Me Encontré Con Tu Recuerdo, Pero No Dolió

Hay cosas que uno cree que no va a superar nunca, espinas que uno está seguro de que dolerán siempre, que de un modo u otro siempre van a estar ahí. Para algunos es el primer amor, o mejor dicho, el primer desamor. Para otros es una locura veraniega que nació y murió en una playa mediterránea a mediados de agosto de aquel año. Son heridas que sangran. Heridas que tardan en cicatrizar, que uno siente que lo cambian de un modo en el que nada antes lo hizo, en el que probablemente nada lo hará.

Con algunas historias uno siente que dejó de ser él mismo para precisamente ser más él mismo que nunca. Y de eso, claro, cuesta salir. Porque muchas de esas montañas rusas, de esos momentos de felicidad terrenal máxima, se acaban. Y uno sufre. Sufre, si tiene suerte, porque cuesta aceptar que hay factores –la distancia, el futuro, la rutina…– más grandes que uno. Y si no la tiene, porque el engaño, la traición o el desdén son demasiado punzantes.

El caso es que no es difícil sentirse encerrado, viviendo en bucle de desánimo y apatía retroalimentado por el anhelo y el recuerdo. Porque podía haber sido de otra manera, porque no va a haber nada igual. Tus amigos te dicen que saldrás de eso, que el tiempo lo curará. Tú acabas asintiendo, pobres, pero en el fondo sabes que no. Sabes que él te cambió, que ella te llevó a un lugar del que nunca querrías haber regresado. Y sin embargo estás ahí, solo, sin aliento, sin presente, hundido.

Pero a veces, algo pasa. A veces, después de meses, quizá años, sintiéndose colgados de la misma rama, adictos a los mismos recuerdos, de repente algo cambia. Y no sabemos cuándo ni cómo ni por qué. No es un proceso consciente, pero a veces, después de un tiempo, el recuerdo comienza a ser más borroso y cuando un sábado de abril haces limpieza en el armario para sacar la ropa de verano, de repente aparece aquella foto en la playa, aquel libro dedicado, esa camiseta que le sentaba tan bien y que aún no recuerdas cómo pudo terminar en el fondo de tu armario.

Al principio temes que todo vuelva a empezar. ¿Por qué ahora, justo ahora, que parecía que estabas bien? ¿Por qué? Temes comenzar a deslizarte por esa pendiente en la que tantas veces has caído. Como cuando la etiquetaron en la foto de Facebook, como cuando te felicitó por tu cumpleaños pese a haberle pedido mil veces que jamás lo hiciera.

Tienes miedo de volver a estar ahí, solo, débil. Pero, de repente, no estás. No, no estás. De repente te ves a ti y a él, a ella, como parte de una historia intensa, bonita y… lejana. De repente el pasado es una película que no te duele más. Ya no. Te hace sonreír, sí. Piensas que mereció la pena, vaya si mereció la pena, pero ya no es tuyo, el dolor no forma parte de ti.

Y probablemente no lo haga porque tú ya no eres el de esa historia. Porque tú has cambiado, porque has vivido, y probablemente amado, de una manera que sí puede ser tan bonita como aquella. Sobre todo porque es más real que aquella. Es la realidad. Aquel recuerdo forma parte de ti pero no es tú. Tú eres el hoy. Tu vida es la de hoy. Y las fotos antiguas son eso, fotos antiguas. Ojalá le vaya bonito.