Cuando Quieres Quererle Pero no Te Sale

Lo conocí en una de esas etapas de la vida que se atraviesan sin pisar demasiado el suelo. Me refiero a esos momentos en que acabas de salir de una experiencia mala y, como te da miedo no ser capaz de levantarte si frenas, decides avanzar a la carrera con la esperanza de que, si no miras tus heridas, desaparecerán solas.

Disimulaba tan bien que estaba maltrecha, que él pensó que yo era la respuesta a sus preguntas. Nos conocíamos de vista, por amigos comunes, no habíamos hablado apenas, pero cuando empezamos a hablar, mi ritmo (que ya estaba siendo de por sí más frenético que de normal) se aceleró más todavía. La sensación que tengo ahora es que los dos íbamos corriendo a la deriva, huyendo de nuestros fantasmas, y que en la confusión encontramos las manos del otro; las agarramos con fuerza (los dos necesitábamos algo a lo que aferrarnos) y a partir de ese momento empezamos a girar el uno alrededor del otro, a una velocidad vertiginosa.

Sin embargo, a pesar de la velocidad, empecé a notar ciertas cosas. Estoy segura de que él las tuvo que notar también. Yo no quería verlo, pero muy pronto me di cuenta de que algo fallaba. Por ejemplo, el sentido del humor: no entendíamos los chistes del otro. En el momento no le di más importancia; total, eran chistes. Pero de algún modo, esa lucecita roja interior empezó a parpadear: el humor es fundamental. El humor es un tipo de comunicación directa, una prueba de que dos personas ven el mundo de una manera similar. Si hubiera sido sincera conmigo misma, habría admitido que no podía imaginarme un futuro con una persona con la que no pudiera reírme. Pero tenía demasiada prisa como para escucharme a mí misma.

La segunda señal fue aún más reveladora. Su cuerpo. Él era franca y objetivamente guapo. Pero cuando acariciaba su cuerpo notaba cierta aspereza, como si su textura fuera algo que las yemas de mis dedos no entendieran. Cuando hundía mi nariz en su cuello, no podía oler nada. Como si tuviera un cuerpo aséptico. Como si su cuerpo hablara en un idioma que yo no comprendiera y, por lo tanto, no pudiera decirme nada.

Y este tipo de cosas, como si el terreno se hubiera vuelto de gravilla, empezaron a dificultar la carrera. Casi sin querer, mis pasos empezaron a ser más lentos hasta que llegó el momento en que frené por completo. Y, al frenar, no tuve más remedio que mirarme. De repente vi todas las heridas de las que había huido, supurando todavía. Vi que, aunque hubiera corrido incesantemente y aunque estuviera agotada, estaba en el mismo sitio. Vi, delante de mí, a una persona con la que no tenía una verdadera comunicación. Él no había visto mis heridas y yo no había visto las suyas. Estábamos demasiado ocupados huyendo. 

Y, cuando llegó el momento de la verdad, ese punto en que o te separas o encajas las cicatrices para construir algo, de forma natural acabamos con la historia. Porque estábamos agotados. Porque no teníamos fuerzas para cargar con el otro. Porque, en el fondo, los dos sabíamos que necesitábamos un tiempo solos, lamiendo nuestras heridas. Porque sabíamos que, por más que hubiéramos intentado querernos, no éramos capaces. Porque, para querer, necesitas poder ofrecer lo mejor de ti y eso es imposible cuando estás huyendo de ti mismo.