Cómo Gestionar Tu Próxima Crisis De Pareja Para Que No Termine En Ruptura

Una relación de pareja está en constante evolución, y la estabilidad que tanto buscamos y que en principio es necesaria porque nos permite centrarnos en nuestros estudios, carrera profesional o en formar una familia, puede hacer que uno se relaje al pensar que la relación ya está más que consolidada y deje de cuidarla. Otro punto importante que hará que la relación tenga éxito es la capacidad que tenga la pareja de adaptarse a los diferentes cambios que se van a producir. Y créeme que van a venir muchos.

Pero las crisis ocurren en todas las relaciones, pueden ser más o menos intensas, pero se dan porque es una forma de llamada de atención para volver a centrar parte de nuestras energías, ver en qué punto estamos y qué necesita para poder seguir adelante.

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Se dice que existe una 'crisis de los dos años' que normalmente es cuando acaba la fase de 'luna de miel' y desaparece la química del cerebro pasando del éxtasis de la novedad a la rutina. También se habla de la de 'los siete años', pero en realidad cada pareja es única, y esperar que se dé una crisis porque alguien lo dice, por muy experto que sea en el tema, se puede convertir en la profecía autocumplida.

Las crisis son llamadas de atención

Por eso hay que saber que se van a dar crisis, que es normal y que en el fondo pueden ser una gran oportunidad para ayudarnos a mejorar aquello que no nos gusta. Cómo las solucionamos es lo que va a hacer que nuestra relación dure más o menos tiempo. Para ello necesitamos aprender a discutir, debatir, llegar a acuerdos que beneficien a los dos. No es realista aspirar a tener una relación en la que no se discuta, ya que eso puede suponer que hay cosas que no nos decimos, que nos estamos guardando dentro y por algún día encuentran su sitio para explotar.

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Lo importante es cómo son esas tensiones o discusiones, o más bien, cómo las gestionamos. Porque una misma situación dos personas la pueden haber vivido de manera totalmente distinta, ya que el cerebro te hace totalmente subjetivo, sobre todo si hay emociones fuertes implicadas. Por eso, tras una discusión parece que no hayan estado en el mismo sitio ni hayan vivido lo mismo. Y se empeñan en que el otro lo vea a su manera, que reconozca que tienen razón o que su forma de haber entendido y vivido ese momento es mejor, más verdadera. Si partimos de la base de que todos distorsionamos la realidad, dejamos de malgastar energías en convencer al otro y nos centramos en buscar soluciones. Es como si habláramos idiomas diferentes e intentarámos convencer al otro que el nuestro es mejor en lugar de encontrar uno común con el que nos entendamos.

Esos eternos reproches

Otro problema es cuando las discusiones son eternas,  cuando dejamos de lado el motivo por el que no estábamos de acuerdo y nos ponemos a reprochar en modo ataque todo lo que se nos ocurre. Reprochar cosas del pasado lo único que hará es que entremos en un bucle en el que, sin darnos cuenta, ya solo hagamos daño porque estamos heridos, y entonces, ¿qué hacemos? contestamos atacando. Este punto es peligroso porque prácticamente ya no escuchamos lo que dice el otro, solamente pensamos en lo siguiente que vamos a decir nosotros.

¿Pero de dónde vienen?

Efectivamente, tienen un punto de salida. La primera es todo ese cúmulo de cosas que hemos ido escondiendo debajo de la alfombra. En lugar de limpiar bien, las metimos ahí dentro y de repente, al levantarla, nos asustamos viendo cómo de sucio está. Esa suciedad se traduce en discusiones destructivas que acaban con nuestra paciencia y con nuestras fuerzas. Y nos decimos: "va a ser mi vida siempre así? Pues no lo quiero".

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¿Cómo puedes aprender a discutir?

Sí, hay que discutir, pero discutir bien. Para empezar, si ves que estás muy enfadado y vas a ir a hacer daño, es bueno dar un paseo antes, o hacer otra actividad que te permita desconectar un poco y bajar el nivel de rabia o dolor. Es verdad que no siempre se puede, pero hay que saber reconocer cuándo estamos en un estado destructivo e intentar evitar decir las cosas desde ahí. Ya sabes que todo esto luego acaba en guerra.

Una vez notes que tu subidón ha bajado, ahí es cuando, desde la calma, es necesario decir todo aquello que te ha molestado. No lo guardes dentro, háblalo porque la comunicación es vital. Igual que lo es conocer el punto de vista de tu pareja. Puede que algo le haya sentado mal, puede que algún comentario tuyo que a ti te ha parecido sin importancia a esa persona le haya dolido. No tienes que juzgar, solo comprender, aceptar y decir que lo sientes.

Y no porque tenga razón o porque la tengas tú, sino simplemente, porque la quieres.