Asúmelo, los chicos malotes ya no se llevan

Huelen a peligro. Sudan testosterona y adrenalina. Son misteriosos, engreídos y rebeldes. Así son los chicos malos. Se exhiben con el objetivo de convertirse en nuestro reto personal. No obstante, desde hace ya algún tiempo somos muchas las mujeres que ignoramos o huimos de sus supuestos 'encantos'.

Es cierto que la cultura popular otorga mucha importancia social a los perfiles de hombres que cumplen con el rol de bad boy. Representan una masculinidad hegemónica y por tanto, ensalza la fuerza, la valentía, la competitividad, la conquista sexual y la inhibición (generalmente) de las emociones más íntimas. En el plano real tenemos a Jonnhy Deep y a Mario Casas, por ejemplo. Por su parte, en la ficción nos encontramos con personajes como Edward Cullen y Christian Grey. Resultan atractivos, interesantes y audaces. Tienen hasta cara de estar bien dotados, como si tuvieran la polla en la frente o algo así. Pero si apartas tu libido pronto reconocerás que además de ser Míster Drama, aburren y son una barrera para nuestra salud y autonomía.

Con la edad, varían nuestras necesidades y demandas afectivas. Hacemos balance de nuestros errores y horrores sentimentales. No renunciamos a enamorarnos, pero comenzamos a entender bajo qué condiciones queremos hacerlo. En este sentido, no podemos obviar cómo el feminismo ha ayudado a que las mujeres se conviertan en protagonistas de sus vidas y no en meras figurantes de las relaciones que podemos mantener con otros. No queremos que nuestra pareja nos salve, idealice (y con ello, deshumanice) o nos trate como si fuéramos la Presidenta 'mona' de su Club de Fans.

Hemos pasado de querer que nos protejan a desear que nos acompañen. Apostamos entonces por una interacción más igualitaria y no por una concepción de la pareja basada en la verticalidad. No decidimos iniciar una relación con el objetivo de que el otro nos complemente sino con la intención de que esa relación sume a nuestra vida y no nos reste independencia. Partiendo de aquí, concebimos las interacciones y conflictos que puedan existir desde la negociación y no desde la dinámica del sacrificio y la complacencia.

A estas alturas muchas de nosotras ya hemos descubierto que los cimientos de una relación los constituye (además de la atracción y la complicidad), la comunicación y el respeto. Es posible amar y que nos amen sin que la otra persona crea que somos de su propiedad. Pedimos asimismo cierto grado de compromiso. Los chicos malos son expertos en incertidumbre y ya no tenemos 12 años para consentir que nos mareen. No buscamos aguantar “todo por amor”. Somos conscientes de nuestros derechos. La idea de que para conseguir el amor de un tío hay que poner en riesgo nuestra dignidad e integridad, caducó. No es sexy que te ignoren, que te castiguen a través el silencio o que se conviertan en tu guarda-espaldas.

Para evitar caer en estas redes de violencia, dependencia y egoísmo insistimos en una cuestión fundamental: el cuidado mutuo. Uno de los principales motivos por los cuales los bad boy no crean parejas felices es porque rozan el analfabetismo emocional. Así, cuando hablamos de decir adiós a los chicos malos, hablamos también de romper con esos tópicos de “todos los tíos son iguales”. El amor saludable se practica con aquellos hombres que se implican en cuidar el vínculo. No basta con hacerlo de forma anecdótica o en pequeñas dosis. El cuidado es una responsabilidad y debe realizarse de forma equitativa. No nos conformamos con la consideración de que como mujeres deben tratarnos de forma igualitaria. Es necesario que asuman su parcela de cuidado en la relación y así evitar desequilibrios. Suena fácil, pero no te confundas: el amor saludable es todavía una batalla por ganar en esta sociedad.