Si Lloras Porque Te Han Dejado, Eres Un Tío Auténtico, No Un Mierdas

Los árboles producen savia, los ríos forman cataratas y tú, como ser humano, lloras, y más aún cuando la vida ha sido muy puta contigo: te ha disparado en un ojo, te ha dejado seco y, tras mear sobre tu cadáver, monta una fiesta sobre tu cuerpo inerte, apestando todavía a amoniaco. Lo de que "no eres el primero ni serás el último al que han dejado" y "la vida sigue" son los principales cartuchos de las metralletas de tus allegados. No. Basta de tópicos basura. Porque quizá no sepan que algunas rupturas son verdaderas pesadillas y suponen el grado máximo de putada contemplado en el diccionario de la vida.

Llorar no es una actividad reservada solo a los niños. Ellos lloran porque se raspan las rodillas o porque se les rompe un juguete; tú, que has recibido un Requiem prematuro, que sientes que tu alma ha sido desgarrada, debes llorar consecuentemente. Llorar sin reparar en el “qué dirán”. Lloras por la frustración, la crueldad, la soledad y la resignación.

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Cuando alguien decide salir de tu vida voluntariamente, el resultado da una vuelta de tuerca al luto convencional. Se trata de un luto cruel, reiterativo e interminable, en el que ambos sujetos comparten el mismo cosmos, pero cada uno orbita alrededor de su propio planeta, uno con más velocidad que el otro. Ante ello, sí, no te queda otra que llorar desconsolada y torpemente, sin saber exactamente cómo hacerlo.

“Pasa página”, te dicen sin darte mayor importancia. “Sí, pero, antes, ¿me dejas deshidratarme tranquilamente? Es lo único que quiero, porque es lo único que me sale. Demasiado que no me he ahogado en mí mismo”, respondes. Sentirse vacío no se cura con medicinas baratas, se sufre de una manera indescriptible, se vuelve a sufrir y, cuando puedes levantar la mirada sin abrasarte con la realidad, sufres un poco más. Después, que pase lo que tenga que pasar. Pero de llorar no te libra ni el tato, más bien es el hecho en sí de llorar lo que te libera.

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Llorar por una persona no es sinónimo de ser un niñato, un mierdecilla, o un quejica. Llorar es sinónimo de tristeza y nadie debe juzgarte por ello. ¿Acaso tú quieres sentir ese saco de yunques sobre tu espalda? Estarías más cómodo pasando del asunto, ajeno al mundo que te ha hecho tremendamente infeliz. Pero no. Estás triste y lloras porque te sale de dentro, del corazón, del cerebro y de los santísimos cojones. No hay forma de sentir lo contrario, no existe ciencia ni poesía capaz de poner puertas donde tú solo encuentras paredes. Ya habrá tiempo, pero todavía no.

A veces, la persona causante (que no culpable) se deja ver física o virtualmente. Y te das cuenta de que ya avanza hacia un futuro del que tú no formarás parte. ¿Qué hacer ante esto? Paso 1: llorar por dentro. Paso 2: estallar por fuera. Al hacerlo, no solo te cagas en el concepto de 'macho' que sigue pululando en la sociedad, sino que constatas una obviedad inherente a la especie humana: si sus integrantes se ríen con los chistes de Chandler Bing y se cabrean cuando un torero asesina a un toro, les debería parecer lógico que una persona llore cuando se está muriendo por dentro. Pero la lógica, por desgracia, es relativa.