Lo jodió todo hablando de amor cuando ambos queríamos solo sexo

Hay hombres que son como contratos de móvil, prometen mucho pero enseguida te dejan sin datos y acabas pagando de más. Ya sabes, ese tipo de picapedrero que se pasa un mes taladrándote y cuando ya ha hecho el agujero, te dice que lo deja ahí y ya vendrá a cerrarlo, que hay otras calles que asfaltar y etcétera. Por suerte, no he conocido a muchos tíos como ese, no cuando era joven y lista; ahora que soy algo más vieja y estúpida no paro de encontrarme con esos mochileros de la vida. Debe ser que cuando llegas a los treinta tienes pinta de hostel, digo yo.

Conocí a S a través de unos amigos. Nos habíamos visto ya en un par de saraos y era un tío agradable, culto y un poco plasta, un ‘ni fu ni fa’. Trabajaba como guionista de cómics y su tema favorito de conversación era su curro y todo lo que girase en torno a su persona. A mí no me ponía, pero tampoco me daba un asco terrible. Había salido de una relación bastante tóxica y todavía estaba buscando mi zen en lugares húmedos, fríos, no demasiado cómodos de mí misma. Pero empezaba a entornar la puerta a ver quién se asomaba. Y S se escurrió dentro.

La culpa fue del gelocatil

Nuestra primera cita fue en una tetería llena de niños, sus padres y tazas con dibujos de gatitos. No fumaba, no bebía, ¿no follaba? (eso se me pasó por la cabeza). Procedió a darme una chapa de hora y media sobre las relaciones de pareja, en términos filosóficos, amiguis. Y aquí me metió un Platón y allá un Alain de Botton, mientras nos comíamos un pastel a medias. Cuando conseguí escapar del consultorio de Marta Stewart, ya me había hecho a la idea de que un hombre que come galletas y habla de amor en una primera cita espera algo serio. Pero, ¿qué quería yo?

Volvimos a vernos un par de veces más. Una exposición de pintura, otra tetería infame… Hasta que una noche acabamos en la cama. Y fue, debo decirlo, un sexo estupendo. Y entre polvo y polvo, largas charlas; si bien es cierto, no tan plastas. ¿O serían las endorfinas?

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Siempre inventaba lugares ‘freak’ para vernos, me regalaba libros, el sexo seguía siendo bueno e incluso me desenredaba luego el pelo. Una vez se marchó de viaje llevando un colgante que yo había olvidado en su casa para que le diera suerte. En realidad lo llamó ‘trofeo de guerra’, lo cual daba bastante asquete, pero ahí cada uno con su romanticismo. Cuando ya había abierto la puerta, aún con reservas, de repente se dio cuenta de que ya no le apetecía tanto entrar. Es decir, si una persona pilla un gripazo monumental y tú te ofreces a ir a la farmacia en ayuda humanitaria, ¿puede él entender que en realidad vas a por algo efervescente, como un anillo?

Y entonces comprendí lo que pasaba, porque S imponía el cuándo, el dónde y el cómo, como si escribiera un mal guión sobre la historia de un plasta que envía flores con tarjetas equivocadas y luego echa la culpa a las chicas que las reciben.

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Y más o menos así me lo dijo en la charla más breve que tuvimos. Fue en una tetería, vaya sorpresa…: S había pasado doce años ‘encarcelado’ en una relación de pareja y ahora quería vivir la vida. Tenía el sueño de triunfar en Los Angeles y escribir guiones para Hollywood y pensaba que yo, con innumerables desastres amorosos a mis espaldas y un oficio, presumió, que me dejaba poco tiempo para jugar a las familias y llamar ‘suegri’ a su madre, buscaba lo mismo.

“Somos dos personas adultas y follamos muy bien juntos porque hemos tenido relaciones largas. No hay por qué complicarse,… Tú a tu Tinder, yo al mío y entre tanto, hacemos ‘cosas’. Pero si te va a doler…”, me dijo el plasta. Dejando a parte que cuanto más tiempo pasas en pareja, menos follas, su tardía honestidad no me dolió en absoluto. Jamás había estado enamorada de él. Pero tanto rollo para pegar cuatro polvos… La de tés que nos podríamos haber ahorrado, sinceramente.

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Me fui deshojando margaritas y dejé al capullo en la mesa. Pero aprendí varias cosas útiles de aquella experiencia:

1. Que hay muchos tíos que cuando hablan de amor quieren decir sexo. Como todavía nadie ha inventado polígrafos portátiles para llevar en el bolso, hay que escuchar a Srta. Intuición, que es una agua-fiestas pero nos quiere.

2. Si un plasta empieza ya imponiéndote cómo y cuándo, acabarás olvidando quién eres. Y si alguien tiene que levantarte los pies del suelo, que sea para hacer la postura del ascensor.

3. Y más importante… Huye de las putas teterías y los abstemios que creen que eres una guarra por beber a morro la cerveza.

Palabrita de la Niña Dios.