Cuando Se Cruza La Delgada Línea Entre Luchar Por Alguien Y Perder La Dignidad

La capacidad del ser humano para hacer el ridículo no tiene límites. Y si ese ser humano está enamorado, faltan los adjetivos para describir el espectáculo. Porque a ver, luchar hay que luchar. A veces las cosas se complican, las relaciones se enturbian por chorradas y lo que parecía fluir como la seda, de repente se emponzoña.

Algunas de esas veces, sin embargo, es demasiado. Pero no todo el mundo se da por aludido. Los hay que prefieren hacer oídos sordos y se niegan a escuchar la melodía del rechazo. Y es entonces cuando la muy delgada línea que separa el luchar por alguien de la pérdida de la dignidad empieza a difuminarse.

Aparecen entonces las decenas de WhatsApp sin responder. Las llamadas perdidas en el infinito. Los “tenemos que hablar”, “vamos a quedar”, “aún no está todo dicho” y demás súplicas que no entienden que, efectivamente, no hay nada de lo que hablar, nadie quiere quedar más contigo y sí, todo está dicho y redicho.

Algunos creen que las humillaciones están de moda. Demasiada película hollywoodiense, quizá. Esos apuestos galanes que insisten e insisten con decenas de ramos de flores y apariciones debajo del balcón a las tres de la mañana.

Los hay que lo siguen haciendo incluso cuando la otra persona ya ha rehecho su vida, o está en ello. Pero se empeñan en pensar que es temporal, que para volver a caer rendido a sus pies, el otro solo necesita ver que su amor es sincero, fuerte, imperecedero.

Así que hacen caso omiso de las fotos de Facebook en las que la mano de su ex se entrelaza con otra que, evidentemente, no es la suya. Solo está enviando señales, creen ellos. Y vuelven a la carga. Llaman de nuevo.

Y cuando nadie responde, inician una enésima conversación de WhatsApp; el enésimo “¿Qué tal todo?” que ellos empiezan. Porque una seña en común del (la) suplicador(a) es que siempre es él quien inicia las conversaciones. El otro, con suerte, responde.

Demasiadas veces se confunde el luchar con el arrastrarse como una sabandija sin respeto ni amor propio. Y vale, está mal abusar del orgullo excesivo, no saber decir lo siento, no ser capaz de dar el brazo a torcer o mostrarle al otro lo que de verdad significa para uno. Pero el otro extremo no es la solución.

En ocasiones se necesita sorprender, insistir, dejar claro que uno tiene interés y que es capaz de no anteponer su orgullo a su relación. Pero, siendo sinceros, es muy embarazoso ver a un amigo hacer el ridículo cuando se encuentra a su ex a las tres de la madrugada en el bar menos esperado y no duda ni un segundo en acercarse y cogerla por la cintura.

O cuando ella decide enviarle el verso de una canción romántica a la una de la mañana después de haber intentado llamarlo durante quince días. No procede. No es digno. Y todos necesitamos un amigo que diga: “Déjalo estar, por dios. Ya es suficiente”. Hazle caso. Te lo agradecerás.

Crédito de la imagen: Marisa Chafetz