Por qué me cuesta tanto decirte que te quiero

Estar contigo no me cuesta absolutamente nada. Normalmente, con cualquier otra persona solía suponerme un esfuerzo. Tenía que prestar atención a las señales, a los detalles, a las pistas de si estaba haciendo las cosas bien o mal e ir cambiando mi forma de comportarme dependiendo de qué recibiera de la persona que tenía delante. Contigo no me pasa. Estar contigo es fácil, es fluido, es maravilloso. Y, sin embargo, me cuesta muchísimo decírtelo. "Te quiero", la frase se me atasca en la garganta. 

De todas maneras, ¿no lo notas ya? Creo que lo que siento por ti firma cada mirada que intercambiamos. Cada chiste privado. Cada roce. Cada detalle. ¿Por qué esas dos palabras van a tener más valor que todo lo que demuestra nuestro día a día? Ni mi madre ni mi padre me han dicho nunca que me quieren y, sin embargo, nunca lo he dudado. Yo qué sé. A algunas personas nos cuesta, simplemente. A lo mejor es algo educacional. Que no se me dé bien expresar mis sentimientos no significa que no los tenga. 

Aunque tengo que admitir que es un poco ridículo. Son dos palabras. Sólo dos. Y son verdad. Y a lo mejor necesitas oírlas. Pero ya sabes cómo soy. Siempre he dado mucha importancia a las palabras. Para mí, no son sólo una serie de sonidos o conjuntos de letras sobre un papel o dentro de una pantalla. Yo soy de esas personas que creen que las palabras esconden mundos y cambian realidades. Las palabras pesan. Son capaces incluso de rasgar atmósferas: el chiste adecuado rompe la tensión, el comentario equivocado produce una ruptura.

Decirte esa frase va a modificar lo que tenemos. Me gustan las cosas como están. Me asusta que, si te lo digo, esperes que me comporte de forma distinta. Me preocupa que esas palabras me encadenen. Que, de repente, en lugar de pasar tiempo juntos, divertirnos y estar cómodos tengamos que pasar a mirarnos intensamente a los ojos y ser "serios". Sé que es una estupidez. Pero a veces pasa. Parece que decir "te quiero" firma la sentencia de noviazgo y que eso sea ponerle el traje de los domingos a una relación: ya no nos veríamos porque queremos vernos sino porque tenemos que querer vernos. No sé si me explico.

Sí, lo admito. Estoy dando vueltas y poniendo excusas. Es verdad que mi educación emocional no ha sido la mejor, que nunca se me ha dado bien expresarme. Y también es cierto que los hechos importan más que las palabras. Pero más verdad que todo eso es que lo que me frena es el miedo. Y, contigo, el miedo nunca ha tenido lugar. Decirte eso puede hacer que cambien las cosas entre nosotros, pero no tiene por qué ser a peor. De hecho, puede hacer que lo que tenemos evolucione. Mejore. Se haga más fuerte. No es un drama: es un simple acto de valentía y honestidad. Y, sí, me fragiliza, pero si con alguien puedo mostrarme vulnerable es contigo. Porque sé que me quieres y porque, a quién quiero engañar, te quiero.

Crédito de la imagen: Olivia Bee