Aprendí el verdadero significado de las palabras precariedad laboral siendo captadora de ONG

Son parte del paisaje urbano de cualquier ciudad. Sus chalecos y carpetas provocan punzadas de pánico, miradas esquivas y un abanico inimaginable de excusas para no concederles ese minuto que piden con una sonrisa. En estos tiempos de fractura social, sigue habiendo algo que todos los ciudadanos compartimos: nuestra maestría en el sutil arte de huir de los captadores de socios de ONGs. Y, sin embargo, hay algo más complicado que esquivar a estos empleados de organizaciones solidarias: ser uno de ellos. Lo comprendí el día que empecé a trabajar como captadora en una de estas asociaciones.

"Tenéis que tener una tolerancia alta a la frustración", nos comentaron en la sesión formativa que tuvimos antes de empezar nuestra jornada en la calle. No exageraban: hay algo de estoicismo en aguantar cuatro horas tratando de persuadir a viandantes que, en la mayoría de los casos, te hacen sentir como si fueras parte del mobiliario urbano.

Lograr que alguien se pare a hablar se convierte en una odisea. Autor: María de Castro.

Y realmente acabas adquiriendo cierto complejo de farola cuando te toca aguantar firme e impertérrito en la vía pública aunque la lluvia te empape o el sol derrita tu sonrisa hasta transformarla en un rictus. Aunque lo peor, al menos para mí, no eran las condiciones meteorológicas, sino las laborales. En el sector predominan los contratos por objetivos. En la práctica, esto supone que si no logras hacer cierto número mínimo de socios mensual, te despiden sin indemnización. La estrategia más generalizada para lograr alcanzar esas cifras consiste en doblar turnos o trabajar fines de semana. Aunque nadie te pague esas horas extra.

Yo abandoné el primer mes. Mi cuenta bancaria seguía tiritando de frío, pero además mi factura de móvil había alcanzado cifras desorbitadas por tantas llamadas a socios potenciales. Y no podía dejar de pensar en lo contradictorio que era ser la cara visible de una asociación que abogaba por la defensa de los Derechos Humanos mientras precarizaba mis derechos laborales. Fue mi primer empleo y me dejó un regusto extraño, así que me propuse hablar con  captadores de varias ONGS para ver si mi mala experiencia había sido fruto de la mala suerte o, por el contrario, era el reflejo de una mala praxis generalizada en el sector.

"El patrón que se repite en todas las organizaciones consiste en hacer contratos con cláusulas de objetivos abusivas. Así mantienen a la gente alerta para que produzca y cuando deja de ser productiva pueden echarla sin indemnización y seguir el ciclo. El nivel de rotación es altísimo: en cualquier portal de empleo de lo que más ofertas verás es de captadores de ONGs", me explica Jesús Gil. Este joven lleva tres años desempeñando este trabajo para Médicos Sin Fronteras en Galicia y ha formado parte de algunas campañas pioneras para denunciar las condiciones laborales predominantes en el sector.

En Galicia los captadores han empezado a organizarse para reivindicar mejoras laborales. Fotografía cedida por CNT Captación en ONG.

Tal y como relata, algunas organizaciones como la suya contratan internamente a sus captadores, aunque la mayoría recurre a empresas subcontratadas. "Resulta mucho más barato y más flexible, porque así las organizaciones se lavan las manos si hay algún problema. Lo que ocurre es que a esas empresas intermediarias les da lo mismo vender una ONG que una eléctrica. Los trabajadores son como representantes de comercio. En ocasiones no tienen un salario base y solo cobran en función comisiones. Si no haces ningún socio, ese mes no comes", sentencia Jesús.

Por su parte, Emma González, una joven madrileña que dejó su trabajo como captadora de socios para Save the Children hace apenas dos semanas, me confirma esta situación. "En noviembre vi una oferta para ser azafata de eventos y cuando fui a la entrevista era para estar de captadora de calle, nada de centros comerciales. Era una empresa que trabajaba para varias ONGs y decidí probar aunque sabía que sería durillo. Empecé con un contrato de prueba en el que ponía cuatro horas de cotización, pero en la práctica estábamos cinco horas y media en la calle más dos horas de formación que teníamos en la oficina. Mi primera nómina fue de 369 euros por siete horas y media diarias. Es cierto que falté cuatro días porque tenía un viaje contratado de antes, pero esos días me dieron de baja", resume.

Imagen cedida por Emma, quien dejó su trabajo como captadora hace un par de semanas. (Se ha pixelado la cara de su compañero para preservar su privacidad).

