'SinDepi', el nuevo método que te asegura f*llar solo con tíos que valen la pena

Ni ladillas ni candidiasis. Lo nueva forma de asegurarte no follar escapa de la lógica de las ETS. Si quieres vivir en primera persona el rechazo de un amante o sabotear tus propias citas, no lo dudes y atrévete a ir sin depilar. Suena retorcido, pero es la cruda realidad. Los pelos asustan, espantan y conmocionan... sobre todo si no se esconden ni disimulan en el cuerpo femenino.

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Pero no solo este horror es propio de la sociedad sino que también forma parte de ti misma. No trates de fingir que a ti no te molesta ni avergüenza: sabemos que usas tus pelos como si fueran una kalashnikov ante tu novio. Os calentáis y metéis mano apasionadamente, pero cuando llega la hora de decir adiós al pantalón lo sueltas: “Cariño, verás… No voy depilada”. Lo cierto es que a “tu cariño” le dan igual tus pelos y eres tú la que más aversión y pánico sientes hacia ellos. Él te ama tanto que hasta peinaría los que te crecen del sobaco.

Adora tu sombra del bigote porque te da un aire a Frida Kahlo. Disfruta de tus pantorrillas salvajes de amazona milenial. Y no teme que exhibas un felpudo, o felpudito, porque a él lo que le pone cachondo es que tu apariencia sea la de una mujer real y no que tengas los labios vaginales como la boca de Carmen de Mairena. Al final, tú te rayas y él lo sufre. La situación acaba en drama y os cuesta una semana solucionar semejante tontería y decir eso de “pelillos a la mar”.

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Pero no todas las experiencias que suman sexo y mujer sin depilar acaban en reconciliación. De hecho, a menudo, ni empiezan. Según los últimos estudios reseñados y comentados en las eternas colas de los baños femeninos, hay constancia fehaciente y verídica de que en el mundo habita el Homo Pelofóbicus. Se trata de una especie del macho que asume que él puede disfrutar del sexo independientemente de su cantidad de vello (o déficit en la zona pineal). Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando descubres que ese Homo Pelofóbicus cuestiona tu feminidad, integridad moral, estética o incluso higiene corporal porque TÚ no vas depilada (y puede que ni quieras) para follar.

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Este espécimen de la naturaleza se camufla dentro de la flora y fauna cultural como hipster, indie, skater, progre, facha, amante del rock o torero. A veces, motivado por su instinto, decide probar eso de tener sexo con una mujer sin depilar y poder fardar con sus colegas, de que él una vez jodió con una "loca feminazi peluda" y guarra, muy guarra. Posiblemente, lo relate fingiendo mucho asco, pero siguiendo sus tendencias evolutivas, sabemos que en la intimidad se matará toda su vida a pajas rememorando este episodio sexual. 

No obstante, también se ha documentado que algunos individuos de la categoría Homo Pelofóbicus rechazan inmediatamente mantener relaciones sexuales con una mujer sin depilar. Aluden que el hecho de que una mujer no se depile es “antinatural” y “asqueroso”. La falta de inteligencia y sentido común de estas criaturas les impide razonar que lo antinatural y asqueroso es que los tíos presupongan e impongan que nuestros coños deben lucir como si fuéramos niñas de siete años.follar solo con tíos que valen la pena 3Pero STOP. Tomemos aire y reflexionemos. Hecha la ley, hecha la trampa. Nuestra guerra personal o circunstancial contra la no depilación proyecta algunas luces. Podemos rechazar la depilación por varios motivos: rechazo al canon de belleza actual, estética (nuestro cuerpo es más erótico al natural que con una plaga de pelos enquistados y zonas enrojecidas), salud (el vello púbico actúa de barrera ante ciertas infecciones de transmisión sexual), trauma (todavía no has podido superar aquella situación de dolor y desesperación en la que casi te rasuras medio clítoris) o simplemente como arma de selección natural.

Sí, tía, sí, lo que te cuento. Presumir de felpudo y axila pobladita espanta a los idiotas y te permite quedarte con los que valen la pena. Ojalá no nos avergonzaran nuestros pelos, pero mientras tanto… aprovechemos (en situaciones límites) la hipocresía con la que la sociedad juzga nuestros cuerpos.