Una maestra del tantra nos enseña todos los secretos de esta práctica milenaria

¿Una práctica sexual?, ¿una técnica para hacer el amor durante horas sin descansar?, ¿un ritual pornográfico? Resulta difícil decir exactamente qué es el Tantra pero, si algo está claro, es que no se ajusta a ninguno de estas tres opciones. Al menos, no únicamente. Maite Domènech, maestra de este método desde hace más de 17 años, aporta esta clara, aunque abstracta, definición: “se trata de un conjunto de herramientas para llegar al ser y a la quietud, para desconectar de esta máquina imparable a la que llamamos mente. Es un método para llegar a la paz”.

Explicar con unas cuantas palabras lo que supone el Tantra resulta casi imposible, precisamente porque su objetivo es hacernos llegar al placer de los sentidos, no sólo al mejor sexo. Por eso, conviene desterrar unos cuantos mitos y ampliar la definición, y completar los beneficios que se obtienen en el plano sexual con otros muchos que sólo se pueden hallar a través de esta práctica milenaria. Y a eso vamos.

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Problema principal: para muchos, el Tantra es únicamente lo que les dijo Sting, “hacer el amor durante 8 horas cada noche”. O también es retroeyaculación, esa práctica de no llegar a eyacular, alargando el juego sexual y amoroso hasta límites insospechados. Pero no es únicamente eso (que también). Este arte es una manera de llegar al éxtasis a través de la desconexión mental y la comunión con el cuerpo. “Es sólo sensación, sólo sentimiento. Nuestra sociedad nos educa para que la mente esté por delante, para que todo sea racionalizado, analizado, juzgado. Y olvidamos que la mente no está programada para sentir, por lo que nos perdemos mucho de lo que nos rodea”, explica Maite.

Ella se empeña en que sus alumnos aprendan a desconectar su cerebro para fundirse plenamente con su cuerpo, con sus sentidos. Porque eso es el Tantra, una técnica que, valiéndose de la energía vital (que también puede llamarse energía sexual, porque toda la vida parte de los genitales), nos ayuda a entrar en ese campo de éxtasis, apagando la máquina racional y dejándonos guiar únicamente por las sensaciones.

Por eso precisamente, porque el Tantra se vale de la energía vital o sexual para reprogramar nuestra forma de actuar, la mayoría lo vincula únicamente a las prácticas sexuales más o menos singulares. “La sociedad nos ha enseñado que el sexo es únicamente fricción: dos cuerpos, dos aparatos frotándose, el uno penetrando al otro con el único objetivo de llegar al orgasmo”, comenta. Se trata de "entender el sexo como una comunión con otra persona o con uno mismo. Si normalmente la pareja llega al sexo con la cabeza bullendo de ideas y preocupaciones, los amantes tántricos entienden su práctica como un proceso en el que se juegan, se sienten, se respiran, y llevan a cabo un acto desgenitalizado que los conduce a la unión sentida”.

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Tranquilo, lo de las relaciones prologadas durante horas y lo de la retroeyaculación no son leyendas. Las personas que lo dominan logran estas proezas dignas de Hollywood, puesto que el dominio del propio cuerpo puede hacer que uno tenga un control tan impresionante sobre sí mismo que le permita jugar con sus procesos y niveles de excitación. “¿Qué le sucede al eyaculador precoz? Que se tensiona tanto que su energía, en forma de semen, sale precipitadamente. El Tantra avanzado es justo lo contrario: la relajación es tal que uno puede llegar a decidir quedarse con su energía genital para sí, sin expulsarla de su cuerpo, retroeyaculando”, asegura Maite.

O puede también hacer el amor durante horas y horas, aunque entendiendo que el sexo no es sólo penetración (que nadie piense que es posible estar ocho horas seguidas únicamente dedicándose a ello). Pero eso queda reservado para auténticos expertos.

No obstante, hay muchos otros planos de este mundo que se alejan de lo sexual, porque, como asegura Aleida, alumna de Maite, “el Tantra es una manera de entender la vida”. Existen cuatro llaves fundamentales: la respiración, el sonido, la presencia de uno mismo y el movimiento espontáneo. La combinación de todas ellas reconfigura la forma de actuar. Aleida tiene 30 años y practica el Tantra desde hace dos, junto con su novio: “con estas prácticas se trabaja la sensibilidad, la calma, el autocontrol; entiendes y percibes todo lo que te rodea de otro modo, más profundo y natural, y eso afecta a todos los planos de tu vida”. ¿Cómo? Según Aleida, el cambio de relación con uno mismo, ese mayor grado de autoconocimiento, permite que también cambie la relación con los demás, desterrando prejuicios e inseguridades.

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Ahora, cabe preguntarse: ¿todo el mundo puede aprenderlo? La respuesta, categórica en palabras de Maite Domènech: “Claro que sí. El Tantra es pura experimentación, y todo el que quiera reconectar su circuitos y dejar de caer en la idolatría a la mente y a la racionalidad, puede iniciarse en este método de búsqueda del éxtasis”. Conviene, por supuesto, dejar atrás el pudor. Las clases de Tantra son prácticas, basadas en masajes o en otros ejercicios como sentarse frente a tu pareja para observaros mutuamente, en silencio, durante minutos, atendiendo sólo a las sensaciones que tener su vista fijada en ti te provocan. O pintar sobre su cuerpo desnudo con tizas de colores. O mecerla como a un bebé dentro de una piscina. Tacto, olfato, gusto, vista y oído. Todos los al servicio de lo que el cuerpo quiera regalarnos, llegando a un estado de ‘no-mente’, una situación de desconexión mental, que nos haga llegar al éxtasis.