Prefiero decepcionarme mil veces que no ilusionarme jamás

Sí, duelen las decepciones; vaya si duelen. Todos hemos pasado por alguna. De hecho, la decepción es una de las sensaciones más amargas de la vida, una especie de vacío estomacal que te deja el cuerpo descompuesto y la cara de bobo.

Puede ocurrir además en todos los campos. Una amiga a la que confiabas tus más inconfesables secretos, ese chico que no era, él no, como los demás; el colega de trabajo que parecía querer algo más que tu puesto. Todos tienen, sin embargo, algo en común. Confiabas en ellos. Habías establecido ese lazo invisible que une a quienes saben que pueden apoyarse en hombros recíprocos.

O eso creías. Porque esto de las decepciones va, sobre todo, de lo que tú creías y de lo equivocado que estabas. Es duro admitirlo, claro. Porque tú decidiste romper el muro, bajar las defensas, dejar de temer sufrir y todo, para nada. O eso parece.

Pero no es para nada, no. Si estás todavía con la hiel en los labios creerás que habría sido mejor no entregarte tanto, que tenías que haberlo pensado, que nunca te volverá a pasar porque nunca volverás a ser tan estúpido. No otra vez.

Pero no te engañes. La realidad es que los únicos incapaces de ilusionarse son los cínicos. Solo ellos no confían en otro, solo los cínicos no se decepcionan nunca. Porque la decepción es inherente a las relaciones. A veces juzgamos mal, vale. A veces de más, a veces de menos. A veces la decepción se debe a un engaño manifiesto, a la mentira premeditaba. Y otras, no.

Otras veces solo ocurre. Porque las personas cambian, porque habías esperado más del otro sin realmente tener motivos, porque decidiste apostar cuando no tenías más que un farol. Pero, ¿y la de veces que ha salido bien, eh?

Todas esas veces que te has sentido acompañado por ser capaz de hablar, de contar, de confiar. Toda la emoción de aquella aventura. Y todas las risas del durante. Ahora te parecen el recuerdo amargo de un mal sueño. Pero fueron reales. Tan reales como este sinsabor. Y sobre todo, volverán a ser reales.

Mientras, hay una serie de técnicas budistas que ayudan a pasar el trago. La primera norma es “déjalo salir”. No te niegues que estás decepcionado. Para poder superar sin resquemor la amargura es importante no habérsela negado antes. Después, sí, has de tomar algo de perspectiva. Sentir la emoción, aunque sea negativa, no quiere decir quedarse a vivir en ese sinsabor, sino aprender a tomar cierta distancia.

Y al final incluso aceptarás que la decepción es una parte más de la vida. No podemos predecir ni prevenir todo. No podemos predecir el desamor, el engaño. Y eso nos hace humanos, nos hace estar vivos, creer en que las cosas merecen la pena. Porque, muy a menudo, las merecen. No les des la razón. Confía.

Cree.

Vive.

Ama.

Crédito de la Imagen: Pablo Roca