Nunca es buen momento para decir adiós

Hay finales que nunca llegan, otros que se repiten: finales con nuevos comienzos; comienzos con finales escritos, hay finales felices y otras veces difíciles, y los hay también de los que llegan sin avisar, sin que te dé tiempo a decir adiós. Este último quizás sea el más desleal, egoísta y puñetero; en el que el silencio es la última palabra y tu imaginación la única conocedora de una explicación. Y es que no hay adiós más triste que el que no se dice, pero más triste es el que no se explica.

Las mejores cosas suelen llegar por casualidad, cuando lo que deseas no se cumple y lo que menos esperas sucede. Las bienvenidas siempre son casuales y rara vez buscamos una explicación, nos conformamos con creer que ha sido cosa del destino o pura coincidencia. Pero cuando alguien se va, cuando llega la despedida, necesitamos verla, escucharla y sentirla para creerla, pero, sobre todo, necesitamos entenderla. Y es el ¿por qué? la pregunta cuya respuesta buscamos sin cesar, convirtiéndola en la única salida, en el único camino posible para seguir la marcha sin mirar atrás.

Tenemos la mala costumbre de querer apalabrar lo evidente, en busca siempre de explicaciones racionales, olvidando que muchas veces el todo se convierte en nada sin un motivo aparente y mil motivos latentes; que hay gestos que anuncian despedidas y que al igual que una sonrisa puede ser el comienzo, una mirada puede marcar el punto final. “¿Por qué?” Dicen que hay preguntas que no tienen respuesta. Mentira. Todas la tienen, pero no todas merecen ser respondidas, porque a veces da igual cuál sea la respuesta, siempre vendrá acompañada por otra pregunta, nuevas respuestas y, otra vez, más preguntas; el caso es no ser capaz de cerrar la puerta y marchar. El caso es no ser capaz de entender que hay puertas que se cierran porque hay otras esperando ser abiertas. Que la vida es sabia y está compuesta por múltiples caminos, algunos eternos y la gran mayoría, efímeros. Pero todos, necesarios, con sus flores y sus piedras, porque cada paso nos aporta un aprendizaje, una pista para, quizás, llegar al camino final.

Hay finales que nunca llegan, otros que se repiten, hay finales felices y otras veces, difíciles, y los hay también de los que llegan sin avisar. Sea como sea, ninguno será convincente, todos llegan con dudas. No esperes encontrar las palabras exactas, nunca te parecerán suficientes y siempre quedará algo por decir, por preguntar…pero aquellos que pretenden ver con claridad antes de decidir, nunca deciden. Y aunque no hay adiós más triste que el que no se dice, ni se explica, ni se entiende, la verdad es que el más triste de todos es el que no queremos ver. Nunca es buen momento para decir adiós, pero siempre, es necesario.

"Ten la valentía para aceptar las despedidas y la vida te regalará nuevas bienvenidas"

Escrito por: Bárbara Esteban

Crédito de la imagen: ignant.de