Esto es lo que aprendí en el mercado de la compraventa de bragas usadas en Internet

La primera factura de la luz que llegó al último piso al que me mudé era de 186,31 euros por un total de 22 días. Los meses siguientes, y debido a un invierno horroroso que me obligaba a encender la estufa, la factura no hizo sino incrementar su precio. La suma de los gastos básicos de mi vida superaba los 850 euros mensuales. Cuando realicé la operación matemática de lo que ganaba me di cuenta que necesitaba un ingreso extra. No tardé en comunicar el estado precario de mi existencia al círculo más cercano de amigos que me animaron a seguir en la lucha por un sueldo que deje de ser “un poco de aquí y de allá”. Así, entre el tumulto de consejos que se agolpaban en el grupo de Whatsapp, una de mis mejores amigas soltó: “Tía, pues yo conozco un negocio que es brutal, estoy por meterme. Te llamo y te cuento”.

Vender bragas usadas para mí era algo así como una leyenda urbana o más bien, el hecho de imaginar que existiera un grupo de consumidores que sintiera una atracción por dicha prenda manchada de flujo vaginal me parecía lejana y escasa. Qué inocente: un mundo inmenso completamente desconocido se abrió ante mis ojos. El negocio de la compraventa de ropa interior usada se encuentra en una especie de limbo entre la prostitución y la pornografía, no es ni uno ni lo otro y, por tanto, cuenta con millones de usuarios: no es posible dar con un número concreto de vendedores ni compradores porque las páginas a las que he podido acceder en internet no son ni el 20% de las que existen en todo el mundo. Esto sin contar con webs como Wallapop, Vibbo o Milanuncios, donde también se vende la ropa interior que no ha pasado por la lavadora.

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La experiencia

Nenacaliente10 es una habitual vendedora de bragas, tangas, sujetadores y calcetines usados en varias de las webs que visité. Lleva años en este ‘oficio’ que le permite tener “un ingreso para pagar sus estudios y algunos caprichos”, al menos eso me cuenta al otro lado de la pantalla cuando le pregunto con curiosidad algunos consejos para principiantes. “La mayoría de los compradores obviamente son hombres y, además, están casados o tienen pareja. Es interesante porque a medida que vendes comienzas a tener unos clientes fijos y se entabla una relación un tanto extraña. La confianza y la discreción lo son todo”. El tema de la confianza también me lo comenta chico_malo_37: “Le das a una desconocida tu domicilio para que haga el envío del paquete, cuando haces eso tienes la sensación de poder confiar en cualquier persona”.

“Lo más importante es que tienes que dar con una plataforma de fiar y elegir fotos sensuales. Lo mejor para vender antes que las demás es que varíes el tipo de tela de las bragas y sobre todo que cuelgues fotos de las manchas que tienen, así no piensan que es mentira”, me aconseja nenacaliente10. Me pongo manos a la obra para dar con la web que me haga sentir más segura. Al principio, para adentrarme en este universo, me creo un perfil de hombre en el que me hago llamar Jorge Rodríguez, así consigo ver los perfiles de las vendedoras para poder hacerme una idea de en qué debo convertir mi imagen para atraer a los compradores.

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Aunque existen páginas de internet que funcionan como plataforma de compraventa, las usuarias más vips cuentan con webs personales donde, además, se incluyen vídeos, fotos y otros objetos como consoladores o vibradores que también están a la venta. Me digo que a ese nivel no llegaré. Mientras llevo a cabo la mini investigación del business al que me enfrento, voy acumulando en un cubo de plástico todas las bragas que venderé. Dado que el uso que tienen es de un día el precio al que podré ofrecerlas será más bien bajo. Sí, cuantos más días las lleves puestas y cuantas más actividades hagas con ellas, mayor es el precio al que las puedes vender.

De hecho, entre las solicitudes de los compradores, siempre hay un plus: si has ido al gimnasio con ellas, más dinero; si has mantenido sexo con ellas, aún más y también crece el ingreso si las llevas puestas en los días previos a la menstruación. En este campo el deseo de los consumidores es menor pero existe: bragas manchadas con sangre, con orina, con caca o con todos los fluidos corporales juntos se pueden adquirir por unos 50 euros, fotos incluidas. De hecho, en la web comprar bragas usadas, la usuaria dueña de la página publicita sus heces de la siguiente manera: “Te cuento un poco sobre mi caca. Ummm sale de mi culo marroncita y muy olorosa. Todo un manjar exquisito. Mi pastelito de chocolate delicioso para saborear ¿Quieres que te de de comer? ¿Te gustaría olerla? ¿Y lamerla? ¿Probarla? Qué rica está".

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¡Ah! Y que no se me olviden las embarazadas, los culottes de premamá son buscados como ediciones limitadas y exquisitas y en las webs que existen también pueden encontrarse mujeres que posan con sus estiradas barrigas de más de 6 meses.

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“El fetichismo tiene su origen de forma patológica a modo de parafilia. En este sentido hay que tener cuidado porque se pueden transformar en patológicas conductas que son normales”, me explica Pedro Bustos, psicólogo y sexólogo especializado en este tema. “Para los hombres la atracción es, en mayor medida, visual y por ello sienten deseo sobre las prendas ya sean zapatos, bragas o calcetines. Es recomendable y muy normal si se trata de un juego en pareja, es decir, si se introduce en la relación una lencería llamativa. Cuando hay usuarios que se dedican a comprar estas prendas debe conocerse el grado del fetiche: si la persona solamente consigue excitarse adquiriéndolas se trata de una patología que podría tratarse”, añade.

