No Es Suficiente Con Que Oigas, Tienes Que Escuchar

Oír no es lo mismo que escuchar. Estamos arrojándonos palabras continuamente, pero nos escuchamos poco. Por si esto no fuera suficiente, no escuchamos lo que se dice,  sino lo que creemos que se nos dice, porque los filtros que llevamos puestos como una segunda piel  hacen que todo lo interpretemos en función de nuestras ideas preconcebidas. “Yo no he dicho eso” es una frase habitual en cualquier discusión.

No somos máquinas sino seres repletos de emociones y en constante evolución. Pero la diversidad no puede significar aislamiento verbal. Somos seres sociales (Aristóteles, ya se sabe), y como tales estamos obligados a comunicarnos. Para colmo, ésta comunicación nunca es completa, está cargada de malos entendidos, ambigüedades y expectativas que no llegan a cumplirse por su alto grado de ensoñación.

No nos entendemos bien porque no escuchamos, porque parecemos hablar distintos idiomas. Y porque los códigos lingüísticos no sólo contienen sintaxis y semántica. Hay reglas borrosas en las que navegamos mal.

Es muy frecuente (mal)interpretar que la chica que lleva hablando con nosotros toda la tarde quiere acabar la jornada en la cama; pero no necesariamente es así, no siempre, a veces no. Tal vez sólo quiera hablar, ser escuchada, contrastar argumentos y compartir emociones. A menudo sólo quiere palabras y si las pronuncia muy cerca es posible que sea porque la música del local está muy alta.

La comunicación también nos juega malas pasadas cuando estos malentendidos forman el poso de una relación consolidada. Las palabras son entonces como piedras con aristas de sílex. Primero se han gastado y adelgazado, se han hecho fáciles, familiares, previsibles. Y de pronto algo se rompe, se quiebra el discurso,  son las dueñas.

Y ella nos dice: “Tenemos que hablar”. Las palabras se han vuelto violentas a su pesar, cortantes, ásperas, hieren el corazón, tienen tamaño y consistencia, nos hunden en aguas oscuras. Sabemos que ya no van a ser amables aunque lo pretendan, que no se  convertirán en caricias, en piel, en bálsamo para esa piel. Las palabras tienen entonces la rotundidad de un finiquito, la frialdad de un saldo y la certeza del primer frío del otoño.