfacer esta demanda. Una búsqueda en google de la palabra botellón y aparecen noticias diarias de toda España: 300 jóvenes concentrados en el muelle de Barcelona; 60 universitarios en un parque de Granada; o el desalojo de un club con 12 posibles positivos en León. ¿Quién lo iba a decir?

El ocio nocturno es una parte fundamental de nuestra cultura. Es, incluso, parte del camino a la madurez de esta sociedad. Muchas veces, se convierte en una vía de escape cuando, por un lado, sientes que deberías ser una persona adulta funcional, pero tu situación socio-económica te recuerda que no puedes avanzar al siguiente nivel. ¡Ojo! Esto no es una llamada a pillar una litrona, y salir a fundir la noche, porque la página del SEPE no funciona. Pero, si hay gente que se está arriesgando a contraer una enfermedad, que de momento no tiene vacuna, sus motivos tendrá.

Ante esta oleada de fiestas ilegales, llamémosles los locos años 20 dosmileros, me vi con la obligación de ir a ver que se cocía. ¿Dónde están? ¿Qué se busca? ¿Realmente son solo jóvenes o la cosa va más allá? Así que, un viernes de septiembre, me puse la mascarilla, cogí el metro, y mientras miraba unos stories de Billie Eilish cabreada porque la gente desfasaba y ella no había abrazado a sus colegas en meses, empecé a hacer una lista de lugares donde podría haber guateques clandestinos.

La primera parada era evidente. Mientras que en Barcelona sigamos teniendo una plaza llamada Espanya, seguirá habiendo botellones. 0:47 a.m., y ahí estaba yo, acercándome a unos chavales con vasos de tubo y patinetes. Desde un minialtavoz sonaba el nuevo Ozuna. Y os podéis imaginar, algunos haciendo truquitos, otros abrazándose como si no hubiera mañana, y el resto sentados en un banco apurando los cubatas. Vamos, la típica estampa “botellón para 15”. Ninguno de ellos tenía pinta de tener de 3.000 a 15.000 euros en su cuenta, pero esa sería la multa que les caería si los Mossos decidieran actuar.

"Estar con mis amigos y tomar algo"

Marc (18) se sirve una copa, que ya huele a la resaca de mañana, y me cuenta que están ahí porque no molestan a nadie. Lo llevan haciendo un par de semanas y nadie se ha quejado. “Todos somos amigos del barrio. Venimos aquí con con el BusNit para no cabrear a los vecinos y que acaben llamando a la poli”. Después de aquí, no irán a ninguna discoteca como hacían antes y los pedo-cama siempre son algo tristes. Carla (17) me dice que, después de todo el día de clases online, le peta la cabeza. “Vengo aquí porque así puedo estar con mis amigos y tomar algo. Me paso el día sola con el ordenador y es muy aburrido. Además, vivo con mis padres y estar siempre con ellos es agobiante.” La cosa se va animando, sin ir muy allá. Dani (18) me ofrece un cubata y me explica que, desde que han confinado a la clase de su hermano pequeño, le toca cuidarlo a él, porque sus padres trabajan. “Llevo una temporada buscando curro de lo que sea. Pero no es como si fueran a contratar a alguien sin experiencia. Acabé el modulo hace nada y, o me pongo a trabajar, o nunca la conseguiré. Es lo que hay.” Sus días son monótonos, pero viniendo aquí se entretienen y no le dan demasiadas vueltas a las cosas. Cuando me voy, pasa un coche de la policía. No se para. No hay suficiente jaleo. Otra noche que no va a pasar a la historia. Como ellos, hay un par de grupitos en la misma avenida. Pero esa etílico-festividad, que te llevaba a hacer nuevos amigos para siempre durante una noche, ha desaparecido.

Para encontrar más quebranta leyes, que no fueran equipo Miguel Bosé, la siguiente noche fui donde si algo ilegal puede pasar, pasará. Más allá de la marabunta del MACBA, que desaparece con los polis de paisano y 3 furgonas, el Raval está tranquilito. Giras a la izquierda, bajas la calle, ahora a la derecha, unos toquecitos al metal y MAGIA. Detrás de una persiana, que anuncia cócteles y pasta fresca por igual, las mascarillas parecen no existir. Una barra (con gel hidroalcohólico), lucecitas a lo Birdman (mal) y una pared de espejos. Mientras pido algo para integrarme, un chico compra una botella entera. Otra liga. Al fondo, una segunda sala con un corrillo de unas 8 personas dándolo todo con Filet Mignon de La Zowi. Misma energía que ver una discoteca de campamento de verano para preadolescentes. Pero que te puedo decir, ellos parecen tener de to’.

