Así fue colarse en un cuarto oscuro de una discoteca de ambiente en Barcelona

Televisiones con pornografía homosexual muy a tope custodian las puertas de los cuartos oscuros de las discotecas de ambiente. Cada sábado una pausa de un minuto me mantiene empantallada mirando fijamente la escena sexual que se transmite en bucle y que me lleva a imaginar que eso es lo que está sucediendo dentro exactamente. La puerta rodeada de neones está llamando directamente a mi curiosidad y la mirada de mala hostia del portero me impide ceder a la tentación de entrar. Pero quiero verlo. Cojo de la mano a mi amigo Abel y le pido que me ayude a entrar, se ríe: “Nena, no sé si estás preparada para ver lo que hay ahí dentro, eh”.

La evolución de las ‘casas de maricas’

Los cuartos oscuros en el siglo XVIII no eran oscuros y estaban dentro de las llamadas molly houses, una especie de ‘hogares’ precursores de los pubs de ambiente homosexual. La traducción de este espacio es ‘casa de maricas’, un término arcaico en Inglaterra que hacía referencia a estas moradas donde los hombres homosexuales y las mujeres transexuales se reunían para encontrar a su pareja sexual. Vamos, para follar. Antes de estas casitas, algunos lugares públicos eran los espacios destinados a intensos intercambios sexuales entre hombres.

Geoffroy Huard lo relata en su libro Los antisociales: historia de la homosexualidad en Barcelona y París, 1945-1975: “Orillas, parques y jardines, así como algunos lugares cerrados como cines, baños de vapor, servicios o también el metro y los coches, eran sitios en los que las relaciones sexuales entre hombres eran muy habituales. Pero los espacios por excelencia fueron, sin lugar a dudas, las famosas vespasianas: unos urinarios construidos en la vía pública que aparecieron en el año 1834 y duraron hasta 1970”. Gran parte de estos lugares siguen siendo hoy espacios donde los gays practican cruising o se encuentran después de quedar a través de aplicaciones como Grindr.

Abel siempre me relata esta clase de encuentros cuando está “súper caliente en casa” y quiere desfogarse. “Si no puedo ir a Montjüic porque me entra toda la pereza del mundo, me espero a que sea de noche y voy a mi bar”, cuenta. ‘Su’ bar es un pub en el que solo pueden entrar hombres y es mejor si están desnudos o semidesnudos, combinando su cuerpo con arneses de cuero negro, cinturones, muñequeras e incluso látigos para practicar sexo durante toda la noche. “Me fui con uno y luego con el otro y ese otro estuvo antes con mi amigo y llegó un momento de la noche en que todos estábamos con todos, muy hot. Fue genial”, me explica mientras tomamos vermut el domingo a mediodía.

Felaciones, tocamientos y voyeurismo

Viendo mi cara de ‘me da igual, quiero entrar’, y haciéndole un gesto de aprobación al portero, Abel me coge fuerte de la mano y atraviesa la puerta del cuarto oscuro. La completa negrura que nos rodea se ve interrumpida por pequeños destellos de fuego de los mecheros de aquellos que quieren mostrar su rostro y seguidamente su polla para asegurarle al público que entra que sus dotes masculinos no defraudarán. Algunas manos me tocan los hombros, la espalda, los pechos y el pelo mientras nos dirigimos al fondo de la sala y entiendo que están llamándome al encuentro pero ¡ups! no soy el perfil idóneo y me rechazan, estaba claro.

El espacio es un rectángulo bastante amplio y no hay casi personas en el centro, todos están apoyados en la pared con sus miembros fuera del calzoncillo a la espera de que surja lo que fueron a buscar. Eso lo sé porque Abel no tarda en sacar su móvil y encender la linterna: “Si no, no vas a ver nada nena. Y no te lo puedes perder”. Cuando se hace la luz descubro a mi derecha (a tan sólo medio metro) un trío: dos están de rodillas practicándole una felación a un tercero que se lleva a cada rato las manos a la cara porque está a punto de llegar al orgasmo. Ante mi atónita mirada de ingenuidad que puede percibirse por el resplandor de la linterna del móvil de mi amigo algunos comienzan a soltar abucheos de rechazo y a gritar: "¡Sal de la sala!".

El brillo sigue encendido porque esto a Abel le divierte y los dos que están chupándole el pene al otro dirigen sus ojos hacia mí mientras continúan su tarea. Siento que el ego los inunda cuando noto cómo sus cejas se arquean y sus miradas me gritan: “Mira, aprende, así es como se hace”. Tengo la sensación que esa escena dura veinte minutos, entonces Abel gira su teléfono y enfoca al resto de la sala para que pueda ver que no hay parejas, ya que los grupos que intercambian sexo están compuestos de tres a más personas: sexo anal, oral, jadeos, golpes y semen rodean a los más de treinta hombres que llenan la sala. Y sí, yo soy la única mujer.