Sin embargo, Bustos puntualiza que a su consulta no han asistido pacientes con este ‘problema’, “lo cual no significa que no exista” y advierte: “Para tratar una parafilia se debe tener en cuenta si la misma genera un malestar en el que la practica o en otra persona y no se trata solamente de una conducta que choque con lo que es culturalmente aceptado, ya que esto se convierte erróneamente en patología”.

El alcance del negocio

Japón es uno de los países donde este negocio alcanza unos niveles desorbitados. En los locales de strippers el cliente, además de pagar por un baile privado o una sesión a lo peli porno, puede adquirir (por un poco más de dinero) las bragas que su acompañante llevaba durante el encuentro sexual. El país ha institucionalizado tal negocio hasta el punto de que se han generado anuncios que pretenden frenar la práctica. Pero no será fácil: no solo están los locales también existe la burusera, un tipo de tienda donde se venden bragas usadas junto a uniformes escolares o bañadores que van acompañados con una foto original de la vendedora en el momento en el que lo lleva puesto.

Su precio oscila entre los 30 y los 70 euros. Esta tienda cuenta, ahora, con máquinas expendedoras distribuidas por diferentes zonas del país donde cualquier persona puede adquirir estas prendas mojadas, manchadas y con un particular olor muy ‘fresco’ ya que vienen envasadas al vacío para que su fragancia se mantenga intacta junto al algodón, la lycra o el encaje, todo depende del gusto del consumidor.

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Y es que, mientras averiguaba los precios y la manera en que debía vender mis bragas para conseguir un dinero extra, me dediqué a solicitar presupuestos ya que, poco a poco, fui dándome cuenta que las plataformas más seguras se quedaban con un 20% de la venta y que en ninguna de las webs iba a poder realizar el negocio sin imágenes. En este momento me pareció muy importante mi intimidad y mi privacidad como para exponer mi cuerpo abiertamente, así que me pasé al lado del comprador.

Los precios más económicos son los que se encuentran en las páginas personales: la ropa interior no supera los 70 euros. Sin embargo, solicité mediante un email un presupuesto a un anuncio que vi en Milanuncios: la respuesta vino de la mano de una web llamada Secrets Shadows que jamás encontré en internet. Ellos me especificaban que podría conseguir la lencería a un precio entre 500 y 1.000 euros, los segundos se trataban de pedidos especiales. Por este precio incluso miembros de mi familia se interesaron en adentrarse en el negocio.

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Finalmente decidí adquirir unas bragas en oferta (no podía permitirme mucho más) en la web comprar bragas usadas, donde la usuaria, que se hace llamar Arantxa especifica la manera de realizar la compra. Seguí los pasos e hice el ingreso de los 10 euros que costaban unas bragas con un estampado de donuts y salchichas. Le escribí un correo para asegurarme que el ingreso le había llegado a su cuenta. Me respondió de forma simpática y cercana, me sentí bien, todo era muy normal: "Hola guapa ya estoy por aquí. Ya te he mandado las braguitas. Te adjunto las fotitos de regalo. Espero que te guste todo mucho, ya me cuentas. Te mando besitos. Arantxa", me escribió en su último correo que, efectivamente, iba acompañado por cinco fotos de regalo donde posaba con las bragas que había adquirido y un vídeo donde puede observarse cómo introduce el sobre con la prenda en el buzón de correos.

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Una semana más tarde llegó el paquete a mi casa. Mi compañera de piso no entendía nada, estaba en shock. En un pequeño sobre de plástico transparente venían las bragas cuidadosamente dobladas junto a una tarjetita escrita a mano: "Hola Guillermina. Feliz año!! Aquí te van mis braguitas usaditas que espero que te gusten mucho y que las disfrutes. Están súper viejitas y desgastadas pero para gustos los colores. Eso sí, son muy especiales ya que con ellas estreno 2018. Ya me cuentas qué tal si quieres. Te mando besitos morbosos. Arantxa". Abrí el paquete sin saber muy bien de dónde nacía tal iniciativa, no estaba en absoluto excitada y la situación me resultaba violenta. Al desplegar el pequeño enganche una fragancia a carne golpeó mi cara. Era un olor, nunca mejor dicho, a usado, a cajón cerrado, a piel sudada.

El envase había conservado el aroma a sucio, ese que aparece cuando tienes el cesto de la ropa hasta arriba y decides que sí, que ya es hora de poner una lavadora. Saqué las bragas del paquete y las extendí sobre la mesa del salón de mi casa. Mi compañera de piso seguía mirándome atónita. "Luego pasas un trapo", me dijo. No me acerqué a olerlas de cerca, de verdad que no pude. Las abrí y las miré por dentro: una pequeña mancha del pasado seguía en la tela y por encima, ya seco y amarillento, el flujo vaginal de un par de días de uso. No sabía qué hacer con ellas, las dejé donde estaban, un poco más alejadas de mí y seguí escribiendo. Unos minutos más tarde Thor, mi gato, se subió a la mesa y estuvo olisqueando todos los rincones de la prenda.

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Aunque mi paso por el apasionante mundo de la compra y venta de bragas fue breve, la experiencia me abrió los ojos sobre las mil y una formas que las mujeres mileniales están utilizando para llegar a fin de mes y, de paso, satisfacer todos esos fetiches que no encuentran espacio más allá de la intimidad de internet y las redes sociales. Y, por si os lo estabais preguntando, la respuesta es: SÍ, guardo las braguitas de la tal Arantxa en una bolsita en mi cajón. Me daba pena tirarlas y, al final, es un recuerdo de una experiencia de lo más surrealista. Además, quién sabe, puede que en unos años valgan bastante más que los 10 euros que invertí en ellas, ¿no?