Todo lo que despertó en mí cuando descubrí el sexo con otra mujer

Igual que tomarte un café por la tarde, un polvo puede mutar de lo banal a lo poético en cuestión de segundos. Todo depende de cuándo y, sobre todo, con quién. Mi primera experiencia sexual con otra mujer, que podría haber quedado en anécdota de Erasmus para recordar jugando al ‘yo nunca’, resultó ser una de las más inesperadas, intensas y significativas de mi vida.

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Después de unas copas tontas en la residencia universitaria, una chica con la que tenía muy buen rollo desde hacía unas semanas me acompañó a mi habitación a echar un último piti. Hablábamos de tonterías tumbadas en la cama como muchas otras veces, y de repente, tras apagar la colilla, me clavó los ojos y el ambiente se densificó. Ambas nos habíamos catalogado como heteros hasta entonces, así que lo primero que pensé es que me estaba vacilando. Pero no. Iba a besarme.

Desnudando mi mente

Los segundos que ella tardó en acercar su cara a la mía, milímetro a milímetro, fue como recorrer el pasillo que separaba a la idea morbosa de la realidad, a los prejuicios de las ganas de experimentar. Recorrimos esa distancia en lo que parecieron cien años con el vello tan erizado como el pensamiento. Esos segundos separaban mi yo de antes y después de ese dulce, tímido e intenso beso al que tantos le seguirían.

sexo mujer

Sentí de repente que me estaban permitiendo entrar en un nuevo universo, una dimensión absolutamente desconocida de mi (bi)sexualidad. Fue como perder la virginidad, pero sobre todo mentalmente. Mi cabeza suele estar en modo torbellino, así que mi mente viajó por su cuerpo junto a mi lengua y mis manos. Lo primero que sentí es que era afortunada por estar viviendo ese momento, por haber abierto esa puerta que ni sabía que tenía cerrada. En ese instante lo único importante pasó a ser su piel y ese abrazo fulminó todo lo demás.

Durante los siguientes meses nos vimos a menudo, disfrutándonos sin ataduras. Ella tampoco lo había hecho antes con una mujer, así que nos fuimos descubriendo un mundo mutuamente. Sentí una complicidad brutal con su anatomía, espejo de la mía y a la vez tan dispar, única, y misteriosa. Creí entender de repente toda la poesía del mundo dedicada al inspirador y misterioso cuerpo de una mujer.

Hubo momentos en los que sentí que acariciar ese cuerpo era hacerle honor a la esencia misma de la humanidad, como si en ese clítoris estuviese el centro y el origen del Cosmos. Que sí, que me pongo intensita, que al final lo que tiene entre las piernas es un coño, pero lo único importante en la vida es como tú percibes las cosas. A mi me invadieron una calidez, admiración y respeto hacia ella que quizás surgen de saber en mis propias carnes lo que es ser Mujer, así con mayúscula, sea lo que sea lo que eso significa para cada un@.

Cara a cara con mis prejuicios

En los caminos mentales que recorrí también hubo espacio para pensamientos agridulces. Cuando miré desnuda, sublime, a la que para mi era una ninfa de ojos verdes y piel clara, descubrí también mis esquemas subconscientes respecto a los roles de género. Porque sentí de pronto ganas de protegerla y cuidarla, de rodearla con mis brazos y peinarla con los dedos como a una muñequita. Eso me pareció tan romántico como ridículo: es en parte a causa del sexismo incrustrado en nuestro imaginario colectivo, que categoriza a la mujer como una delicada perla y la convierte un agente pasivo, infravalorando con ello su fuerza y su poder.Imagen relacionada

Y no significa que no haya que tratar a todo ser humano con cariño (o con toda la caña que te pida en la cama), pero no por ello hay que atribuirle a nadie características intrínsecas según su sexo. Esos pensamientos, por hacerme ver más nítido, me dejaron el regusto placentero de entenderme y entender el mundo aunque sea solo un poco más. Si siempre había sabido que cada persona es un mundo, en aquel momento descubrí que cada mujer un universo, y ni siempre ni con todas sentiré la misma conexión. Experimentar lo que es hacer el amor con una mujer fue un festival de sensaciones, emociones y despertares. Un regalo de la vida.