Todo lo que deberías saber de las fantasías sexuales contado por una sexóloga

Más allá del sexo políticamente correcto, del polvo igualitario y de dulzura aterciopelada, se esconden cientos de fantasías sexuales relacionadas con el poder. Ficciones de dominación, de sumisión e incluso de humillación que sirven de combustible porno para las tardes de onanismo. Llevarlas a la práctica, sin embargo, puede convertirse en un desafío para la integridad emocional. Esta es la razón por la cual, según un estudio de la Universidad de Montreal publicado en la Journal of Sexual Medicine, la mayor parte de la gente, y especialmente las mujeres, prefiere mantener sus fantasías sexuales en la imaginación. ¿Pero debemos conformarnos o debemos trabajar para superar nuestros miedos?

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Para la sexóloga Ana Lombardía, la respuesta depende del tipo de fantasía. No es lo mismo, argumenta, la fantasía de violación que la fantasía de querer ver a la pareja acostarse con otra persona. La primera, tan recurrente en las mujeres, es impracticable en la vida real y queda restringida al plano mental. La segunda, tan recurrente en los hombres –el artículo más leído de su blog se titula 'Quiero que mi mujer se acueste con otro'–, es perfectamente realizable una vez superados los conflictos de ego y las preocupaciones sentimentales.

Porque conformarnos o no con limitar la fantasía depende también, añade, de cada persona. “Hay quienes no tienen interés en llevarlas a cabo. Hay quienes lo comparten con su pareja y juegan a que las hacen realidad. Y luego hay quienes quieren llevarlas a la práctica pero tienen dificultades para gestionar el impacto emocional que tendría realizarlas”, apunta la experta. Son estos últimos quienes pisan su consulta: personas o parejas que necesitan trabajar las inseguridades y los celos para cambiar su dinámica sexual o para abrirse sexual o sentimentalmente a otras personas.

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Aunque son muchísimas las mujeres que ponen en práctica sus fantasías sexuales y muchísimos los hombres que prefieren mantenerlas como ficción, Lombardía reconoce que hay una razón para que ellos tiendan más a pasar del pensamiento a la acción. “A los hombres, histórica y culturalmente, se les ha legitimado fantasear. Por eso han evolucionado más hasta ese punto de querer realizarlas. A la mujer, por contra, se le ha coartado incluso la capacidad de fantasear. Se le ha dicho que era algo malo. Que debía ser más recatada”, reflexiona la sexóloga.

Hace un tiempo, cuenta, acudió a su consulta una activista feminista. Le gustaba ser sumisa en la cama y ello le hacía sentir contradicción y vergüenza, por lo que mantenía relaciones sexuales de dominancia o igualdad. Pero era ahí, aclara la terapeuta, cuando realmente dejaba de ser feminista: “Cuando se privaba de sus deseos para satisfacer los de otra persona o para ajustarse a unas normas sociales que no se sabe quién ha puesto. Debemos entender que una relación sexual de sumisión deseada y consentida es una relación igualitaria y feminista”.

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La privación de las fantasías sexuales –de esas que realmente quieren llevarse a cabo pero que se censuran por prejuicios o temores– provoca frustración y, en el peor de los casos, puede convertir la propia fantasía en una obsesión. En ese punto, y en palabras de Lombardía, es cuando puede empezar el problema, porque la obsesión puede originar expectativas sexuales que dificulten el disfrute de las relaciones sexuales. Si te centras más en el sexo que no tienes que en el sexo que tienes delante, asegura, se vuelve perjudicial.

No obstante, la puesta en práctica de algunas fantasías sexuales de poder requiere abandonar la zona de confort emocional. En la mente, el sexo sufre una disociación sentimental, por lo que podemos llegar tan lejos como queramos. En la realidad, los sentimientos de orgullo, envidia o pudor están presentes, y pueden obstaculizar el placer. La solución, según la sexóloga, pasa por evitar el clásico error de querer reproducir la fantasía tal y como se ha imaginado, por entender que no es necesario –al menos no siempre– llegar tan lejos.

Para ilustrarlo, Lombardía usa como ejemplo la fantasía cuckold: “En lugar de una infidelidad, puede crearse un ambiente más seguro donde se esté presente cuando la pareja se acuesta con otra persona. Puede participar en la relación sexual. O puede pactarse que solo puedan realizarse determinadas prácticas sexuales. Cada uno debe medir hasta dónde está dispuesto a llegar o corre el riesgo de encontrarse en una situación desagradable”, explica la experta. La comunicación, por tanto, es esencial para fijar pautas y límites.

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Llegados a este punto, la sexóloga aprovecha para atacar ese viejo prejuicio que tacha de disfuncionales las relaciones de dominación y humillación: “Hace un año fui a una fiesta de dominatrices y sumisos y se comunicaban con un cariño y un tacto infinitos. Son relaciones más buenas y respetuosas que cualquiera convencional supuestamente igualitaria”. Porque mientras las convencionales se basan en pautas preestablecidas que nunca se cuestionan ni debaten, apunta para acabar, las relaciones sexuales de poder exigen una comunicación más profunda y constante. Y eso, fuera y dentro del sexo, es trascendental.

Crédito de la imagen: Sara Lorusso