Lo dejé todo por seguirte y me arrepiento

Sonaba bonito. Me sentía como si estuviera viviendo mi propia comedia romántica (porque lo nuestro iba a tener un final feliz, por supuesto). Había encontrado a ese alguien por quien lo dejarías todo para seguirle, y el momento de hacerlo había llegado. Estaba decidido. Me iba con él a otro país, a empezar una nueva vida y hacia lo que iba a ser la peor decisión de mi vida.

Las mariposas en el estómago pudieron más que el Pepito Grillo que tengo por conciencia, y se llevaron por delante todos los comentarios sensatos y bienintencionados de la gente que me rodeaba. Se me acumulaban los "cómo vas a dejar un trabajo fijo", los "piensa que vas a depender de él" y los "de qué vas a vivir". Pero no oía nada más que a la ilusión llamando a nuestra puerta. 

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Así que ahí estaba yo, tratando de empaquetar toda mi vida y descubriendo que el romanticismo termina donde empieza una mudanza. Porque ese traslado llevaba a la realidad, a lo palpable, a las renuncias inmateriales a las que me tendría que enfrentar. Y eso fue un aperitivo de lo que vendría después. Las primeras gotas de un vaso que terminaría rebosando reproches y ahogando al amor.

En muy poco tiempo, situaciones sin importancia empezaron a desencadenar discusiones larguísimas. Y fuera de nuestro apartamento, lejos de mí, él encontraba la paz que le aportaba su nueva y excitante vida. Los libros que dejé en las estanterías y los zapatos que había olvidado en mi ciudad, se sumarían a los cafés que no podía tomarme con mis amigos cuando necesitara una charla de esas que te arreglan la vida. Esas pequeñas cosas supondrían un punto y a parte el día que me di cuenta de todo lo que había dejado atrás por perseguir una meta y unos logros que no eran míos.

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Sin embargo, todo eso parecían minucias, tonterías fácilmente superables con comprensión, ganas y amor. Sabía que me iba a ir bien. Y, efectivamente, me fue bien. Pero empecé a preguntarme si merecía la pena tanto esfuerzo por ir a remolque de la persona a la que quieres. Cada vez más, aquello suponía un desgaste emocional y psicológico. Tuve que enfangarme en batallas burocráticas, cuentas bancarias imposibles de abrir, un nuevo número de móvil.  Problemas que a él le sonaban a chino (su empresa se encargaba de todo) y veía desde la barrera cómo me enfrentaba a ellos por mi cuenta. Me apoyaba, pero no los sufría.

De repente todo se convirtió en una lucha constante y, por mucho que lo quisimos, no supimos cómo hallar el funcionamiento natural de pareja. En contexto en el que uno está renunciando a mucho por el otro los reproches acechan en cada esquina. Intentaba no regodearme en lo que me estaba costando conocer gente cuando él se iba a tomar algo con sus compañeros después del trabajo. No quería echarle en cara el poco tiempo que pasaba conmigo, teniendo en cuenta lo ocupado que estaba. Y dedicaba la mayor parte del día a ver películas e ir a exposiciones para practicas el idioma.

Nos marchamos los dos. Pero no supe ver que la persona con la que me iba, mi único motivo para hacerlo, perseguía un futuro que ya tenía encarrilado. Dediqué mis esfuerzos a hacerme un hueco en su nuevo mundo, un día a día que él llevaba meses viviendo sin mí. Y no lo conseguí.

Crédito de la imagen: Alberto Polo Iañez