El 'porno para mujeres' me aburre, yo lo que quiero es que me empotrean

Soy feminista, siento deseo, me gusta el porno y quiero, entre otras muchas cosas, correrme. Quizá no es el discurso que más escuches de boca de una mujer, pero no te quepa la menor duda: el empoderamiento sexual es revolucionario. A las mujeres nos ha costado siglos que la sociedad nos reconozca como seres deseantes, es decir, como sujetos sexuales y no como meros objetos a disposición del goce masculino. Por ello, mientras celebramos la existencia de lo que se ha denominado 'porno para mujeres', no podemos dejar a su vez, de ser críticas y exigentes con sus contenidos.

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Puede que muchas hayamos rechazado la idea de que el “porno es asqueroso y misógino” y hayamos encontrado en él un estímulo para la masturbación y una fuente de fantasías. Aplaudimos la valiente iniciativa de las profesionales de la industria del porno (directoras, productoras, actrices) de suprimir los aburridos planos de 50 minutos de mamada, el sexo anal con 14 centímetros de dilatación, el lesbianismo fingido o las descomunales corridas que evocan más la rotura de una tubería que un natural squirt. Sin embargo, pese a su predisposición a representar la sexualidad femenina sin humillación, no logramos ponernos cachondas con sus propuestas.

Salvo excepciones, todavía gran parte de la pornografía dirigida a mujeres, cae en viejos estereotipos y representa al género femenino desde la idealización de su placer y deseo. Es decir, como si solo pudiéramos disfrutar del sexo si se hace “blandito”, con dulzura (hasta ataque diabético) y con tanto cuidado que nos hace creer que nuestro coño es de cristal incluso cuando lo frotamos “de mujer a mujer”. Pero, ¿qué pasa si lo que nos pone son las escenas de empotramiento? ¿O el porno sucio de chonis y canis? ¿O esos momentos donde la actriz practica sexo oral mientras la llaman “puta”? ¿Suponen estas preferencias sexuales un peligro para nuestra integridad personal? ¿Y para la conquista de la igualdad?Imagen relacionadaAparca la fusta para más tarde y deja de sentirte culpable por tus gustos sexuales. Es totalmente legítimo excitarte con contenidos o escenas que no forman parte de ese “porno para mujeres”. El hecho de sentirnos atraídas por actrices con tetas enormes o identificarnos con aquellas que actúan bajo el rol de “mujer objeto” no nos convierte en las enemigas de la igualdad o en las reinas del mal gusto. ¡Tampoco en unas herejes feministas! La representación de escenas de sexo duro no tiene que tildarse de machista si quienes las protagonizan lo hacen de forma consensuada. Recuerda que la pornografía es una propuesta cultural que explora una gran diversidad de representaciones e idearios sexuales. Así, mientras para algunas personas ciertos contenidos pueden resultar desconcertantes e incluso asquerosos, para otras pueden ser liberadores y placenteros.

Independientemente de que nos exciten los materiales pornográficos más tradicionales o aquellos que son trasgresores, no debemos sentirnos culpables ni avergonzadas. La opinión pública, la clínica o el feminismo jamás deberían prestarse a un criterio que valorara a las mujeres por sus gustos sexuales y que les inculcara el miedo a perder su reputación. Ningún discurso debería convertirse en el garante de la moral y la virtud cuando nuestros deseos sexuales no encajan con un modelo de sexualidad normativo o considerado “políticamente correcto” en las mujeres (pasividad, sexualidad sensual, lesbianismo). El silencio, el desprecio, la persecución y el castigo han sido históricamente impuestos a las mujeres para que no tuvieran conocimiento y control de sus cuerpos y deseos sexuales, ¿acaso vamos ahora a imponernos todo esto entre nosotras? No y no.Resultado de imagen de sex couple gif

Puede que el miedo que muchas hemos sentido ante los peligros de la sexualidad (violaciones, abuso sexual, acoso) haya supuesto la creación de contenidos idealizados, que denotan seguridad y comodidad. Es una opción totalmente válida. No obstante, no debería considerarse como la única apropiada. Las mujeres no somos eternas víctimas. Nuestro cuerpo no es nuestra cárcel. Queremos un porno que no nos denigre por el hecho de ser mujeres, pero que tampoco acabe por inhibir nuestro yo sucio, sexual y salvaje. Porque además de pelear por nuestro derecho al voto, hemos luchado por nuestra libertad sexual.