Aceptamos el amor que creemos merecer

En la película Las ventajas de ser un marginado, Charlie, el protagonista, se pregunta por qué su amiga Sam siempre escoge a los chicos inadecuados para mantener una relación. Cuando traslada esa duda a su profesor, él le responde que "aceptamos el amor que creemos merecer". Algo debe de tener esa frase si tan difícil es olvidarla una vez la has escuchado. En esa conjunción de palabras hay algo sólido, lógico, con lo que es difícil no identificarse. Pero, ¿por qué?

El psicólogo y terapeuta familiar y de pareja Juan Luis Vera Muñoz explica que, a la hora de decidir con quién vamos a empezar una relación sexual o sentimental, operan millones de factores de los que no somos conscientes. Muchos de esos factores se fraguan en la infancia y en relación a nuestros padres, aunque una infinidad de experiencias se van añadiendo hasta configurar nuestra identidad y nuestras necesidades. El tipo de cariño que vemos, que recibimos, que anhelamos, que se nos niega o se nos pide, va a configurar nuestra idea de "amor". Y, tomando como referencia esa idea de amor, vamos a generar unas expectativas (aunque no sepamos cuáles son) que pretendemos que nuestra pareja (presente o futura) cumpla. Cuando nos sentimos atraídos hacia alguien, suele ser porque responde a ese ideal (bueno o malo) que hemos fabricado, sin saberlo, en nuestro subconsciente.

Por poner un ejemplo, una persona que ha sido tratada en su infancia con desapego, puede sentirse atraída por personas distantes. No es algo matemático, desde luego, pero nuestra memoria emocional tiende a repetir patrones. O, en algunos casos, a evitarlos.

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El doctor Vera pone como ejemplo el caso real de una mujer de unos treinta años que era incapaz de conservar una pareja. Siempre encontraba defectos en los hombres con los que salía. Pasaba junto a ellos unos meses, empezaba a notar fallos en ellos y, tras la primera discusión, los dejaba. En consulta, afirmaba que ningún hombre le "merecía la pena". Tras unas pocas sesiones, se descubrió que el padre de esta mujer había muerto cuando ella era muy pequeña y que, además de su propio duelo, tuvo que sobrellevar el de su madre. Por eso, nadie le "merecía la pena". Sin saberlo, tenía tal pavor a pasar por lo que había sufrido su madre que no se permitía enamorarse de nadie. Solo se fijaba en lo malo porque, de esa manera, no podría llegar a querer y, por lo tanto, a sufrir. Ella no creía merecer ese dolor y, sin darse cuenta, lo estaba evitando.

Y es que, como dice el terapeuta, "a la hora de escoger pareja, no recurrimos a la lógica. Nuestro cerebro tiene una zona cortical, la que se dedica a los procesos lógicos y racionales; y una subcortical, donde operan las emociones". Cuando decidimos emprender una relación con alguien, es la parte subcortical la que toma el mando. Y dentro de esa zona están las cosas mejor escondidas de nuestra psique.

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Eso explica que muchas personas escojan parejas que les pueden hacer daño. Si, en el fondo de tu ser, crees que mereces que te castiguen, puede surgir un impulso incomprensible que te lance directamente a los brazos de quien lo haga. Asimismo, si crees que no mereces estar con nadie, tu subconsciente va a encontrar mil maneras de boicotear tus relaciones. Y, por suerte, si has crecido en un ambiente lo suficientemente sano y tienes una autoestima fuerte, vas a buscar a quien te valore como tú te valoras.

Por eso es tan cierto el dicho popular de que para que te quieran tienes que quererte tú. Lo que no explican es que tienes que quererte de verdad, genuinamente, del todo y desde el fondo. Tienes que quererte lo suficiente como para creer que te mereces a quien te trate bien. Tienes que quererte tanto como para no conformarte con menos. Tanto como para darte cuenta de que deben quererte no a pesar de tus defectos sino con ellos.

No puedes convencer a nadie de que te quiera más ni de que te quiera mejor. Si no te están queriendo como quieres, a lo mejor es que tú no te estás queriendo lo suficiente.