Lo nuestro no puede terminar sin intentarlo una vez más

Aunque a veces las cosas se tuerzan, un quiebro no siempre es el final. Con el paso del tiempo y la experiencia uno se da cuenta de que no hay historias idílicas y que las personas tienen tantos recovecos como un laberinto escarbado en el interior de una montaña. Porque uno no levita permanentemente a diez centímetros del suelo ni tiene siempre, a Dios gracias, el estómago lleno de mariposas pululando. Toda relación se nutre de tardes anodinas y rutinas hirientes, de martes volviendo del trabajo sin nada en la nevera y un montón de ropa sucia amenazando desde la esquina de la habitación.

Y a veces, por mil razones, uno empieza a pensar que las cosas no son como él quiere, como ella había planeado. Porque todo es previsible, porque ya no hacemos planes como antes, porque me molesta esto y no me parece bastante aquello. Porque sí, se supone que el mundo que hemos construido hasta ahora merece la pena. Pero, sinceramete, nos estamos empeñando demasiado bien en disimularlo.

Hasta que un día alguno decide enfrentarlo. Poner las cartas y las entrañas encima de la mesa. Y todo suena tan típico y tan tópico que ambos, el que habla y el que escucha, sienten que se saben los diálogos del espectáculo de memoria. Porque sí, tenemos que hablar. Y no, esto ya no es lo que era. No sé muy bien cómo explicarlo. Pero nosotros ya no molamos como molábamos. Éramos la leche juntos. Nos reíamos tanto. Nos deseábamos tanto. Nos queríamos tanto.

Aunque no todo está escrito y no siempre los mismos caminos conducen al mismo final. Porque a veces ambos están de acuerdo. Porque para ella no es lo mismo y para él también han cambiado las cosas. Los dos se han descuidado, se han dado por sentado, como si su relación hubiera llegado ya a un punto de no retorno. Hasta hoy. Porque hoy lo han verbalizado. Los dos entienden lo que el otro dice. Han abierto la posibilidad de que mañana sea un día distinto, solitario, ajeno al otro. Y a ninguno le gusta la idea.

Ninguno quiere realmente imaginar su vida sin el otro. Quizá es porque a veces uno pierde, o relaja, la perspectiva y hace de todos los agobios el cuerpo de la relación. O quizá es solo testarudez y no querer que la vida demuestre que uno estaba equivocado. O probablemente algo de las dos cosas y otras muchas solo comprensibles dentro de cada historia individual, pero a veces uno simplemente decide que sigue, que va a luchar, que todavía no está todo escrito. Que nosotros todavía no somos como los demás y algo como esto no puede acabar así.

Así que se abrazan y se juran que lo van a intentar. Porque lo van a hacer. Juntos, de la mano. Recuperando la atención y la paciencia que el día a día había erosionado. Porque al final todo es el día a día. Y todo es atención y paciencia. Y realmente solo son detalles, algún pequeño esfuerzo. Ellos han hecho lo más difícil. Los dos saben que no hay cuentos de hadas, sino historias y personas reales. Y los dos quieren que la suya sea una de ellas. Los dos saben que al final uno solo quiere sentirse comprendido, protegido y deseado. Y saben cómo hacerlo. Saben que juntos pueden sentirse así. Porque ya lo han hecho. Lo han hecho hasta el desgarro. Y saben que juntos merecen la pena. Esta es su lucha y ninguno va a abandonar el ring.