El local clandestino

Ana (22) y Brenda (20) dicen estar muy felices porque se hacían PCRs gratuitas para la gente del barrio y todos han dado negativo. “Ahora que sé que no nos podemos contagiar entre nosotros, quiero disfrutar. Es la primera vez que salgo desde que empezó todo esto. Me siento un poco mal, porque vivo con mi familia, pero estaba harta de no hacer nada”. Desde que le redujeron la jornada a la mitad, Ana ha tenido que volver a vivir con sus padres. También cuenta que, al final, trabajando cara al público, cada día se expone. “Me da rabia porque parece que, si sales de noche, te vas a contagiar. Luego ves a la gente en el metro, en las tiendas o cuando voy a recoger a mi hermano, pasando de todo. Mascarillas mal puestas, aglomeraciones… no sé, eso tampoco es lógico”. Por el contrario, Brenda dice no haber tenido tanta suerte. A las pocas semanas de empezar el confinamiento, la despidieron de la peluquería donde trabajaba. “A mí ya me da igual. Somos jóvenes, así que prefiero hacerme otra PCR que pasarme una noche más en casa. Al final, estamos aquí porque no hay otro sitio adonde ir”. El alcohol sigue corriendo. Todo está impregnado de una euforia rancia venida a menos. Se animan los unos a los otros a seguir bebiendo y bailando, pero la fiesta no acaba de despegar. Decido retirarme cuando alguien va tan pedo que chilla que el Covid no existe. Aprovecho que uno de los camareros empieza a subir la persiana para que pueda salir, para preguntarle si es así todas las noches. Me responde que más o menos. “Si hay gente que consuma, abrimos hasta las tres y media, como antes, pero a persiana bajada. Hay muchos bares que lo hacen. No queremos líos, pero hay que pagar todo esto.”

El hecho de que formar parte de un acto de felicidad colectiva nocturna ahora sea ilegal, es absurdamente agotador. Pero me niego a pensar que solo resisten los Zs. ¡No me jodas! Todos esos ya-no-tan-veinteañeros, que huelen a duchita de One Million, tienen que ir a alguna parte. Podrían dirigirse a una de las ya socorridas fiestas insulsas en pisos ajenos. Cierto. Pero tiene que haber algo más. Unos mensajitos a la gente adecuada, y BINGO. A subir una cuestecita de Montjuic.

Después de pasar la criba de dos seguratas, estamos en lo que parece el after de un after. Más por lo decadente que por las drogas. Techos absurdamente altos, telas blancas, sofás y una sala diminuta de tecno. Nadie tiene pinta de saber usar Tiktok. Pablo (37), después de recordarme que no tiene hijos por enésima vez, me dice que, por salir un poco, no pasa nada. “Tengo las mismas posibilidades de contagiarme aquí, que yendo a trabajar. Por lo menos aquí, no tengo que aguantar a mis jefes, ni llevar una puta mascarilla”. Sin querer, se desata un debate sobre si estar ahí está realmente mal. Uno suelta “¿Para que tener moral si todo se está yendo a la mierda?" Otro que si te puedes contagiar en cualquier lado, estar ahí era igual que ir al gimnasio. Sesudísimo. Yo no tenía una respuesta muy clara. Sigo sin tenerla.

De lo que si tengo la certeza es que se sale. Todo el mundo sale. Desde los jóvenes que ves en el botellón, hasta la gente que se esconde en clubs y aun usa Facebook. No son negacionistas, pero el hastío y la frustración que se ha instaurado en nuestras vidas, está haciendo creer que todo da un poco igual. Como dijo una amiga, estos meses parecen una especie de purgatorio en el que nada avanza. Necesitamos volver a sentir… COSAS. Lo que sea, pero a sentir. Y buscarlo en los ambientes en los que antes nos sentíamos más libres, socializábamos y desconectábamos de todo, es normal. Ahora, el tema está en si vamos a seguir culpando a los jóvenes, que ni ven futuro, ni ayuda para verlo; o vamos a buscar un modelo sostenible y seguro para que, no solo la salud mental de muchos no se vaya a la mierda, sino también para salvar un sector tan importante como lo es el ocio nocturno.