Consumir personas está de moda: corto y cambio (de relación, por supuesto)

Que a todos nos dejan es una realidad. Pero, que a algunos les ocurre varias veces por semana, también. En serio, ¿te has fijado en cuántas parejas rompen a tu alrededor? No digo por año, ni por mes, lo digo por minuto. Aquí, ahora, a tu lado: una pareja menos. ¡Bang! Cupido, que se ha ido de cañas y, claro, la puntería se le ha ido de las manos. O no. A los que se nos está yendo de las manos, o más bien del corazón, es a nosotros. A ver si os suena esto.

Chico conoce chica, o viceversa, o a su igual, ¡qué más da! El caso es que quedan, que se gustan y que vuelven a quedar. Y así hasta que, ¡mec! Esto no me gusta exactamente así. ¿Qué pasa? Pues, algo tan simple como que, quizá, no te gusta que le cae bien a todos tus colegas –que ya es raro y eso es que alguna tara tiene fijo— o que no consigue acordarse de los nombres de tus quince primas hermanas por parte de madre cuando ya se lo has dicho una vez…

Y, claro, una relación así no la queremos. Con la de peces que hay en el mar. Qué digo mar, ¡si esto es un océano! La semana que viene empiezo otra cosa y si no va bien, dentro dos días ya aparecerá algo mucho mejor. Pero, ¿de verdad vamos a pasarnos la vida buscando algo mejor? ¿Cómo si fuésemos productos? El amor no se busca, llega. Te impacta, te explota en las manos y no te puedes apartar. Pero hemos aprendido aquello del amor efímero.

Que no es amor pero lo del tiempo sí lo cumple. Dura hasta la primera complicación que se presenta. ¿Que requiere un esfuerzo? ¿Para qué? Si puedo tener a otra persona en un abrir y cerrar de ojos. Eso hacemos, consumir personas. Porque podemos tener rápido a otra. Y, que quede claro, que no hablamos de sexo. Porque si dos —o más— personas quieren sexo, que lo tengan. ¡A vivir que son dos días! Tengamos lo que realmente queremos.

El problema es querer amor y conformarte con sucedáneos. Engañar a otro y a ti mismo si no estás dispuesto a involucrarte de verdad, a meterte de lleno y ganar. El problema es no aceptar lo que buscamos en realidad. Porque, hay que ver, ¡qué mala suerte tenemos! ¡que ninguna relación nos sale bien! ¡siempre la misma historia!

Pero, ¿cómo va a salir bien si nos limitamos a conocer a la persona de forma superficial? ¿si no queremos descubrirlas? ¿si nos quedamos en la capa externa y no queremos ver qué hay detrás de la piel? Nos han enseñado el aquí y ahora. Lo inmediato. La sociedad que lo tiene todo ‘ya’, la sociedad conectada, la sociedad de la red social. Y cada vez estamos más aislados. Cada vez tenemos más. Más likes en Instagram, más matches en Tinder, más conquistas en nuestro haber.

Menos piel con piel, menos amor real.

Es fácil querer. Un ‘quiero’ superficial. Lo difícil es el ‘quiero’ saber más, ‘quiero’ profundizar, el ‘quiero’ aunque a veces cueste, aunque me tenga que esforzar. No se trata de aguantar, que de eso no va el amor. Sino de no perdernos a las personas que pasan por nuestra vida en pos de una falsa libertad. De no querernos implicar porque pasamos de puntillas por nuestros propios sentimientos, porque queremos siempre más y sentir nos frenará. Se trata de querer hasta vivir. De darle una oportunidad al amor, a las personas y a la vida.

Se trata de arder.