Cómo un Erasmus jodió mi relación

Nos queríamos. Éramos dos promesas y diez dedos que encajaban a la perfección hasta que, después de tres maravillosos años, apareció el Erasmus. Ese maldito Erasmus que tantas relaciones ha roto pero que pensaba, incrédula, que a la mía ni la rozaría. Pero no solo la rozó; la hizo pedazos. Todo fue muy rápido, y también muy lento. Eso que parecía invencible, rompió filas y al poco tiempo se atrincheró en una niebla que no dejaba ver nada excepto muchos silencios y la sospecha de que algo no iba bien. 

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A pesar de sentirme como una espectadora de la tormenta que se avecinaba, confiaba en él. Y lo hacía porque me decía a mí misma que no me traicionaría, que la distancia no nos haría daño. Y me aferraba siempre a la idea de ser comprensiva y tolerante con él porque era su momento, su experiencia. Repasaba una y otra vez el plan. Era fácil, un camino de ida y vuelta en el que en un principio no había muros, no había silencios, no había frialdad. Pero todo se iba a la mierda y mientras el vaso estaba medio lleno de vacío, yo me moría de sed. Me sentía como un astronauta en Saturno diciéndole adiós a la tierra desde mis pequeñitas y destrozadas expectativas.

Me enfadé conmigo misma por pensar que siempre creí en 'nunca' y , en cambio, 'nunca' me puso los cuernos. Así que era verdad, tuve que ver una foto de ellos mientras ponía cara de idiota y lloraba como una gilipollas. No daba crédito, el mayor WTF de mi vidaPorque la mentira duele, pero el silencio te deja en estado de shock. Y es que no me dio ninguna explicación, tuvo los santos cojones de engañarme y además fingir durante más de tres meses en una relación a tres. Dejó que me lo imaginase todo (sabiendo que tengo mucha imaginación) y eso fue un golpe muy bajo. Después volvió para seguir con su vida sin mí. Como si no me conociera de nada.

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Entonces empecé a odiar muy fuerte al Erasmus, a la libertad que le di aplastada y maltratada, a sus promesas que ya no valían nada, a los 'te quiero', a las cartas que me escribía llenas de falsa esperanza diciéndome lo mucho que me echaba de menos y las ganas que tenía de volver, a mis planes tirados a la basura. Odié porque estaba rota, porque no sabía cómo gestionar esto mientras él se tomaba la libertad de enfadarse cuando yo salía una noche porque justo esa noche era la que quería hacer un Skype, pero el resto de noches del mundo él no podía porque siempre tenía algo que hacer.

Confié en él como lo hicieron las tropas de Caster, tanto le quería que incluso tenía la esperanza de que avergonzado volviera a mí para que le perdonase por querer vivir una experiencia sin mí, no contra mí. Qué ilusa fui, me daban ganas de vomitar (le).

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Cuando tienes roto el corazón ni el tiempo, ni el karma, ni los polvos de una noche, ni los abrazos de una madre son suficientes para callar ese dolor; pero fueron la clave para dejarle atrás (y chocolate, mucho chocolate). Para consolarme pensando que no era para mí porque yo me merezco algo mejor y él no se merecía alguien tan buena como yo.

Pienso en la idílica imagen que todo el mundo tiene del Erasmus. Países nuevos, amigos nuevos, experiencias diferentes, fiestas interminables... pero, ¿y todos los corazones rotos que se deja por el camino? Esos que nos quedamos atrás en el aburrido mundo paralelo del que vienen, que no hablamos un idioma exótico y a los que nos prometieron amor eterno para pisotearlo después sin ningún miramiento.

Crédito de las fotos: Eduardo Acierno