Cómo es vivir sin sentir nada

El protagonista de la novela 'Almendra', de la autora coreana Won-Pyung Sohn, tiene una enfermedad que le impide tener rabia, alegría o dolor. Es un trastorno real que sufren el 50% de los autistas, pero no son los únicos

¿Te acuerdas de cuando aprendiste a reír? ¿Y cuando te sentiste amado por primera vez? Tal vez fue una caricia, un abrazo o un cúmulo de sensaciones que antes incluso de aprender a hablar te hacían sentir bien en tu cuna. ¿Cuándo crees que aprendiste a llorar de tristeza? Todas estas preguntas, normalmente, no te las haces porque las emociones se van desarrollando por instinto y por contexto. Es una reacción tuya que nace muy adentro y que es muy difícil de explicar. Pero imagínate que no. Imagínate que tienes que explicarle a un robot de manera racional cómo tiene que sentirse en función de cada estímulo. Imagínate tener un hijo, un hermano o un amigo que es incapaz de sentir miedo (por eso se deja pegar) o rabia (por eso puede perder a un familiar y seguir viviendo como si nada).

Así es el protagonista de Almendra (Temas de Hoy), una novela de la autora coreana Won-Pyung Sohn, un niño que a medida que se hace mayor intenta superar la anomalía con la que nació: carece de sensibilidad. "Mamá inventó un juego que se llamaba 'Alegría, enfado, tristeza, placer, amor, odio y vergüenza'. Ella me describía una situación y yo debía decirle cuál era la emoción más adecuada. Si alguien me convidaba con algo rico, debía sentir alegría y agradecimiento; si alguien me hacía daño, enfado; y así sucesivamente", dice un fragmento de la novela.

Pero no todo es tan fácil. Sigue así: "Una vez le pregunté qué debía sentir si alguien me daba de comer algo malo. Debí de pillarla por sorpresa, pues se tomó su tiempo para responder. Cuando pasó el tiempo y cumplí los diez años, se hizo mucho más frecuente que mamá no respondiera de inmediato o se quedara titubeando cuando yo le preguntaba algo. Al final, para evitar que siguiera haciéndome más preguntas, concluía diciendo que las siete emociones que habíamos trabajado eran las más importantes y que me las aprendiera de memoria".

Alexitimia

Aunque parece la premisa perfecta para una novela, y lo es, la alexitimia es un trastorno real identificado en diferentes grados en alrededor del 50% de las personas con autismo, según un reportaje de la BBC. Pero no siempre van relacionados, por lo que investigar más este síndrome serviría también para conocer mejor otras dolencias como la anorexia o la esquizofrenia.

Este artículo explica las emociones de una forma muy bonita. Imagínate que son como una muñeca rusa que en el centro tiene esa sensación física que tú ya relacionas con el enamoramiento (mariposas en el estómago) o con el miedo (taquicardia). A partir de esta experiencia física, existen capas de sentimientos cada vez más matizados. Si tienes alexitimia, como el protagonista de Almendra, tendrás una serie de comportamientos aprendidos que aplicarás de manera mecánica. Es como si te hubieran enseñado que cuando hace sol debes ponerte una camiseta de manga corta, aunque tu piel sea insensible a la temperatura en realidad.

En los años 70, cuando se detectaron por primera vez los síntomas de la alexitimia, los médicos se pensaron que era un problema de expresión y de lenguaje en vez de percepción, pero con el tiempo se ha descubierto que no. Se trata de un daño en un circuito neuronal responsable del procesamiento de las emociones que provoca algo así como una desconexión de la consciencia. 

"Los alexitímicos no saben poner etiquetas a eso que están sintiendo”, explica a EFE la psicóloga Julia Vidal, directora del centro de investigación Área Humana Psicología, “suelen estar con su pareja porque toca, observan y siguen las normas, hacen lo mismo que el entorno. Sí llegan a sentir atracción y tienen relaciones sexuales, pero no expresan nada más. Cuando les abandonan lo único que alcanzan a decir es que creen que se sienten mal”, apunta la experta que ha tratado varios casos de alexitimia. Es como si tú pudieras saber de antemano cómo te va a afectar algo, porque al no poder sentir, tienes que tener el cerebro programado.