Confirmado: con un beso francés sabrás si esa persona es tu pareja ideal

Los hay familiares, cariñosos, cercanos. También proscritos, ocultos, secretos. Sensuales y por compromiso. Desagradables. O robados. Pero todos tienen algo en común: un torrente de sensaciones y un proceso químico que, si se analiza, aporta gran cantidad de información. Porque los besos nunca son actos vacíos de intenciones. De hecho, una ciencia propia se encarga de estudiarlos, la filematología. Buscando exprimir todo su potencial, consultamos a una experta en lenguaje no verbal y a un químico todos los secretos del llamado ‘beso francés’.

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“Es el acto más íntimo que existe, superando al propio coito. Es lo más puro, lo más sensual, lo más auténtico”, afirma Teresa Baró, profesora de lenguaje no verbal y habilidades de comunicación. Asegura, además, que este factor viene determinado por el hecho de “realizarse con la boca, la zona más sensible del cuerpo por delante incluso de los genitales”. Los labios están formados por infinidad de terminaciones nerviosas y son, además, la puerta principal a nuestro interior. Por eso, “permiten determinar hasta qué punto estamos enamorados de la otra persona, hasta qué punto ese contacto nos resulta placentero o incómodo”, comenta Baró.

Pero, ¿por qué conferimos tanta potencia a un acto tan aparentemente sencillo? La respuesta está en nuestro subconsciente: “Por un lado, ese ejercicio de succión nos recuerda a otro momento de intimidad total, el tiempo en el que fuimos amamantados por nuestra madre”, repasa Baró, que añade: “Además, y fijándonos en el punto de vista del hombre, la boca carnosa de una mujer recuerda inconscientemente a sus genitales, a los labios de la vagina, a su calor y su latido”.

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Y no todo es subconsciente. El beso desencadena un torbellino de reacciones químicas estudiadas por la ciencia. “Debemos ser conscientes de que somos reactores químicos y de que todo empieza en el cerebro, que todo es un juego de moléculas y neurotransmisores”, explica Ramón Macías, doctor en química de la Universidad de Zaragoza. Porque, como evidencia, “todos somos sistemas moleculares complicados, reactores químicos con patas”. Subraya también que, ante alguien que nos excita y nos genera atracción, nuestro cuerpo comienza a segregar oxitocina, endorfinas y feniletilamina, un neurotransmisor relacionado con la dopamina conocido como ‘la molécula del amor’. “Este compuesto activa la pulsión sexual y nos predispone a sentir deseo”, constata.

Asimismo, el hecho de que la saliva masculina contenga un porcentaje de testosterona, inclinará a la mujer a sentirse cautivada por un beso deseado. Porque tanto unos como otras buscamos, al final, “evaluar la calidad genética y la salud de la otra persona para asegurar la salud de nuestra descendencia, en un ejercicio inconsciente de selección natural”, comenta Teresa Baró.

Y todo ello explica también por qué los besos robados o los compartidos con personas que no nos atraen resultan desagradables y por qué el grado de excitación desencadenado por un contacto con alguien compatible es extremadamente placentero. “Si una persona no te gusta, si su sabor no te satisface, si te repele su aliento o la textura de sus labios, tendrás que plantearte si esa es tu pareja adecuada”, reflexiona Baró. Un recurso más de nuestro cerebro para indicarnos, a través del beso, si realmente estamos enamorados.

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Pero para encontrar hay que probar. Y si el calendario nos regala un día oficial para hacerlo, la excusa es insalvable. Por eso, Teresa Baró anima a besarse, a compartir ese momento íntimo y apasionado, aunque siguiendo unos cuantos consejos: “Preparar un clima adecuado, romper la barrera del tacto de forma sutil, empezar con una mirada profunda, con un leve roce y explorar con la lengua la boca del otro lentamente, sin prisa, será suficiente para vivir una experiencia plena, siempre y cuando el otro sea la persona perfecta”, repasa.

Así que al lío. Besos a la francesa o a la española, lo mismo da. Lo importante será practicar, probar y repetir hasta lograr que sea perfecto. Y no es capricho sino más bien, prescripción facultativa. Bon appétit!