Uno de los inconvenientes más evidentes de trabajar de ‘carpetero’ es que te pasas todo el día en la calle aunque llueva, diluvie, nieve o atraviese la península la borrasca de turno. Es por ello que algunas ONGs se lo curran un poco más con las condiciones en los meses más duros. "En enero ya me hicieron un nuevo contrato de 500 euros de base, pero fue un mes terrible. Hacía un frío horroroso y nos decían que el frío era un estado mental, que no nos podíamos quejar, porque desanimaríamos a los nuevos. Decidí dejarlo después de pasar el día de la nevada a la intemperie: me quedé sin voz y mi jefe no me dejaba abandonar el campo. Es una experiencia que no le recomiendo a nadie", dice Emma.

Tras escuchar su testimonio me pongo en contacto con Save The Children para conocer la postura de la ONG acerca de estas situaciones. Su responsable de socios y donantes, Sandrine Winkler, me indica vía email que el tipo de contrato depende de cada agencia y se remite al "Manual de Buenas Prácticas Captación F2F" de la 'Asociación Española de Fundraising'. El texto, que deben firmar las empresas intermediarias, es un código de buena conducta que, sin embargo, no específica cómo evitar estos abusos.

Así las cosas, decido salir a la calle para descubrir por mi cuenta cómo es el día a día de estos trabajadores. En la calle Preciados de Madrid, epicentro de la actividad de estos buscadores de fondos solidarios, todo sigue exactamente cómo lo recordaba. Decenas de captadores tratan en vano de abordar a los viandantes que aceleran el paso, clavan la vista en el móvil y convierten el "lo siento, tengo prisa" en una especie de mantra protector para garantizar la escapatoria. Como en aquel sketch de José Mota, la calle parece un campo de batalla. Unos inician la ofensiva, otros emprenden la retirada. Y los minutos van pasando sin que el contador de socios aumente.

"Es un trabajo muy duro, que te mantiene al límite. Yo he visto a gente que ha acabado llorando", me relata Alicia (nombre ficticio que nos proporciona por miedo a perder su trabajo), que trabaja como jefa de equipo para Aldeas Infantiles. La joven que lleva cinco años como captadora y empezó en ACNUR, pero lo dejó por la presión de no llegar al mínimo de socios. "Te salvan los compañeros, nos apoyamos mucho entre nosotros", comenta.

Lo compruebo unas calles más allá, en el bar Valdemeso, donde confluyen decenas de captadores de diversas asociaciones en sus minutos de descanso. Mientras los cafés y los pinchos de tortilla se evaporan de las mesas, un grupo de empleados de Plan Internacional comparte animadamente algunas de las excusas más inverosímiles les han dedicado mientras se pateaban la calle. "Hay quien te dice que no lleva dinero, aunque salga de una tienda y lleve mil bolsas en la mano. Algunos aseguran directamente que no creen en las ONGs, que somos una mierda, o se intentan desahogar de sus problemas personales contigo y es muy incómodo. Aunque lo peor es cuando te dan un número de cuenta falso", reconocen.

Sara, la jefa de equipo, insiste en que es un trabajo que te hace conocer muy bien al ser humano. "Tienes que saber cómo entrar a gente muy diferente y aprendes a gestionar el fracaso. Creo que es algo bueno, porque te hace fuerte. Aunque es muy difícil desconectar y cuesta dejar la vida personal a un lado. No todo el mundo está preparado para ser captador", asegura.

En el bar 'Valdemenso' confluyen a diario decenas de captadores de diversas organizaciones humanitarias. Autor: María de Castro.

Y, sin embargo, la labor que realizan es fundamental. No en vano, el 37,8% de la financiación que reciben las organizaciones sin ánimo de lucro en España proviene de los socios a los que ellos captan. La cifra aumenta año tras año, puesto que junto a la crisis llegó también el tijeretazo de las ayudas públicas a estas instituciones. Campañas de vacunación, tratamientos contra la malaria o ayuda para los refugiados dependen de su habilidad persuasiva. "Tienes la presión de saber que hay vidas que dependen de tu trabajo. Te generan ese discurso y te metes en un ciclo de estrés continuo por salvar una o dos vidas al día", me comenta Ángela Serantes, una joven de 26 años que ha sido despedida de Médicos Sin Fronteras a comienzos de este mes.

Llevaba cinco años trabajando para la entidad y fue una de las impulsoras de la primera campaña de CC.OO. para denunciar la precariedad laboral del colectivo en Galicia. "La gente normaliza la precariedad y no se organiza en las ONGs. Para muchos jóvenes es su primer trabajo y desconocen sus derechos. Y luego está el problema de que la gente solo dura dos o tres meses de media y para ese tiempo ni se lo plantean", lamenta.

