Nuestro amor es tan perfecto que a veces me giro para ver si es una cámara oculta

Has entrado con toda la calma, has abierto el armario de mi mente y has ido sacando los siguientes ingredientes:

- 300ml de mis esquemas

- 40gr de mi soltería exigente

- 90gr de la equivalencia de libertad con soledad

- 1 puñado de "no me interesa complicarme"

- 2 cucharadas de "en un par de días me canso fijo"

Has metido todo esto en la batidora, te has hecho un smoothie y te lo has bebido de un sorbo. Me has pillado con la guardia echándose la siesta. Tus ojos y su brillo gamberro me han invitado a seguirte, sin darme cuenta de que a donde me llevas es hacia mi interior, no para encerrarnos allí sino para sacar de mí lo que no recordaba, o desconocía. Y sin esfuerzo, hemos construido un microuniverso que se llama “nosotros”, tan frágil y tan poderoso.

Tirando de metáforas, eres como un lago. Apareciste en mi camino y empecé a bordearte para pasar de largo. Pero me interesó tu forma de reflejar el mundo, empecé a fijarme en los árboles que te rodean desdibujándose en tu superficie. Siempre me han parecido demasiado profundas, las aguas del lago. Clavo mis ojos en su interior y no les veo fin. Te dije que desde que casi me ahogo una vez, prefiero chapotear de charco en charco. Así estoy más cerca de los pájaros. Me encantaría ser uno de ellos, y me encanta que seas consciente de ello.

Tu agua quedó inmóvil cuando me asomé a ver mi reflejo. Sin palabrería, solo con tu actitud, me hiciste amar ese reflejo, elevando mis defectos al nivel de poesía. Que la vanidad nos mueve silenciosamente no es un secreto. Entonces di un par de pasos más, y toqué el agua con el pie por curiosidad. No me pareció fría, ni peligrosa... ¿A quién no le apetece refrescarse? Metí el pie.

Tu forma de disfrutar de la vida me envolvió como una caricia. Tu risa despreocupada y lo poco que te importaban los demás fueron gotas que salpicaron mis piernas, estremeciéndome. La sensación inesperada en mi piel me hizo apartarme, asustada. Pero en seguida volví a desear la presión del agua, tu presencia, y me decidí a meter el otro. Fue sutil y fue lenta, tu forma de trepar por mi piel, o quizás fui yo la que se fue metiendo en el lago milímetro a milímetro, hasta acabar nadando, redescubriendo la dimensión de la gravedad con tu brutal manera de exprimir el presente.

Y aquí me tienes. No puedo evitar pensar que si un día se evapora tu agua ya no podré salir de aquí. Es un pensamiento tan egoísta como escéptico. A veces quiero anticiparme a mi suerte y salir de ti, echar a correr descalza por este bosque, volver a la tranquilidad de lo improvisado, a la certeza de lo incierto. Y volver a dormir de pie por si hay que huir al amanecer. Pero cuando salgo del agua un viento frío me eriza la piel, que ya llevo mojada de ti. Es esa sensación de vértigo al soltarle la mano a alguien. Así que salto al agua de nuevo.

Sé que quiero estar contigo como sé que sabría seguir sin ti. Si dejase atrás este lago, la humedad de mi piel empezaría a desaparecer tras dar unos pasos. Se secarían de mi tu olor, tu tacto y tus abrazos infinitos. Y en algún momento dejaría de tener frío. Pero para qué marcharme si en tu agua floto, me arremolino, doy volteretas, hago burbujas. La paradoja es que no podemos dormirnos si queremos seguir soñando, porque para estar vivo en el agua hay que seguir nadando. Cuando te vi solo pensaba refrescarme y salir, ahora tengo la sensación de que puedes convertirte en río y que abramos camino de la mano.

Me das fuerzas sin oprimirme, y sin saberlo me señalas con un dedo infantil lo flipante que es el fenómeno de estar vivos. Pese a los descosidos de nuestra historia, me haces tanto bien que a veces me giro para ver si esto es una cámara oculta, como si fuese a aparecer el presentador para decirme "es broma, sonríe a la cámara, nadie te ofrece tanto sin esperar más a cambio".

Mientras tanto, no nos pertenecemos, pero nos basta con saber cuánto nos merecemos.