Me gusta comer pollas y no me avergüenzo de ello

Practicar sexo oral a un chico no es un secreto inconfesable. Así que, pasándome por el coño cualquier tipo de comentario rancio que pueda señalarme como “guarra” o “puta”, admito lo siguiente: me gusta comer pollas. Lo digo con naturalidad porque hablar de sexo abiertamente, lejos de ser un tabú, denota una vida sexual consciente, sana, autónoma y placentera. Aquí follamos todos. O al menos, cuando se puede.

Con las pollas vivo una situación muy parecida. ¿Por qué debería avergonzarme al escribirlo? Mamo cuando se puede o lo que es lo mismo, cuando además de apetecerme tengo delante una polla que no huele a axila sudada ni a pepinillos en vinagre. Para ser sincera, algunos chicos tienen una higiene corporal más corta que el cerebro de Paquirrín. Así, rara vez, más allá de echarse agua en sus genitales, han optado por frotar. Estos quedan descartados. Es tan desagradable y anti-morbo que, en lugar de “erectarme” los pezones, hacen que estos se vuelvan hacia dentro, como tratando de huir.

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Pero hablemos de pollas en clave positiva. Carnosas, animadas, juguetonas, llenas de humedad, cargadas de placer, de tamaño medio (esto es muy agradecido dado que soy de paladar estrecho), con vello o sin él y deseosas de tocar mi boca. Me interesan las pollas de hombres interesantes. Por tanto, los ‘hombresgamba’, esos de los que muchas mujeres se comen el cuerpo y dejan la cabeza (porque está vacía), en mi caso, quedan descartados.

Un hombre inteligente sabe cómo usar su polla y nunca hará que me sienta obligada o forzada a practicarle sexo oral. Y eso, me pone, me lubrica y hace que comience a jugar con caricias, apretando su paquete o rozando con la pelvis su entrepierna. Bajar sus pantalones es una cuestión de ritmo. Lo marca su respiración. Es imposible no disfrutar al llevar el control de ese momento. Una vez que ya no sobra la ropa, escupo y acaricio. Escupir es importante. Si evitas lubricar el pene, él sentirá que tu mano tiene el tacto de un estropajo. Y eso, como puedes imaginar, no es nada sexy ni agradable.

Entonces, cuando su humedad y la lubricación se intercambian, centro la atención de mi lengua en el tronco. Nada de meter la polla en la boca de golpe. Hablamos de hacerlo bien, no de engullir penes como si fueran patatas fritas. Deslizo mi lengua a un ritmo uniforme. Agarro sus testículos. Le miro. A veces, me pongo en modo multitarea y me masturbo. No puedo parar de mirarle a los ojos, como una provocación, como queriendo decir: “Lo sabes. Tengo el poder y voy a hacer que te corras”.

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Noto su excitación y crece en mí. El deseo trascurre y yo me incendio si me coge del pelo o suavemente de la cabeza. Comer pollas requiere de cooperación, ¿sabías? Adoro ese momento en el que él me ayuda a descubrir qué ritmo necesita, con ternura y pasión, con fuerza y deseo. Y es que, comer pollas requiere de técnica, pero también de comunicación.

Cada chico tiene una sensibilidad y una erótica distinta. Lo único que tienen todos en común (y lo digo por mi larga experiencia) es el pánico a que en plena mamada le claves los dientes. Eso les preocupa en exceso, más que el hecho de que sin querer queriendo, no controlen la propulsión y acaben corriéndose en tu ojo. El ridículo se puede superar mientras que el miedo a un intento de mutilación genital se instala en gónadas y huesos.

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Contemplarla descargar, la corrida, es brutal. O sentirla dentro de mi boca. Depende de la persona, la relación y el momento. Lo que sí puedo decir con claridad es que no hay cosa más desagradable cuando se corre un tío que escucharlo decir “me corro, me corro”, como si gritara “fuego, fuego”. Me gusta que me avisen y entonces yo decidir si quiero que se corra dentro, en mi cuerpo, sobre su torso o bañe mis bragas. Pero no olvidemos la sutileza, el erotismo. Hasta para correrse hay que ser elegante, hostia.