Marta, una amiga, vivió una situación similar a la mía: en su caso el cuarto oscuro al que accedió no contaba con portero y entró sola y a sus anchas, también empujada por la curiosidad. Su pelo corto y su ropa cómoda no delataron su género hasta el final: “Estaba algo borracha pero me calenté mucho solamente con los gemidos de la gente. Empecé a moverme con los brazos estirados a ver qué encontraba. De repente, y de un momento a otro, estaba masturbando a un tío y luego a más. Después cuando intentaron tocarme a mí se dieron cuenta que era mujer y se ve que les corté todo el rollo. Sin duda lo volvería a hacer, da mucho morbo no poder ver a las personas”.

Un tabú camino a su normalización

De hecho, los cuartos oscuros para personas heterosexuales son menos frecuentes pero existen. “El problema es que apenas de habla de ello” me explica Rodrigo Araneda, activista en dos organizaciones LGBT catalanas: Gais Positius y ACATHI (Asociación Catalana para la Integración de Homosexuales, Bisexuales y Transexuales Inmigrantes) de la cual es, actualmente y además, su presidente. “El tema de la homosexualidad ha sido siempre igual, lo que ha ido cambiando es su aceptación. Se han normalizado elementos que en el pasado eran, incluso, perseguidos”, relata Araneda al otro lado del teléfono.

“Creo que se trata de una evolución de las cosas: los lugares de encuentro siempre han existido, podrían ser parques, saunas, clubes… no es algo novedoso, lo que sí es nuevo es que a partir de un momento se empezaron a crear espacios destinados solamente a estos encuentros sexuales y no solo como habitaciones dentro de discotecas sino como locales enteros para estos intercambios", prosigue el activista que apunta a que todos los espacios que existen destinados a la diversidad ayudan a que se normalicen las situaciones que pueda vivir el público LGBT. “Son espacios que son positivos que permiten una inclusión más directa y que no deben reconocerse como espacios ni de vicio, ni se tiene que tener el pensamiento que son lugares sucios. Es más: esa idea de promiscuidad relacionada al público gay está implantada en muchas personas y es errónea”, puntualiza Araneda.

Las discotecas tienen estos espacios porque han sabido escuchar a su público. Marina Castañeda lo explica en su libro La nueva homosexualidad en el siguiente párrafo: “cada día existen más productos y servicios para la población gay. Esto le otorga a la población homosexual una sensación de pertenencia. Ahora bien, esta proliferación de bienes y servicios expresamente dirigidos a la población homosexual no surgió porque ellos lo buscaran ni es consecuencia directa de la liberación homosexual, lo que sucede es que el público gay es un buen negocio. Esto comenzó en los años ochenta, cuando medios y empresas se dieron cuenta de que existía un nicho de mercado que no había sido explotado. Por eso, se identificó a la pareja homosexual como DINKS (double income, no kids: dos ingresos, sin hijos)".

Barcelona una ciudad ‘gayfriendly’

En esta misma línea, Araneda explica que “dentro de lo que es España, Barcelona es una de las ciudades más abiertas a tener estos espacios y generar un marco en el que las personas homosexuales se sientan cómodas, acogidas y respetadas”. Y, además, puntualiza que “la cultura juega un papel importante porque en España este entorno mediterráneo apoya el besarse o abrazarse en público, sin enfocar en si se es hombre o mujer o si se trata de una pareja o no: el contacto más próximo está mucho mejor visto que otros lugares del norte de Europa”.

La cuestión principal es que estos bares tienen un público tan grande y continuo porque son espacios libres de homofobia, así lo cuenta también Marina Castañeda en su libro: “Los pubs han ocupado un lugar central en la historia reciente de la homosexualidad. Durante décadas los bares fueron el único lugar seguro de reunión para la población homosexual. De hecho, para muchos adultos, esos espacios fueron un refugio y casi un segundo hogar durante su adolescencia y juventud. En muchos sentidos los bares fueron el corazón de la comunidad gay, y en varios países siguen siéndolo”.

Abel y yo seguimos recorriendo Barcelona para colarnos en los cuartos oscuros. Él muchas veces se queda dentro mientras yo voy a por una copa a la barra. Lo parezca o no, observar estos encuentros sexuales entre hombres en mitad de la oscuridad sí que sirve para recoger apuntes y ponerlos en práctica en la intimidad. Os lo recomiendo.