Me Lié Con Mi Jefe Y Fue Lo Peor Que He Hecho En Mi Vida

Acababa de empezar a trabajar en una empresa para compaginar mis últimas asignaturas de la carrera con una beca anual en lo quería que fuera mi profesión definitiva. Cuando te encuentras en un trabajo que te encanta, en el que estás aprendiendo mucho y sobre todo con gente que te cae bien, es muy fácil enamorarse primero de tu día a día. Cuando además tu jefe es joven, te trata mejor que ninguno que hayas tenido antes y tenéis cosas en común, lo fácil es que os llevéis bien e incluso le admires.

Por eso, después de casi 7 meses de convivencia, amando mi trabajo y acumulando historias con mi superior, tuvo que ser mi amiga la que un día me hizo darme cuenta de que efectivamente estaba pillada por mi jefe, después de haberme tenido que escuchar durante horas hablar de él como una colegiala. Y tenía razón. Cuando el chico con el que estaba saliendo me dejó (por razones que ahora no interesan), lloré durante el fin de semana y el lunes por la mañana ya estaba deseando llegar a la oficina…

¿Cómo empezó? Primero, mi jefe me pedía que fuera a su despacho para mandarme tareas, estos encuentros empezaron con la puerta abierta, pero cuanto más aumentaba el coqueteo más tiempo acababa la puerta cerrada. No porque hiciéramos lo impropio en la oficina, sino porque cada vez duraban más esas mini reuniones a solas en su despacho donde se hablaba de todo menos de trabajo.

Luego empecé a dedicarle cada vez más tiempo a ponerme guapa para ir a trabajar. Y él empezó a comentarlo cada vez más. Eso es como la pescadilla que se muerde la cola, cuanto más te diga lo guapa que estás, más guapa querrás ponerte para él.

Recuerdo que un día me empecé a agobiar, a plantearme si ese coqueteo estaba solo en mi cabeza y él sencillamente era simpático. Y me di cuenta de que había llegado al límite de la confianza. Aunque te lleves bien con él, es tu jefe, no tu amigo. Y sobre todo, no es un chico que conoces en un bar y al que puedes dejarle intuir que si liga contigo será algo mutuo. A tu jefe no deberías tirarle la caña por dos razones obvias: el bochorno que tendrás que tragarte de por vida si te rechaza y sobre todo, tu interés en conservar el trabajo con la cabeza bien alta, pase lo que pase. En mi caso, además, cada vez quedaba menos tiempo para que terminara mi contrato y aún no sabía qué iba a ser de mí en esa empresa ni si me iban a renovar.

No podía preguntarle qué había hecho el fin de semana (y averiguar si había ligado o no, o si se estaba tirando a alguna). De hecho, era inimaginable escribirle algún mensaje como cualquier otra persona haría con un compañero de trabajo normal, para irse a tomar algo. Así que sencillamente me tocaba aguantarme y ver hacia dónde iba eso o esperar a que se me pasara el cuelgue.

Pero la cosa iba a peor, él tenía detalles como invitarme a comer porque sí o regalarme cosas (¿que hablábamos de un libro durante la comida? Al día siguiente lo tenía en mi mesa). Detalles que a mí me hacían engancharme cada vez más a él y que me pareciese el hombre perfecto. Era listo, atractivo, gracioso y sobre todo le admiraba profesionalmente, que era el mayor afrodisíaco de todos. Lo que peor llevaba yo era no poder contárselo a mis compañeras de trabajo.

Y efectivamente, esperé y me dejé llevar demasiado. Me quedaban dos semanas de contrato y ya me habían informado que habían hecho todo lo posible pero que no había posibilidad de contratarme. Así que se abrió la veda. Yo tenía ganas de que se marcara un Hugh Grant en Bridget Jones y me diera un pico en las escaleras o un toquecito en el ascensor, ¡algo, por dios, algo!

Podríamos decir que él pegó un sprint final. Empezaron los mensajes nocturnos, primero de manera romántica mandándome canciones bonitas por las noches y acabó con mensajes eróticos sobre las ganas que tenía de dejar de ser mi jefe para que fuera a su casa. Por la mañana era muy difícil mirarse a la cara, así que estuve dos semanas sin ser productiva en el trabajo porque a él, imagino que se le hacía difícil llamarme a su despacho para pedirme una tarea después de esos mensajitos.

La verdadera tristeza por no poder seguir trabajando en un sitio que me encantaba se contraponía a la emoción que me producía poder (por fin) enrollarme con el chico que me gustaba. En mi mente se acababa algo bonito, pero se acercaba una historia de amor de película. Pero resultó que solo estaba en mi cabeza.

Yo me imaginaba que según saliera por la puerta tendría ya una cita concertada esa misma noche para cenar con él, pero tuvo que pasar una semana para vernos sin traje ni oficina de por medio, y el encuentro fue muy simple. Demasiado simple. La voz de alarma debió de sonarme en el momento en el que su propuesta era ir a su casa después de cenar.

Y me encontré con otro tipo de película, algo más parecida a esas que ponen en Antena 3 después de comer. Llegué a su casa, me empotró contra la pared y cuando yo ya me estaba diciendo a mi misma "que te quiten lo bailao" pese a no haber puesto las condiciones que me gustarían para el encuentro, el sujeto va y me informa de la existencia de su novia que además iba a venir a dormir esa noche. De repente me vi vistiéndome de madrugada y teniendo que ir a buscarme un taxi sola.

Ahí me di cuenta de que tenía idealizada emocionalmente a una persona por el hecho de admirarle profesionalmente. Él había calentado el motor con una chica de prácticas a su cargo para poder hacer lo que quisiera sin remordimientos luego y tener a otras contratadas más tarde. No caí que tanto en Mad Men como en Bridget Jones, las historias con los jefes acaban mal, así que muchas veces, es mejor poner los pies en el suelo y no desear una historia de película.