Cuando Se Quiere Demasiado Y Se Quiere Mal

Hay muchos tipos de amor. Hay amores apasionados, amores serenos, amores secretos, amores maduros o amores locos, por dar algunos ejemplos. Tantos tipos de amor como personas. Y todos quieren al otro, todos desean y se emocionan con la caricia ajena. Pero ninguno de ellos, ninguno, quiere demasiado. Porque querer demasiado no es querer.

Si has querido demasiado alguna vez ya sabes de lo que hablo. Querer demasiado es enfermizo. Querer demasiado no es sano, no es limpio y no es bonito. Porque querer demasiado es una obsesión, una mala ansia repetida a todas las horas del día de todos los malditos días.

Cuando uno quiere demasiado no puede disfrutar ni de sí mismo ni del otro. Porque querer demasiado implica un miedo atroz y constante a que el otro desaparezca, a que la relación idealizada de repente se evapore. Y ese miedo no deja vivir.

Y a quien le cuesta respirar sin el otro, tiene un problema. Aunque él crea que no, aunque ella esté segura de que se vuelve loca de celos porque nunca hubo en la faz de la tierra un amor igual al suyo. Lo cierto es que siempre ha habido en la faz de la tierra como mínimo miles de amores iguales al tuyo, así tirando por lo bajo. Porque el amor es tan repetitivamente único como la condición humana.

Por eso, cuando el sentimiento normal de especialidad que todo enamorado siente, se vuelve en una obsesión enfermiza e hiriente, ahí hay que echar el freno. Hay que reflexionar sobre qué ocurre, sobre qué te ocurre a ti para necesitar llamar, hablar, ver, contar, sentir, todo los minutos de todos los días. Porque, de nuevo, no es normal.

Y no es bonito. Por mucho que uno crea que "quiere demasiado", la verdad es que lo que hace es vivir demasiado poco. Porque a menudo el que dice querer demasiado olvida qué es disfrutar del aquí y el ahora con el ser amado. Olvida que la vida pasa y poco hay más que esta tarde, que este abrazo.

Pero aquel que quiere demasiado está tan obsesionado con el control y el miedo al vacío y a enfrentarse consigo mismo sin la excusa que da un tercero, que lo último que hace es valorar la compañía que tiene al lado. Porque pronto, además, todo se teñirá de suspicacias. Y muy pronto le parecerá que es él, ella, quien quiere demasiado, pero que no es correspondido, que él no es amado del mismo modo.

Y se compadecerá, se sentirá una víctima de una situación que ha creado él mismo, a la que ella misma ha conducido. Porque eso que eufemísticamente se conoce como "querer demasiado", no es amor, es, que diría la canción, una obsesión. El amor del bueno, de hecho, nunca es demasiado.

Crédito de la imagen: Jérôme Licht