Solo Una Semana En La Red Social De Fetichismo Sexual 'Fetlife' Y Descubres Otro Mundo

Imagina una red social como otra cualquiera. Con su tablón de novedades, su bandeja de mensajes y su botoncito de like. Imagina que, como otra cualquiera, te permite compartir estados, imágenes y vídeos con todos tus contactos. Imagina que en esta red social, una cualquiera, puedes cotillear a otros usuarios, participar en grupos temáticos y apuntarte a eventos colectivos. Nada insólito hasta ahí. Ahora imagina que en esta red social tu tablón de novedades está colmado de mujeres maniatadas colgando del techo, tu bandeja de entrada recibe extrañas proposiciones de amistad de dominatrices experimentadas, y los grupos más rebosantes tratan sobre látigos, blindfold y bofetones en la cara. Bienvenido a Fetlife, la red social menos cualquiera de todas.

Todo lo que necesito para cruzar el umbral del sexo ordinario y empezar a convivir con otros kinksters en la tierra prohibida es rellenar un breve cuestionario: apodo, género, orientación sexual, rol, fecha de nacimiento, ubicación, correo electrónico y número de teléfono. Y voilá, estoy dentro junto a otros cinco millones de seres humanos ávidos de fetichismo sexual. Formo parte de la comunidad de erotismo alternativo más grande del mundo. Un supermercado gigantesco de rarezas lujuriosas donde novatos como yo parecemos pingüinos en Punta Cana. Miro todas esas opciones y pienso: ¿y ahora qué?

Me decido y pulso la pestaña de exploración. Durante los dos o tres segundos que tarda en cargar la página temo que vaya a aparecer en mi pantalla algún monstruo tentacular violando colegialas, disparate muy de moda en la pornografía japonesa. Pero nada de eso. La primera plana del tablón de posts populares la ocupan una chica masturbándose con un calabacín, un hombre arrodillado con un dispositivo de castidad instalado en su antaño virilidad y un texto inspiracional sobre lo que una usuaria sumisa busca en un daddy. En fin, nada que vaya a malograr mi apetito sexual.

Conducido por la curiosidad, comienzo a descender hacia el abismo. Descubro la historia de una jovencita de nalgas amoratadas por azotainas autorizadas antes de toparme con un inesperado problema: un banner de la página me avisa de que, si quiero seguir tanteando la sección de lo más popular, debo abonar una cantidad de cinco dólares mensuales. "Sabemos que un mes en Fetlife te hace más feliz que una taza de café". No les falta razón, pero decido pasarme a la sección fresh & pervy, ordenada cronológicamente y, siendo honestos, mucho menos interesante y estrambótica. Me aburro de mamadas y de expediciones anales de intrépidos juguetitos. Pongo pies en polvorosa rumbo a la sección de fetiches. Preveo que ahí debe hallarse el verdadero salseo.

Boom. Más de quinientas opciones disponibles. Más de quinientas maneras de entender la diversión carnal. Más de quinientas formas de vida. Degradación verbal, adoración de pies, tacones altos, sapiosexualidad, estimulación eléctrica, shibari, máscara de gas, fornifilia, sadomasoquismo. Cada traducción que ejecuta mi mente da resultados más y más sorprendentes. Sin embargo, la mayoría de filias, o al menos las más relevantes, giran en torno al más conocido de los estimulantes sexuales: el poder. Dominancia y sumisión. Intercambio de poderes o reafirmación de los mismos. En base a esto, me adentro en una de las prácticas más populares de todas: el cuckold.

Una vez cruzado el umbral hacia el universo de la infidelidad consentida, la página me devuelve todos los usuarios, grupos y fetiches relacionados. Bastan un par de minutos explorando algunos de estas congregaciones temáticas para desmontar, al menos parcialmente, aquel eslogan con el cual Fetlife se vende al mundo: que no son una página de emparejamiento sexual, que no son una especie de eDarling para idólatras del bondage.

Porque más allá de algún que otro post sobre experiencias y consejos –muy útiles para ese muchacho que no encuentra la manera o el valor de contarle a su novia que le excita imaginarla siendo gangbangueada por cuatro desconocidos en la habitación de al lado–, y de algún que otro chiste –¿cuántos cornudos se necesitan para cambiar una bombilla? Ninguno. Se sienta en la esquina y observan cómo otro la cambia–, la mayor parte de los temas empiezan por un "busco" y terminan por un "dueña", "esclavo", "corneador", "cornudo" o "hotwife".

Millones de personas ansiando encontrar a otro alguien que encaje en su teatro de humillación hedonista. Millones de pulsiones sexuales en la sombra latiendo con la fuerza de un mastodonte. El exitoso empresario que fantasea con lamer el suelo que pisa una mujer. La universitaria que desea con todo su corazón obedecer las degradantes órdenes de un macho alfa. El matrimonio que suspira por un jovencito bisexual que los ate y subyugue en la cama. Millones de personas tratando de encontrar a través de un ordenador lo que sus identidades públicas les impiden encontrar en la vida real. Y Fetlife es el coto de caza perfecto.

Han pasado unos días desde que entré en esta selva del clímax. Mi mente ha quedado atrapada entre imágenes de hipoxifilia e historias de mujeres de mediana edad que escapan de la rutina gateando desnudas con un collar bien apretado al cuello a gusto de algún amante ocasional. En ese limbo de fantasías y nuevos sabores se mueve ahora mi alma sexual. Entro en mi perfil dispuesto a seguir empapándome de nuevas dimensiones cuando veo un mensajito en mi bandeja de entrada: "Hola cariño, dale like a alguna de mis fotografías y házmelo saber cuando lo hayas hecho para que empecemos a hablar". Firmado: una domadora neoyorquina de 38 años, heterosexual y en busca de un esclavo. Una película de perversiones con mis nalgas como epicentro pasan ante mí como un meteorito.

Nueva York no queda tan lejos...