He conocido a alguien, soy yo. Voy a darme una oportunidad

Hay personas que pasan por nuestra vida que son heridas, algunas desde el principio hasta el final, y yo necesitaba dejar de buscar la cura y pasar a la acción. Salir de lo tóxico y dibujarme como la mujer libre que llevo toda mi vida pidiendo a gritos ser.

Lo nuestro era una ausencia de aquellas risas haciéndome cosquillas en el corazón, que hacía ya demasiado tiempo que se quedaron calladas. Tras mucho intentarlo, pocos resultados y algo de indecisión entendí que la estabilidad era que sucediera con naturalidad lo inestable; y toda ‘yo’ quedé en equilibrio. No pretendía encajar de nuevo, querer ganarse a alguien implica perderse y necesitaba encontrarme. Buscar una relación puede ser tan excitante como vandálico así que he decidido romper con todo menos conmigo misma. Romper puede ser un verbo transformador, de esos que quiebran y lo destrozan todo a su paso. Por eso me quedo rota para recomponer mis pedazos sola. No quiero que venga nadie a ayudarme. No lo necesito.

Discutir conmigo misma es una de mis facetas favoritas como novata en el asunto, y prepararme el desayuno, y darme crema después de la ducha, e incluso darme las buenas noches. No me asusta, me cautiva la idea de reconocerme oxigenada de lo que evitaba por miedo, por ego o por simple comodidad. No encajo porque lo veo todo diferente. No me gustan las reglas y quiero estar francamente en sintonía con esta parte de mí que no he tenido tiempo ni ganas de conocer hasta ahora. Relax, espacio, soledad buscada. Amor mío, no tuyo.

Me siento segura y disfruto de mi propia compañía

Es difícil ser soltera por convicción, se ve mal. -¡Qué dirán de mí!- Burlar el placer contra los prejuicios que abundan y darme permiso a la soltería, esquivando a propósito las innumerables ocasiones de ligar o follar, es una odisea que pasa por bloquear alternativas tan banales y vacías como registrarme en Tinder o Happn. Por no mencionar el bombardeo diario de mis amigas insistiendo en construir de nuevo un colchoncito cómodo de pareja que enmarque mi vida sentimental en lo correcto. Basta. Se me revuelven las tripas y se me alteran los sesos.

Mi diosa interior ha salido para ligar conmigo, a solas. Y es maravilloso.

Se puede vivir sin pretendientes, sin Whatsapp echando humo, sin dudas, sin un síndrome de abstinencia que controle todas las decisiones. Qué íntimo. Qué libertad, que abandono más mío, más buscado. Si eliminar la preocupación de mi futuro sentimental como mujer, como futura madre, como posible esposa o como compañera me convierte en rara poco me importa; cuando se trata de gustarme a mi misma por encima del poderoso titán de la sociedad y sus absurdas reglas de vida.

A mi me hace libre leer, viajar, dejar el abrigo en el perchero cuando entro en casa, tomar un café, escuchar el sonido de la cotidianeidad, el sushi, los domingos nublados acompañados de una buena peli, el color menta, el mar, caminar sobre la hierba, el olor a ropa limpia, el sonido de mis tacones, tumbarme en la cama, el primer sorbito de una coca-cola con hielo y limón, hablar con un anciano, un masaje, ver el culo que me hacen esos vaqueros, las camisetas básicas con un mensaje alentador que consigue que, más que te miren el pecho, te lean el alma; tener un lapsus y recordar algo que hacía de pequeña, gritar en un valle que haga eco, los regalos envueltos en papel craft y tantas cosas más que no pasan por masturbarme ni menospreciar mi condición de soltera y entera. Asumo que estoy sola y estoy bien.

La vida también es así, mi vida.