Cuando Lo Intentas Todo Pero Nada Te Hace Poder Olvidarle

Decía Ramón Gómez de la Serna, que ‘tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo’. Justo eso es lo que nos ha ocurrido a todos en algún momento de nuestra vida, y con más hincapié si cabe, tras una ruptura amorosa. Porque aunque digan que de amor nadie se muere, si que ahoga y aprieta nuestras entrañas, no acaba con nosotros pero sentimos en la piel esa misma sensación.

A veces, cuando ya hemos pasado por muchas de las fases de la ruptura, y sin embargo no hemos sido capaces de superarla por completo, nos preguntamos que nos está sucediendo en realidad, ¿por qué no he olvidado todavía? No importa si la ruptura fue una decisión en conjunto, o bien tomada de manera individual por una de las dos partes, la pregunta es la misma ¿por qué?

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Uno de los enfoques psicológicos que se plantean a esta cuestión es que el daño sentimental no va en consonancia ni en proporción a la duración de la relación en sí, sino al grado de enamoramiento hacia la otra persona, las experiencias vividas e incluso los recursos con los que uno cuente en ese momento. Pues no es lo mismo verse inmerso en un drama sentimental, careciendo de trabajo, amistad o familia, que encontrarse arropado por esos factores que, si bien no van a curar el dolor, ayudarán a paliarlo y a saber gestionarlo de una forma mucho más positiva.

Pero si aún queremos rizar más el rizo, podemos encontrar otras explicaciones que fundamenten los suspiros o lamentos que hacemos por aquellos a quienes no hemos olvidado.  Antoine Bechara, neurobiólogo con reconocimiento en las funciones cerebrales en toma de decisiones, afirma que estar solo después de una separación o bien intentar tapar todo con una nueva pareja no evita que el cerebro siga enviando recuerdos. Esto se debe a que tenemos dos estructuras en el lóbulo temporal: el hipocampo por donde pasa a la memoria declarativa, es decir, la que nos permite recordar cosas como colores, el día que es o el rostro de un animal. Y por otro lado la amígdala que contiene la memoria emocional. Esta es la que envía el contexto emocional al hipocampo, y hace que se incorpore en nuestra memoria. Asimismo, es la que consigue que tengamos descargas emocionales involuntarias y que, por consiguiente, seamos capaces de recordar, aunque no queramos, a esa persona que instauró esos recuerdos.

Dejando a un lado estas hipótesis que traten de explicar por qué no somos capaces de olvidar a alguien, centrémonos en su antítesis, ¿por qué deberíamos seguir intentando olvidar? ¿Y si no conseguimos olvidar verdaderamente porque nuestro sitio es estar con esa persona? Dicen que uno siempre vuelve al lugar donde fue feliz, donde halló el hogar y donde puede sentirse uno mismo, sin prejuicios ni máscaras tras las que ocultarse. A veces, luchar contra natura no es más que un error que cometemos en nombre de nuestra dignidad, una forma de expresar nuestra supremacía frente a los sentimientos más puros y sinceros.

Quizás, si después de un tiempo por menor o mayor que sea, nuestro amor y devoción por esa persona, es tan sana y tan real, deberíamos confiar en nuestro instinto. Aunque nuestro lado mas racional nos empuje a cortar de raíz con todo aquello que no controlamos, que nos afecta negativamente y que nos puede causar dolor, es muy posible que el verdadero motivo por el cual intentamos borrar a esa persona de nuestra mente y el fracaso de tal intento sea que verdaderamente no debemos ni queremos hacerlo, porque como decía el poeta francés Jean de la Fontaine: "A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo".

 Crédito de la imagen: Theo Gosselin