Cuando Una Relación Destructiva Te Deja Roto Por Dentro

Todo era maravilloso, todo fluía entre nosotros. La vida parecía hecha para los dos y no necesitábamos a nadie más porque creamos el mundo a nuestro alrededor. Yo montaba parques de atracciones bajo su falda y ella me transportaba con leves movimientos hacia el tiovivo que daba pie a nuestra lujuria. Vivíamos en una continua y creciente burbuja de felicidad que, incluso en los momentos más desgraciados, seguía siendo maravillosa porque cualquier mal ajeno era superfluo y nosotros siempre teníamos algo más interesante donde agarrarnos para seguir muy unidos.

Los encuentros fortuitos del principio se convirtieron en quedadas constantes, el plan era vernos todos los días y no separarnos. Mis padres llegaron a odiarla porque yo nunca pasaba por casa a verles, sus amigas no me tragaban porque ella no les hacía caso, pero ninguno queríamos estar con nadie más. De hecho, en los poquísimos ratos separados, el móvil parecía una anexión más de nuestro cuerpo y siempre teníamos la necesidad de contarnos todo o encontrar la forma de vernos cuanto antes. Ir a bares juntos, salir de fiesta los dos, que nadie tocara a nuestros grupos favoritos y odiar los cines por no querer compartir la película con nadie más. El problema no era que alguno quisiera al otro demasiado, era mucho peor.

Nuestra relación me recordaba a los protagonistas de la película Candy, pero en vez de estar enganchados a la heroína y echar a perder nuestras vidas, la droga que nos unía era la falsa necesidad mutua de estar juntos. Llegó un momento en el que no diferenciábamos el bien del mal, o mejor dicho, no nos importaba. Sabíamos que muchas cosas no eran correctas pero todo nos la sudaba y, al igual que Candy con Dan, hasta nos creíamos 'los más guapos del McDonald’s'.

Pero entonces empezaron las discusiones, el aburrimiento, la monotonía y los enfados. Nada de lo que hacíamos me satisfacía, toda la magia que le vi al principio había desaparecido y de ella me molestaba todo, hasta cuando andaba demasiado fuerte o cogía el tenedor como a mí no me gustaba. Supongo que ella pensaba lo mismo. Bueno, no lo supongo, creo que me lo decía constantemente y esa desesperación incesante no era más que una muestra de la tremenda frustración por ver que la relación se estaba muriendo. El declive era evidente y lo más jodido todavía estaba por llegar.

La situación era insostenible y, a pesar de vivir juntos no podíamos ni vernos, siempre estallábamos por cualquier tontería. Intentamos incluso ver a nuestros amigos, salir a tomar algo con más gente, pero cada noche terminaba con discusión, lloros, amargura, mil perdones y una reconciliación que duraba unas horas. Sí, nuestra vida era una mierda. Los inexistentes celos del principio se habían convertido en una terrible desconfianza y las peleas se iniciaban por nada. La única solución era dejarlo, pero eso se antojaba imposible, fue el punto más jodido porque no sabíamos vivir el uno sin el otro. O al menos eso creíamos. Sé de buena tinta que ella intentaba huir, pero yo no quería. Muchas veces intenté marcharme de casa, pero ella tampoco me dejaba. Nos gustaba demasiado la autodestrucción.

No había otra manera de terminar, alguno tenía que dar el paso, alguien tenía que ser fuerte y armarse de valor para salir de esa vorágine tan dañina. Ya no cabían más gritos, lamentos, charlas para reconciliarse o cosas del piso por romper. Los buenos días se habían acabado, ambos nos habíamos confundido por completo y nuestro concepto inicial del amor estaba muy alejado de la necesidad final como pareja. Ella fue valiente y supo lanzar las palabras necesarias para doler, los cuchillos más terribles para matar esa relación tóxica que nos estaba destruyendo a los dos. Y menos mal, porque no habría soportado terminar como Candy y Dan.