Ojalá me rompan mil veces más el corazón

Dice el cliché que solo cuando te aprendas a querer a ti mismo podrás querer a otra persona. Por desgracia para los que odiamos las frases inspiradoras susceptibles de acabar en un muro de Facebook, algo de razón tiene. Las relaciones sacan lo mejor y lo peor de ti. Con ellas puedes conocer tu versión más feliz, pero también tu yo más oscuro. El que hace y dice cosas que en los demás juzgaría. No solo se trata de descubrir que tenemos más de una cara, sino de aceptarlo y no sentirnos culpables por ello. Esa es una de las grandes lecciones que aprendemos al madurar.

No tenemos ningún estudio empírico que lo demuestre, pero el 99,9% de las rupturas conllevan dolor. Y con un poco de suerte, instrospección. La dependencia suele ser la palabra clave que define muchas primeras relaciones. Te conviertes en una unidad doble, indisoluble, vas en pack. Para cuando el paquete se rompe, la lección para muchos está bastante clara: podré perder a mil parejas más, pero nunca me volveré a perder a mí mismo, esté con quien esté.

Uno ya puede pensar que tras haber aprendido esta valiosísima lección, todo va a salir bien. Repite conmigo. Todo va a salir bien. Si lo haces tres veces más, igual hasta se hace realidad. Spoiler: la vida no funciona así. La vas a cagar hasta el infinito. Vamos a lanzar algunos conceptos al aire, a ver a quién le suenan:

- Sentirse inseguro y culpar a la pareja por ello.

- Poner cuernos porque no te atreves a cortar una relación por miedo a la soledad.

- Perdonar cuernos porque no te atreves a cortar una relación por miedo a la soledad.

- Cortar, volver, cortar, volver... y así hasta que se llene un din-a4.

- Broncas, broncas y más broncas.

- Broncas, broncas y más broncas versión “no quiero que vuelvas a hablar con tus ex”.

- ¿Vas a salir con tus amigos y me vas a dejar aquí en casa?

- ...

Todos hemos caído. Todos hemos perdonado, aguantado o hecho alguna de estas cosas. Y cada una de ellas han propiciado rupturas extremadamente dolorosas, de las que no sabemos ni lo que queremos. De las que no puedes discernir si estás triste porque echas de menos a la otra persona, o estás triste porque no sabes por qué narices no puedes hacer las cosas bien. Por qué te equivocas sin parar. Por qué te sientes en una especie de bucle tóxico del que no sabes salir. Por qué no estás bien solo, pero tampoco con pareja.

Pues bien, todas las frases que acabas de leer se pueden resumir con una sola palabra: autoestima. Sabrás que algo ha cambiado en ti cuando, por ejemplo, una ruptura no se convierta en un puto drama. Da igual si dejas o te dejan, porque ya le has perdido el miedo a estar solo. Y te da igual si la otra persona se ha portado mal contigo, porque a los que no nos valoran no les queremos en nuestra vida.

Podemos decirlo en voz alta y no nos duele, porque rechazar ese tipo de comportamientos nos hace sentirnos fuertes, felices. Nos hace venirnos arriba. Decir que no sin sentirnos culpables, saber lo que queremos y lo que no, no conformarnos, no esperar que las cosas cambien, aceptar la situación de manera positiva. Cosas que antes pensábamos, pero que en realidad no llevábamos a la práctica.

Y es entonces cuando llegas a ese punto en el que cuando piensas en cómo has trabajado en ti mismo, en tu carácter, en lo mucho que te quieres a ti mismo, piensas... joder, pues si ahora soy así gracias a lo que he aprendido en cada una de mis rupturas, que vengan mil más para hacerme aún más fuerte.