Lo siento, pero no lo siento. Me he enamorado de otra persona

Supongo que es como esa canción que escuchas de vez en cuando y te hace gracia. A fuerza de escucharla, y escucharla, te gusta más. Y más. Y, de repente, no sabes exactamente en qué momento, te encanta. De hecho, se convierte en tu canción favorita y todo te suena a eso. Vas de camino a casa y la tarareas. Estás en el metro y chasqueas los dedos.

Ya hace días, o quizás semanas, que no me lo quito de la cabeza. Ni de las manos. Ni de la lengua. Todo me suena a él. Como esa canción. Tarareo sus miradas y chasqueo el ritmo de su voz. Sí, me refiero a él. Al responsable de ese mensaje de buenos días. Al que me traía a casa después del trabajo. Al nuevo en la oficina. Al amable, educado, interesante y extremadamente atractivo chico nuevo de la oficina.

Te juro que esto no va contigo. Y precisamente ese es el problema. Porque hace ya algún tiempo (más del que te voy a reconocer) que no somos, o no soy yo contigo. Es curioso, no sé cuando empezamos a desencontrarnos. Bueno, sí lo sé. Exactamente desde que apareció ÉL. Desde que el tiempo ha empezado a medirse entre el rato que hace que no le veo y el que falta para volverle a ver. No sé en qué momento olvidé tus brazos por correr hacia los suyos. No lo planeé. No lo busqué. Pero sucedió.

Como esas tormentas de verano que te sorprenden en chanclas y vestidito y hacen que llegues empapada a casa. O esos huracanes que arrasan con todo sin previo aviso. No lo vi venir. Pero llegó. Y parece que va a quedarse. Y lo peor (y lo mejor) es que me he acostumbrado a salir sin paraguas. A dejarme arrastrar por la corriente. A mojarme. Y a no sufrir por si después viene el resfriado.

Y lo siento, pero no lo siento. Siento todas y cada una de estas palabras que pensé que jamás pronunciaría. Pero no lo siento, porque ya no hay nada que me retenga a tu lado. No me busques, porque ya no encontrarás nada de lo que un día fuimos. Ni el mínimo resquicio de esa cara imposible de disimular cuando te veía entrar por la puerta. Ni el más nimio escalofrío cuando mis manos rozaban las tuyas. Ya no siento. Y lo siento. Pero tengo que obedecerme.

Tengo que fiarme del hormigueo de mis manos cuando le veo, del cosquilleo en la nuca y de esa sonrisa tonta que aparece cuando pienso en él. Porque cuando suena ésa canción, y me refiero a ésa y no a otra, ya no me mueve nada más que el recuerdo. Esa canción que era nuestra ya es de otros. O quizás de nadie. Pero el caso es que me voy. Y lo hago porque lo contrario sería traicionarte. Y traicionarme. Traicionarnos.

Y joder, te quise mucho. Te quise todo. Te quise entero. Pero ya no. Cojo impulso, respiro y vuelo. Ojalá lo hagas tú también. Ojalá vueles alto, fuerte. Feliz. Ojalá aprendas a coserte las alas o encuentres a alguien que lo haga por ti. Y para ti. Alguien a la medida de tus ilusiones. A tu medida. Y con lo grande que eres, te va a ser difícil encontrar a alguien de tu tamaño. De tu valor.

Ojalá no me culpes. Ojalá no te culpes. Ojalá cuando pienses en nosotros recuerdes que un día fuimos todo. Y por eso lo seremos para siempre. Porque en la vida ‘nunca’ es ‘quizás’. Y ‘siempre’ es siempre ‘todavía’.