Por Qué Lo Llamamos Sexo Cuando Queremos Decir Amor

Hace no tanto tiempo, el sexo era un tema prohibido. “S-E-X-O” podías ver escrito en internet con tal de que no te censurasen. Los chistes verdes estaban de moda. Ahora en cualquier conversación se escucha tranquilamente hablar de todo, con pelos (o sin ellos) y señales. Incluso las parejas comentan la última postura que practicaron anoche. De hecho, los sexólogos recomiendan hablar de sexo con naturalidad. Las parejas tienen que conocerse, dicen. Saber lo que le gusta a cada uno hacer y que le hagan. Pero de lo que nadie habla es de amor.

Antes –menos de lo que se cree– había que esperar al matrimonio para mantener relaciones sexuales. Freud lo llamó sublimación. Había que enmascarar un deseo animal, disfrazarlo de algo bonito. Pero parece ser que andaba un poco equivocado. Ahora podemos estar seis meses follando con la misma persona, habernos pasado el Kamasutra como si fuese un videojuego y tener nuestro propio libro de posturas sexuales. Pero ojo, eso no quiere decir nada.

por qué lo llamamos amor cuando queremos decir sexo

Sin embargo, cada mañana te levantas pensando en él o en ella, a ver si te ha mandado un whatsapp. Quieres que el tiempo pase hasta que volváis a estar juntos. Quieres disfrutar de compartir tu intimidad con esa persona. “¿Sois novios?”, pregunta un desaprensivo. “No, no, no tenemos ningún tipo de compromiso. No queremos atarnos. Somos follamigos”.

O amigovios, o amigos con derecho a roce, o cualquier otro concepto que seamos capaces de inventar para huir de la seriedad y del compromiso. Porque es verdad que decir 'amantes' ya nos suena raro. Pero el caso es que evitamos a toda costa tener que afrontar un problema grave: el amor y lo que conlleva –si es que conlleva algo–.

Vale que hablar de matrimonio suena anticuado, que puede que las cosas cambien y que la relación no dure para toda la vida. Nadie dice lo contrario. Pero, ¿por qué no asumir que no es simplemente sexo? ¿Por qué nos da miedo asumir que hay algo más? A menudo incluso son nuestros amigos quienes se dan cuenta: "Tía, te has pillado". "¿Estás que no cagas con ella, eh, chaval?". Pero nosotros no queremos reconocerlo. "¿Quedamos? Pero sin compromiso, ¿vale?".

En el fondo de lo que tenemos miedo es de las circunstancias. De lo que implica estar enamorado, de que nos rechacen, de que las cosas cambien y nos dejen. Tenemos miedo de que su nuevo trabajo impida que nos veamos. De que nos hagan daño, de pasarlo mal. Pero ya va siendo hora de admitirlo: eso es una parte del amor. Que tampoco es tan grave ¿eh? Pero parece que nos hemos acostumbrado a que la vida sea feliz y sencilla. Y a veces las cosas se complican. Y el amor y la vida en pareja, aunque son muy bonitas –por qué no decirlo– también son una putada.

La vida no es una película de Disney, eso está claro. Pero sorprende que ahora se parezca más a una película porno que a una comedia romántica, aunque las dos sean igual de falsas. Además, la edad lo complica todo: no es lo mismo andar quedando y desquedando a los 18 que a los 30. Cuanto más mayores, nos atrevemos menos a ilusionarnos y empezamos a darle más importancia a las cosas. La vida se hace más cuesta arriba, falta el trabajo y cuando lo tenemos estamos pendientes de un hilo. Así que, si la quieres, ¿por qué no se lo dices? ¿por qué no preguntar si la otra persona siente lo mismo? No nos compliquemos la vida más de lo que ya la tenemos. Como decía la canción… ¡Viva la vida y arriba el amor!

Crédito de la imagen: Maud Chalard