Por Qué Hay Personas Que Acumulan Ligues Con Los Que Después No Pasa Nada

El cine los ha denominado como pagafantas, la RAE como amigovios y yo los denomino dejadehacerelimbécilquenovasafollar. Tal vez tengo que mejorar el término, pero estoy trabajando en ello. Los pobres son víctimas de una especie humana por la que también hay que sentir lástima: aquellos que necesitan tener un harén de seguidores para sentirse bien consigo mismos.

¿Por problemas de autoestima?¿Por necesidad de cariño?¿Por un desmedido ego? Quién sabe, para determinar eso están los psicólogos. Son especímenes que necesitan tener al menos cinco mensajes de Whatsapp de sus fans al despertarse por la mañana o para ellos se convierte en un día de mierda. La Asociación Americana de Psiquiatría recoge en su manual de desórdenes de personalidad el Trastorno histriónico de la personalidad (si no te apetece leer en inglés, aquí está la Wikipedia). Me aventuro a decir que este tipo de personas adolecen un poquito de este trastorno. 

Hay que reconocerles un mérito: ya es bastante difícil llevar adelante una relación de tipo sentimental con alguien, como para tener que mantener a la vez diez pseudoemocionales. Hay que tener arte para darle a la gente la dosis justa de atención y cariño para que estén ahí adorándote cual dios/a del Olimpo. Mi opinión es que, en el fondo, estos pobres desdichados saben que nunca pasarán del nivel necesito que estés pendiente de mí, pero supongo que pensarán que hay que estar ahí para que sucedan las cosas, así que nunca se sabe. Y se consolarán diciéndose a sí mismos que mandar un mensaje de buenas noches a alguien con el que no has pasado de un beso en la mejilla no es para tanto.

¿Te has cruzado alguna vez con la típica persona que tilda de "amigo" a alguien al que conoció una vez en una fiesta y con el que solo cruzó dos palabras? También está el típico sujeto que te agrega a Facebook después de haber coincidido en unas cervezas, que presume de conocer a media humanidad y que convierte en íntimos a aquellos con los que se ha intercambiado un par de mensajes. Algo así:

—¿Pedro? Sí, sí, claro que lo conozco. He quedado con él mil veces.

(En realidad solo se lo presentó un amigo un día y luego se siguieron en Twitter)

Otro ejemplo de conversación muy edificante con una persona así:

—¡Hey! ¿Qué tal has dormido?

—¡Bien! Ayer me escribió Juan para darme las buenas noches, me mandó un privado Andrés para ir a tomar algo y esta mañana me he despertado con que Alfonso me había mandado una canción por Whatsapp.

(La respuesta correcta ahora sería algo así como "ponte un pin").

Este tipo de gente tendría que pedir una cuota de socio por pertenecer a su club de fans. Se harían ricos.

Los que acaban pagando el pato son los pobres desdichados que piensan que ese excesivo y repentino afecto va a desembocar en algo más. Los que no se percatan de que son unos meros peones en esta necesidad enfermiza de atención y acaban convirtiéndose en chóferes, compañeros ideales de tarde de cine y un estupendo acompañante para subir una foto a Facebook. Punto.

Para este tipo de personas cualquier aspecto de su vida es la semilla para toda una trama de culebrón de sobremesa. Tanto las alegrías como las penas son exageradas. No hablemos de cómo trasladan eso a sus redes sociales: intensidad máxima. Y usan cada uno de estos aspectos tragicómicos de su existencia para acercarse a las personas. Si una persona a la que apenas conoces te cuenta su vida en verso puede que pasen dos cosas: que te preguntes qué hace ese zumbado abriendo su corazón ante ti o que sientas una extraña pero acogedora cercanía con esa persona que necesitaba una voz amiga. Los histriónicos juegan con la segunda baza. Créeme, lo hacen con maestría.

Anda con cuidado. Este trastorno lo padece el 3% de la población. Eso son muchos.

Crédito de la imagen: Stassie Eve