Qué les pasa a esas chicas que siempre hacen la 'estrella de mar' en la cama

Me declaro culpable. A veces soy una diosa del sexo y otras, una tierna y estática estrellita de mar. Seguramente muchas mujeres se reconozcan en esta frase y acaben de entrar en una crisis (sexual) existencial. El temita está “caliente” en los baños de discoteca y en esas cutres despedidas de soltera en barco. No hablamos de tener un rol sumiso en una relación BDSM sino del “me desnudo, me despatarro y ojalá se corra rapidito”. ¿Follamos porque queremos? ¿Lo hacemos sin ganas? ¿Nos dejamos follar? ¿Es esto una violación? ¿Una agresión sexual consentida? ¿Usamos nuestro cuerpo como una vagina en lata? Las dudas emergen y amenazan como un Pepito Grillo nuestro bienestar sexual.

Semejante preocupación tiene su réplica en los grupos de Whatsapp de tíos, siempre atentos a los asuntos “de mujeres” y preparados para deslumbrarnos con su todopoderosa sabiduría. Mostrando su característica sensibilidad, especialmente cuando los machos alfa se crecen en la manada, comentan el sospechoso estado vegetal del que hizo gala Roberta, la última chica que folló con Iván (alias el Christian Grey de Tobarra). Nadie cuestiona la supuesta potencia sexual o habilidad del protagonista, pero todos coinciden en que Roberta, con fama de “estrecha”, debe ser bautizada como La Muerta. Aunque el chiste sea malo que te cagas, se chocan las pollas (virtualmente) y continúan viviendo en su particular espejismo.

Estrella de mar 1

Hacer la estrella de mar parece que, en las relaciones heterosexuales, nos perturba a nosotras mientras que para ellos (y gran parte del imaginario social) se percibe como un motivo de mofa. Cuando las mujeres adoptamos un papel pasivo o tranquilo en la cama (sea por el motivo que sea), la sociedad parece que nos dice “prepárate para ser descartada como amante”. Es como si perdiéramos valor. Como si nuestro cuerpo y deseo se constituyeran como “capital erótico” para un tío.

La ideología machista ha definido tradicionalmente la sexualidad femenina entre dos estereotipos: las putas y las santas. A medida que la revolución sexual de los años 70 fue atravesando nuestras vidas y que la sexología moderna depuró sus sesgos misóginos (¡jódete Freud!), las mujeres hemos podido desmontar esa dicotomía. No somos un concepto. Somos humanas y por esa razón es imposible creernos Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer durante los 365 días del año. Por tiempo. Por ganas. Por salud. Por coyuntura.

Estrella de mar 2

No creo que comportarse como una “estrella de mar” en el sexo, como he leído por ahí, sea estrictamente “dejarse follar”. La expresión es bastante desagradable. Suena, como comentábamos antes, a una especie de violación consentida y frivoliza, por tanto, con ese gran problema que es todavía hoy la violencia sexual contra las mujeres.

Lo que pasa es que a veces follamos con más o menos ganas. Diferenciar entre motivación y consentimiento es fundamental para saber si estamos hablando de sexo o de violencia. A veces nuestra motivación es escasa porque, por ejemplo, tenemos sueño o acumulamos cansancio. Esa desidia ocurre en otras facetas de nuestra vida, ¿acaso no has salido de fiesta sin muchas ganas y te has apalancado en la barra sin pena ni gloria? Hay días que queremos disfrutar del sexo con nuestra pareja sin evidenciar nuestras cualidades como actriz porno, al igual que hay sábados que queremos salir con nuestros amigos sin convertirnos en la reina de la pista.

No es tan difícil de entender que a veces practicamos la estrella de mar por pura supervivencia: queremos uno rapidito y exento de posturas sexuales que desafíen la gravedad. Sin vino y sin rosas. Con el pijama a medio quitar y con el ruido de la lavadora de fondo. Un polvo cómodo y cotidiano. Vamos, de esos que nunca salen en las películas de Hollywood.

Estrella de mar 3

Sin embargo, no hay que confundir esto con la complacencia, esa gran mierda con las que nos tropezamos a menudo las mujeres. Algunas derrochan las competencias del susodicho animal marino para satisfacer las necesidades sexuales del hombre olvidando las suyas propias. Así, evitan decir que se sienten incómodas, su animadversión hacia tal postura sexual o que la penetración estilo ahoyador a máxima potencia no es precisamente lo que les provoca placer. Piensa en Amèlie Poulain, ¿no te horroriza su actitud ante el sexo? Para evitar tal drama existe un método infalible y gratuito: la comunicación.

Habrá quien diga que, en ocasiones, quienes provocan que nosotras hagamos la estrella de mar son ellos. No les quito razón. Van de galanes empotradores y expertos porque han visto más porno que clases sobre educación sexual recibido. Ese es el problema: creer que lo saben todo, tratarte como si fueras una fantasía sexual en lugar de una persona y exigirte posiciones sexuales como si tu cuerpo fuera de goma. En estos casos, convertirnos en estrellas de mar no salva de fracturas, contusiones y accidentes. Lo hacemos por el bien común, incluido el suyo: evitamos que hagan el ridículo creyendo que son Rocco Siffredi.