Dejó a su novia por mí y luego me volvió a dejar por ella

Hay personas que salen a buscar fuera lo que en su relación no encuentran, o perdieron, o no tienen. Y entonces dan contigo, y tú, inocente del todo, crees haber conocido por fin a alguien especial, o al menos a alguien con el contador de historias a cero, es decir, con todos sus asuntos zanjados y sus descosidos remendados. Te dices que nunca serás el paño de lágrimas de nadie, ni la otra de nadie, ni serás el clavo que saque a otro clavo, ése que se lo saque él solito y a ti te deje un espacio libre donde izar tu bandera.

Pero no. Estas personas, en su búsqueda de emociones que ya no sienten con su pareja, no saben que en vez de aclararse, te lían también a ti y te arrastran a ese bucle de autocompasión y destrucción en el que están metidos. No saben que así no sólo no van a encontrar nada nuevo que no hayan vivido ya en su antigua relación, sino que están perdiendo lo más valioso que puede tenerse sólo por un triste subidón efímero. Conocí a una de estas personas en una de esas típicas situaciones que surgen fuera de la discoteca mientras fumas: miradita va, miradita viene, y está hecho. Se acercó y empezamos a hablar. Tenía todo lo que me gustaba físicamente de un hombre, y eso no hizo más que acentuar lo genial de su forma de ser.

Me enamoré de inmediato. Él lo notó y me pidió el número de teléfono. Esa noche regresé a casa sola, sobre una nube de algodón rosa, segura de que había conocido, por fin, a alguien especial y libre. Los días siguientes transcurrieron entre mensajes y notas de voz, charlando y haciéndonos preguntas sobre nuestras vidas y gustos. Apenas podía trabajar, ni estudiar, ni pensar. Miraba el móvil a cada minuto, pendiente de sus respuestas. En uno de esos mensajes, no aguanté más, y dejando de lado mi orgullo, le pedí que nos viéramos. Sólo nos habíamos visto esa noche fuera de la disco y ardía por verle de nuevo. Pero se negó. No me lo podía creer. Y tras muchas excusas baratas y pretextos de mierda, me soltó la bomba, el dardo fatal: no podemos vernos porque tengo novia.

Lo lógico hubiese sido alejarme, preguntarle por qué si tenía novia coqueteaba descaradamente conmigo, despreciarle por ello para, acto seguido, eliminarlo de la lista de contactos y fingir que nunca existió. Pero, ¿Quién le habla de lógica a un corazón enamorado? No tuve forma de entrar en razón. No pude hacer otra cosa, más que seguir insistiendo. Empezamos a vernos todas las tardes de cinco a ocho, cuando su novia trabajaba. A pesar de haberme prometido a mí misma nunca meterme en mitad de una relación, no podía ni quería dejarle escapar. Estaba atrapada. Además, yo notaba que también se moría por mis huesos. Sino, ¿por qué iba a arriesgarse? Para mí era evidente que en esa relación algo fallaba, que él no era feliz con ella y que estaban al borde del precipicio. Sabía que tarde o temprano su relación se rompería.

Sin embargo, yo no estaba dispuesta a esperar. Así que actuando como una niña caprichosa y dejando al egoísmo decidir por mí, forcé su separación. Después de tres meses viéndonos a escondidas, le di un ultimátum: o ella o yo. Yo ya sabía que se decidiría por mí porque, según él, conmigo se sentía vivo otra vez, le había devuelto la ilusión. Decía que en su casa ya no quería estar y que siempre me echaba de menos. Él nunca me contó qué fue lo que le dijo a su ex cuando cortaron, ni si le había confesado los cuernos o que estaba enamorado de mí. Simplemente se mudó a mi piso y así, de pronto, pasé de ser la amante a la nueva novia oficial. Íbamos a cenas de amigos, cumpleaños, viajes a Paris y Roma, fotos en Facebook, todo lo que se puede pedir. Era como un sueño.

Nunca había oído sobre nadie que pasara de lo más bajo a lo más alto en tan poco tiempo. ¡Y por primera vez yo era la afortunada! Demasiado bonito, demasiado perfecto, demasiado rápido. Pero demasiado nunca es la medida. Entonces un día empecé a notarle ausente. De repente, habíamos sustituido el follar todo el tiempo por el discutir todo el tiempo, y aunque yo seguía hasta las trancas por él, él empezó a alejarse de mí. Llegaba tarde todas las noches, ya no me miraba ni me buscaba. Escondía el móvil siempre que estaba conmigo y cuando le sonaba, se marchaba corriendo al baño. ¿De verdad me creía tan estúpida? ¿En serio pensaba que no me daba cuenta? Estaba haciendo exactamente lo mismo que hizo conmigo al conocerme. Sólo que ahora yo era la cornuda, la burlada, a la que estaba humillando.

Resultó que se escondía para hablar con su ex, a la que le había sido infiel conmigo. Ella había recuperado su lugar. Por un momento pensé que yo había ganado el duelo, pero sólo fue una ilusión. La verdadera historia de amor era la que protagonizaban ellos dos. Yo sólo fui un personaje más en el lioso libro de sus vidas. De hecho, mi aparición les hizo aún más fuertes como relación, y fue horrible darme cuenta de que no se trataba de mí ni siquiera, se trataba de él y de su búsqueda infantil por ver si tenía en su antigua relación lo que necesitaba, y vaya si lo tenía. Ellos volvieron y yo me quedé con el corazón roto consciente de que esta vez, me lo merecía. Qué dolor que te hagan probar tu propia medicina.