Cuando llegas al punto en que te molesta hasta que respire

A veces, aunque sea duro admitirlo, todo cambia. A veces las bromas dejan de ser graciosas y todo aquello que durante meses o años fue el sustento emocional de tu relación de pareja, se desmorona. De repente la vida cambia. Cambia él, cambias tú, cambia ella. Nada es lo mismo.

Y te molesta todo. Porque una de las características más comunes de los finales de relación es que a uno le molesta todo. Esa manera de dejarte decidir a ti los planes ahora te parece una falta de decisión insoportable digna de un meapilas inaguantable.

Aquel modo de despistarse, tan gracioso al principio, ¿te acuerdas?, ahora es la gota que colma todos los vasos, una falta de atención, solo puede ser inmadurez y pasotismo. Como esa manía esquizofrénica de chupar con la lengua la tapa del yogur o echarle azúcar al Cola Cao. Una tortura. El caos.

Puede sonar ridículo. Suenan a ejemplos ridículos pero lo cierto es que acompañando al desenamoramiento muchas veces vienen estos sentimientos, la irracionalidad que no te atreves a confesar ni a tu mejor amigo porque sabes que es eso, irracionalidad. Y tampoco quieres sonar ridículo. Y, además, como prácticamente siempre, no sos vos, soy yo.

Porque sí, eres tú. Claro que eres tú. A menudo no te aguantas a ti mismo o no aguantas tu incapacidad para decirle que ya está, que se acabó, que lo vuestro no va ningún lado. No eres capaz. Por equis razones. Porque vas a ser el malo, siempre tú. Porque a veces aún merece la pena. Incluso porque crees que lo quieres. Crees que quieres a un ser que despierta la vecino del quinto con el ruido que hace cuando toma cereales por la mañana. Pero, lo crees. Quizá aún lo quieras. A tu manera.

A una manera que sin embargo, él no se merece y ella no ha buscado. Porque toda esa irascibilidad es la expresión de tu malestar interno, la rabieta de un león frustrado que se gira y muerde.

Pero es también una pendiente resbaladiza. Porque llega un momento en que ya no solo lo sientes, sino que empiezas a manifestarlo. Primero resoplas, luego te levantas, quizá maldices en voz baja. Y al final lo sueltas. ¿Pero cómo puedes hacer eso? ¿Pero no te das cuenta? ¡Pero es que siempre igual!. Pero, pero, pero.

Sin embargo, quien no se da cuenta eres tú. No te estás dando cuenta de que eres quien debe decir que basta; que faltar al respeto, que ridiculizar el comportamiento del otro, no es de recibo. Porque además, la mayoría de las veces, no es verdad. Y aunque lo fuera, hubo un momento en el que no te importó, en que formaba parte de las risas y las bromas. Respétate aquella elección. Respétalo a él, a ella. Y si se acaba, se acaba. La vida sigue y el respeto no debe irse nunca. Además, admítelo, también tú haces ruidos cuando masticas cereales.

Crédito de la imagen: Anne Puhlmann