Soy una de esas personas adictas a sufrir por amor y no quiero dejarlo

Me gusta sufrir. O al menos eso es lo que me dice todo el mundo. Mi vida amorosa es una continua espiral de sentimientos tóxicos. Vivo la misma situación una y otra vez con la misma persona —esa que se va, vuelve para hacerme daño, dejo que me lo haga, y vuelve a marcharse— o con otras que, irremediablemente, se le parecen muchísimo pero nunca me llenan lo suficiente. El esquema siempre se repite: creo haber encontrado a alguien nuevo, me siento ilusionada y empiezo a convencerme de que estoy pasando página. Y, cuando me descubro a mí misma pensando en ello, es cuando extraño mi sufrimiento. Mi mente, cabrona y retorcida, vuelve a convencerme de que aquello que tenía con mi espina clavada es lo mejor que tendré jamás.

Porque ese sentimiento miserable es casi la base del amor para mí. Si se sufre, es que se ama muchísimo. Si hay tragedia es que hay que seguir luchando. Es intenso y eso es adictivo. Cada sonrisa y cada polvo desesperado de reencuentro son tan grandes y se clavan igual de fuerte que las lágrimas que llegan después. "Nunca volveré a querer a nadie así", pienso cada vez que me va mal con alguien. Y trato de convencerme de que ambos habremos madurado ya y podremos tener algo parecido a un contacto cordial. "Creo que voy a llamarle", me digo. "Solo para saber qué tal está. Nos hemos querido mucho y es normal que quiera saber qué es de su vida. Sé que él también quiere hablar conmigo, así uno de los dos dará el paso. ¿Por qué no yo?". Y así les trato a todos, quebrando desde dentro cada nuevo amor, pero sin dejarlo ir hasta que aparece alguien nuevo que tiene fuerzas para volver a empezar el juego.

Es absurdo y sé que no debo hacerlo. Sé que solo voy a seguir complicándome la vida, pero sabotear cada maldita relación, cada ocasión que tengo para ser feliz, es más cómodo que afrontar el mono que tengo cuando intento dejar esa droga masoquista. No me van las relaciones sanas, necesito la angustia. Es como si mi parte racional, la que me dice que me aleje del dolor, estuviera desconectada cuando se trata de sufrir por amor. No se encienden las alarmas, no quiere escuchar cuando mis amigos y mi familia me piden que lo deje ir de una vez, que no me hace ningún bien esa persona —sea cuál sea— ni yo a ella. Que merezco algo mejor. Pero solo los que también lo viven así pueden entender el inmenso placer que puede llegar a dar el hecho de meter el dedo y revolver en esa herida. "Tú no lo entiendes, no le conoces", "Lo nuestro es diferente". Y todas esas cosas que se dicen y que suenan tan absurdas en general, hasta que las oyes saliendo de tu boca y cobran todo el significado del mundo.

Porque yo no aprendo, no quiero hacerlo. Esa lección que se me presenta como un cartel con luces de neón cada vez que tropiezo es invisible para mí. Porque sigo mirando hacia el recuerdo de lo que fue 'lo nuestro'. Estoy enamorada de lo mucho y lo mal que nos quisimos. Esa es mi piedra, no tú. Esa gigantesca piedra que todos ven, menos yo, porque me empeño en correr con los ojos cerrados. Dependo de tu adicción a hacerte daño para poder seguir haciéndomelo yo también porque, en el fondo, no estoy en esto sola. Somos dos, cada vez alguien distinto. Dos que juegan al juego de la dependencia emocional, que se creyeron eso de 'yo siempre volveré contigo'. Eso de que todos tenemos solo una media naranja y que es la más podrida la que esconde mi felicidad. Pero no era cierto.

Y ya ni siquiera recuerdo cómo he llegado hasta aquí, a estrellarme contra el suelo tantas veces que ha dejado de doler, que solo me aturde. Ya no recuerdo qué era eso que te hacía tan especial ni a ti, ni a cualquiera que se atreva con mi espiral de autodestrucción. Pero eso ya no importa. Porque no quiero salir de ella. No quiero aprender de mis errores y no me importa si el mundo no nos entiende. Y, aunque los demás crean que estoy ciega, sé perfectamente a qué estoy apostando. Soy consciente de que lo mejor para mí sería dejarlo todo y aprender a ser fuerte. Pero esa, esa no sería yo.