Mientras El Amor Te Importe Tanto Como Te Importa, No Te Funcionará Con Nadie

Llevaba mucho tiempo soltera y, a mi alrededor, casi todo el mundo estaba emparejado. Y hay que admitir que, por mucho que a uno le guste su vida, a veces surge cierta insatisfacción, cierto bullicio interior, cierta inquietud. Eso está bien porque nos hace avanzar, evolucionar y seguir buscando caminos. Sin embargo, puede pasar (como me pasó a mí) que focalicemos esa sensación en un aspecto concreto de nuestra vida: cuando no nos gusta nuestro trabajo, por ejemplo, creemos que cuando lo cambiemos todo irá bien. En mi caso, era mi vida sentimental. Después de varias experiencias tortuosas, había decidido pasar sola un tiempo, pero había llegado a un momento en que la soledad me pesaba. Tenía ganas de empezar algo con alguien.

Por eso, cuando conocí a aquel chico, me ilusioné un montón. Nos gustamos de forma instantánea y en cuestión de semanas empezamos a salir.

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Si lo pienso ahora, tuve pistas desde el principio. No llevábamos juntos ni un mes cuando me dio plantón por primera vez: se había olvidado de que habíamos quedado. Aquello, por supuesto, me molestó muchísimo pero me dije que no era para tanto y le quité importancia. Ese fue mi primer error: me negué a reconocer ante mí misma que aquello me había dolido y, por lo tanto, nunca llegué a discutirlo ni a solucionarlo. Simplemente, pasé por alto algo que me había hecho daño para evitar un conflicto. Tenía un miedo tácito e irracional a que la relación se fuera al traste. ¡Era la primera que tenía en mucho tiempo!

Ese tipo de situaciones se fueron acumulando y, con ellas, mis silencios. Como llevaba mucho tiempo soltera, aquello tenía un matiz de reto personal: esa vez tenía que salirme bien. Necesitaba demostrarme que podía hacerlo bien. Y, como estaba empeñada en que nuestra historia saliera adelante, en lugar de arreglar los problemas, negué que estuvieran ahí. Pero estaban.

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Pasaron unos seis meses hasta que la situación se hizo completamente insostenible. No sé qué habría pasado si hubiese hablado con él antes. Tal vez habríamos llegado a un equilibrio y ahora seguiríamos juntos. O, quizás, habríamos descubierto la primera semana que no buscábamos lo mismo y nuestra separación habría sido fácil y natural. No lo sé. Lo que sé es que me empeciné en mantener una relación que no me satisfacía y que el mecanismo que utilicé para ello fue taparme ojos y oídos. Y, precisamente por intentar mantenerla a cualquier precio, condené aquella historia al fracaso.

Esa es la paradoja: a veces, nuestras ganas de vivir una historia de amor son las que evitan que la tengamos. Cuando nos obsesiona que una relación salga bien, acabamos comportándonos de forma antinatural para conservarla. Acabamos engañándonos a nosotros mismos para mantenerla. Acabamos, en fin, dando más importancia al hecho de tener una relación que a la persona con la que la estamos teniendo o a nosotros mismos.

Y es que, si el amor te importa tanto como te importa, es imposible que te funcione con nadie.