Además, la gallega desliza otro de los principales problemas a los que se ha enfrentado en este tiempo en la calle: ser mujer, joven, y simpática con desconocidos. Algo que no debería suponer un condicionante laboral y que, sin embargo, resulta un imán para babosos. "Es muy frecuente escuchar esa frase de 'para tu organización no tengo tiempo, pero para ti todo el que quieras' o 'te llevaría conmigo, bonita'.  Te hace sentir desprotegida", denuncia Ángela. ¿Cómo se puede reaccionar en esos casos? Según me relata, al igual que cuando les insultan o les intentan agredir, lo único que pueden hacer es llamar a su coordinador. "Una vez me tiraron puré de verdura desde un edificio y la respuesta de mi jefe fue "te lavas un poquito y después vuelves'", recuerda.

No todos los testimonios son tan negativos. Raúl Luján lleva un mes para Save The Children con una subcontrata distinta a la de Emma y, de momento, no tiene queja: "Tenemos cierta flexibilidad y no nos tratan como meras vacas de ordenar socios. No se puede generalizar, no todas las organizaciones son iguales". La misma opinión comparte Raúl Gambalonga, jefe de uno de los equipos de ACNUR en Madrid. "A mí me resulta esperanzador que mi trabajo sirva para sensibilizar en materia de Derechos Humanos. Es algo que me motiva y me ha quitado prejuicios a mansalva. Además, se ha mejorado mucho. Antes había coordinadores que metían mucha presión. Ahora las condiciones están bastante bien. Los captadores cobran 800 euros de base y los jefes de equipo unos 1.000", apunta.

Y, aún así, su organización acumula la mayor parte de quejas que llegan a CNT Captación en ONG, que ofrece asesoría a trabajadores de campañas face to face que sienten vulnerados sus derechos laborales. Muchos empleados de la entidad humanitaria acaban doblando la jornada (sin recibir más salario por ello) o recurriendo familiares y amigos para que se hagan donantes, pues les resulta muy difícil llegar a los 20 socios mensuales que se les exigen. "Si haces un socio y se da de baja después, te lo descuentan y el mes siguiente debes hacer un socio más, aunque hayas hecho correctamente tu trabajo", apunta Jesús Gil. Para contrastar sus palabras me acerco a la sede del Comité Español de ACNUR, situada a unos pasos del Congreso de los Diputados.

La sede del Comité Español de ACNUR se encuentra en un edificio con aspecto de búnker junto al Congreso de los Diputados. Autora: María de Castro.

En la primera planta me recibe Eva Hitos, Directora de Recursos Humanos. Confirma que es cierto y me explica el porqué de esta polémica medida. "Son lo que se llama socios nulos. Necesitamos que los socios tengan compromiso y continuidad, porque tienen que pagar todos los meses la educación o la comida a ese niño", apunta. Ya en cuanto a las horas extras, me responde que nadie les obliga a hacerlas: "Por contrato son 4 horas y media. Y puede ser que tengan que hacer algún sábado y después libren otro día. Pero nosotros no obligamos nunca. Eso jamás saldrá de la organización. Aunque al final es un trabajo por objetivos y evidentemente tienes que hacer cierto número de socios, porque debemos llevar un 90% de los fondos al terreno. Tenemos que ser muy cuidadosos con la ayuda que recibimos y para ello necesitamos unos objetivos, que también tenemos nosotros en la oficina".

La conversación prosigue en la sede. Las paredes están revestidas por carteles denunciando la situación de refugiados y desplazados en diversos puntos del globo. Eva incide en la relevancia de la labor de los captadores, aunque reconoce que su día a día es duro. "Estás ofreciendo una cosa que la gente no va buscando. Y, además, en la calle siempre se tiene mucha prisa", comenta. Aunque intente justificar y racionalizar todas las quejas que me han expresado los captadores con los que he hablado estos días, la realidad es que la media de duración de estos empleados en la entidad es de un mes.

Resulta complicado gestionar la negativa de la mayor parte de los transeúntes. Autor: María de Castro.

La cifra me da vueltas en la cabeza cuando abandono el edificio. No puedo evitar pensar que, aunque la finalidad es necesaria, los medios son cuestionables. La gente no se quema tan rápido cuando su trabajo le permite desarrollar un proyecto de vida sólido. Debería haber otro modo de resolver la ecuación para que el reverso a la pobreza en una parte del mundo no sea la precarización de los trabajadores en la otra. Voy sumida en mis cavilaciones cuando alguien me interrumpe: "Perdona, chica de la bufanda amarilla, ¿tienes un minuto?". Esta vez no clavo la vista en el móvil, pero vuelvo a sentir la punzada de pánico. Por una vez mi problema no es inventarme una excusa, sino encontrar una respuesta.